24 de octubre de 2007

EL CIPRÉS DE LA ESQUINA

En la esquina de casa habita un ciprés. La verdad es que nunca me había fijado gran cosa en él, pero hoy pasé por allí, trajeado para el yugo cotidiano de la inevitable rutina, y lo miré. A diez metros de la esquina, sobre la calle Conde, humilde y silente, pero digno. No es un ciprés majestuoso y alargado como los que uno imagina, tampoco sienta sus raíces en terrenos lacustres como los de la foto. Es un ciprés adolescente que mira pasar a los vecinos, en la gozosa actividad de la no actividad.

Al verlo allí, entre el empedrado y el cemento de mi barrio (y eso que es lindo, Colegiales), he sentido lo que siento a veces frente a otros árboles de la ciudad: una cierta pena por ellos, porque imagino cómo podría haber sido su vida si les hubiera sido dado crecer, por ejemplo, en un parque nacional, frente a un lago y un sol de vacaciones eternas.

Y entonces se me ocurre que ese árbol también podría haber nacido en el medio del campo, y servido de refugio fresco para un resero cansado, o de respaldo para un peón cebador de mates. Y así habría sido testigo de silencios más que de gritos, y de suspiros más que de farfullas.

Otra posibilidad habría sido que fuera uno de los cipreses pintados por Van Gogh en sus excursiones a la campiña, allá en Arles o en Auvers-sur-l'oise. En esa búsqueda constante que él hizo de la felicidad, los cipreses lo habrán inspirado hacia arriba.

En tren de ponernos artísticos, la fachada de la Iglesia de la Sagrada Familia, de Antonio Gaudí, tiene entre sus esculturas a un ciprés ocupado por palomas, como símbolo de la pureza. Esa es la única parte del famoso templo de Barcelona que fue directamente construida por el genio catalán. En el campo de la literatura, me traslado no muy lejos de la Ciudad Condal, hasta Gerona, e irrumpe en mi memoria uno de mis libros favoritos: "Los Cipreses creen en Dios", de José María Gironella, que es, según dicen, la novela española más leída del siglo XX y marcó mis años de universitario inquieto. Él se refería a los mudos testigos de la muerte, en los cementerios de la tremenda Guerra Civil Española.

Otros cipreses terminan sirviendo de muebles, como los de nuestra casa. Triste destino, pero al mismo tiempo dotado de cierta poesía. Acodado en mi barra de ciprés, algún amigo ha dejado alguna confidencia urgente entre botellitas de whisky, vodka o ron. Sentado en mi mecedora de ciprés, he contemplado a nuestras dos hijas dando sus primeros pasos, y dormiré a un bebé dentro de seis meses. Sobre nuestra mesa de ciprés descansa el libro que hoy les regalé a Sofía y Valentina, y las guirnaldas que Paula ha hecho para la Comunión de nuestro sobrino Agustín. Y es sobre camas de ciprés que mis amores sueñan mientras escribo como un náufrago en la noche.

Ya que de carpintería se trata, hemos de mencionar la leyenda o realidad de que la cruz donde murió Jesucristo estaba hecha de madera de ciprés. Y con ella se dice también que fue construida el Arca de Noé. Menuda responsabilidad...

En fin, mañana seguramente volveré a pasar frente a mi vecino y flamante amigo, y le contaré que le he hablado a otras personas sobre él. Tal vez no haya tenido suerte con el reparto de rincones donde vivir, pero en él están, para este servidor, todos los cipreses del mundo.

3 comentarios:

Silvia MV dijo...

El ciprés es un arbol muy común en los cementerios españoles.

Maria dijo...

¿Para qué imaginar qué podría haber sido del ciprés que mira pasar a los vecinos de Colegiales?

Un resero cansado o un cebador de mate le darían la espalda. En un cuadro de Van Gogh sería una imagen estática. El ciprés de Gaudí no debe tener el protagonismo merecido, opacado por la Catedral toda. Y los cipreses que viven en los cementerios...

Los cipreses que terminan siendo muebles seguramente serán recordados como muebles: la barra donde compartir confidencias con amigos, la mecedora donde recostarse para contemplar la vida o la cama donde sueñan los amores.

En cambio, el ciprés de la calle Conde tuvo el mejor destino.

El destino de ser contemplado, de escribir sobre él, y de generar esa inquietud que hará que yo quiera ir a conocerlo.

Anónimo dijo...

Ya que tocás el tema, siempre me pregunté como habrá sido el Arca de Noé: ¿que tamaño tenía el arca para albergar los ya varios millones de especies descubiertos sobre la tierra? ¿cómo hizo para juntar una pareja de protozoos sin microscopio? ¿había jaulas individuales para que los leones no se comieran a las cebras? ¿en donde se guardaron los pájaros? dado que 40 días de lluvias intensísimas no son ni remotamente suficientes para inundar toda la tierra ¿cuánto tiempo realmente habrá llovido para que se inunde todo el planeta? el agua cumple un ciclo, siendo siempre la misma la cantidad en el sistema atmosfperico ¿a dónde fue a parar ese exceso que dejó todo bajo agua?
¿qué fue de los árboles? ¿se los trasplantó al barco? ¿cuánta madera fue necesaria para construir un barco de esas dimensiones? ¿qué pasó con aquellas especies de las cuales uno de los miembros de la pareja elegida murió en la travesía? ¿desapareció? ¿fue Noé hasta Galápagos o Madagascar a buscar una pareja de las especies endémicas de dichas islas? ¿cómo hizo Noé para distinguir entre especies que los científicos recién pudieron diferenciar hae tan sólo unos años? ¿se fue Noé hasta el polo norte a buscar osos polares? ¿de qué se alimentaron los animales durante dicho viaje, teniendo en cuenta por ejemplo que algunas águilas comen serpientes, siendo las únicas disponibles las rescatadas por Noé? hay registros en la historia geológica que nos hablan de períodos de lluvia continua mucho más largos que 40 días sin que se inundase la tierra ¿qué fue lo especial esta vez? cada tanto algún científico descubre algua especie no catalogada hasta el presente ¿conocía Noé todas las especies existentes antes que nuestros modernos científicos?
Chipi