21 de febrero de 2007

EN UNA NOCHE MILENARIA X

Durante los 30 años anteriores a mi encuentro con Paula, y especialmente entre los 15 y los veintipico de edad, yo había pensado que conocería a la mujer de mi vida en circunstancias cuasimilagrosas, providenciales, ajenas a toda lógica humana y originales en sí mismas. Y también había supuesto que la reconocería al instante, porque en algún rincón secreto de mi ser dormía la respuesta plácida a mi pregunta urgente.

Con los años de noche, ensayo y baldosa, esos sueños se fueron desvaneciendo, y razoné (¡ay, la razón, que quiere resolver todo!), que la mujer llegaría algún día, a bordo de alguna rutina de encuentro en un boliche o una fiesta, o vulgar cita a ciegas, o presentación previsible. Yo no era más o menos humano que cualquiera de los otros miles de millones sobre el mundo.

Pero la vida y el Barba tienen esas cosas, ese afán de reirse de los mejores planes y los raciocinios más brillantes o más grises. En mi caso, el encuentro había ocurrido en un colectivo con proa a un milenio nuevo, pero yo aún no lo sabía. Lo supe en el instante que voy a relatar.

Mi narración vuelve, pues, a ese barcete frente a la placita, entre mesas vacías y sillas apiladas. Ofrece la noche su manto de intimidad. Alguna araña teje su tela laboriosa en un rincón del techo. Una polilla aletea a distancia prudente, entregada a la luz. Y esa mujer cuyo apellido ignoro me habla y yo le contesto, y ella sigue hablándome de algo que yo hace rato que no escucho y le preguntaré otro día, más adelante, cuando haya tiempo de mirarla un poco menos.

Y de repente ella me dice que va a ir al baño y se levanta, y se aleja con su vestidito blanco por entre las mesas silenciosas, rumbo a una puerta también silente, cercana a la barra desierta.

Y es entonces que el rayo cae sobre mí, fulminante, como un latigazo que acaricia. La verdad se revela, prepotente. El misterio se desploma, rendido y estruendoso. Se acaban los libros, se dan vuelta las cartas, descienden las estatuas de sus pedestales. Todo se detiene: la luz, el viento, la sangre. Las guerras, los tambores.

Es ella.

Es el preciso instante del segundo nacimiento, cuando Alguien le grita al corazón: "Es ella".

No hay lógica en esto. La razón se congela y cede su lugar, sabia al fin, a la certeza desnuda de una intuición perfecta. Es la pura verdad proclamada desde las entrañas, desde el ser que encuentra su fin en esa figura y la atrapa en la conciencia del hallazgo. No hay defensa posible ante esa voz inequívoca que me lo está gritando insolente.

Es ella.

Cuando Paula volvió a la mesa, ignorante del rayo, yo ya la había reconocido.

3 comentarios:

nikito dijo...

Bueeeeeena!

Corner dijo...

Bambi querido, algunas de sus frases son perfectas: "
Y es entonces que el rayo cae sobre mí, fulminante, como un latigazo que acaricia. La verdad se revela, prepotente. El misterio se desploma, rendido y estruendoso."... "Cuando Paula volvió a la mesa, ignorante del rayo, yo ya la había reconocido."
Algo así podría haberlo escrito Dylan Thomas, o el mismisimo Verlaine, olvidese de los fuegos artificiales del lenguaje, esta es la retórica que mejor le queda, en ella debe seguir.

Mis cariños y respetos

JR

El Bambi dijo...

Gracias, Corner, por los inmerecidos elogios.