15 de septiembre de 2007

EL GANADOR

Lamentablemente, cuando Paul se fue yo todavía no tenía este blog. Porque se habría divertido mucho y le habría dicho a mi hermana mayor: "Este Ignacio escribe raro ¿eh?". Pero sí pudo leer mis cartas a Barcelona, durante sus siete años de emigrantes.

El 29 de diciembre de 2005 escribí en este espacio: "Este año me conocí otro poco: nadie me había hecho llorar tanto en mi vida con su muerte como Rosko. Mi hija de 11 meses (junto a su mamá) me contempló durante media hora de tristeza exasperada. Algún día se lo contaré. Creo que de paso descargué llantos pendientes".

Hablaba de nuestro perro adorado, pero en la última sentencia de esa reflexión se me coló, inapelable y ya eterno, el rostro oculto de mi cuñado.

Su presencia en mi familia había traído aires de otros mundos. Un día pasó por la editorial de Papá a buscar a mi hermana, y fueron a Zanettín, un bar o heladería que quedaba en Córdoba y Cerrito. Mi hermana mayor ya nunca volvió a ser soltera.

Era "el novio de María Fe", lo cual sonaba un poco extraño, sobre todo para un niño de 15 años que aún no terminaba de ver a sus hermanos como adultos. Pero cuando él me regaló la colección de Gráficos del 75 al 80, y el Nono me dijo que le gustaría dormir en mi baulera para poder leerlos todos junto a una mesita de luz, me di cuenta de que mi cuñado en ciernes era alguien importante, a pesar de ser bostero.

Con los años, él se fue fabricando un sueño: su familia y su casa. En su autito o en el 140 iba y venía de la facultad a mi hogar a visitar a mi hermana, y de allí al suyo en Villa Ortúzar, como yo le decía aunque fuera en Colegiales. Un día, sacando pecho, le espeté desde mi ingenuo mundo de pavadas: "En esta casa no se usa la camisa afuera". Pobre de mí.

Y así llegó el casamiento, al que mi hermana, tal como este monaguillo lo había pronosticado, llegó una hora tarde. Era la primera hija de mis papás que se iba de casa. Con mis amigos, menos avisados aún de que los hermanos se casaban y se iban, nombraba a María Fe como "la que se fue a vivir a Martínez".

Él no confiaba del todo en este adolescente, entonces no me prestaba sus casettes. Pero cierta vez, en una operación relámpago, le escamoteé dos o tres. Me los grabé, raudo, en un par de TDK, y los devolví a su exacta ubicación en la casa de mi hermana. Nunca lo supo, y yo, cada vez que escuchaba alguno de los frutos de esa picardía, sentía algo de culpa, y me cuidaba bien de que él no anduviera por casa en ese momento, al punto de ocultarlos por si acaso se le ocurría mirar mi colección.

Después apareció Tomás, mi primer sobrino y el primer nieto de mis papás. Lo tuvimos poco en brazos (yo muy poco, pues no me animaba del todo) porque se fueron a España. Y así empezaron mis cartas allende el océano, mientras Ignacio, el segundo, se convertía en el primer nieto español de mi papá, a quien su sangre le daba lo que una guerra le había negado.

En el 95 me hicieron un regalo inmenso: me pidieron que fuera el padrino de Luján. Frente a él, entonces, yo parecía ser alguien responsable que podía aconsejar a su única hija mujer. Tamaña alegría me llevó a Barcelona para sostener la vela en el bautismo. Quizás por aquello de la culpa, le regalé a él un disco doble de Dire Straits. "Estás loco", me dijo sonriente, y consideré entonces que mi deuda secreta había sido saldada. También le llevé una camisa blanca que le había comprado en Buenos Aires, pero que a falta de ropa limpia había tenido que usar durante mi viaje, antes de regalársela. Fue un obsequio a la manera de este servidor, que no solo escribía "raro" sino que también regalaba "raro".

Un par de años más tarde, alguien fue para allá y le mandé como diez discos de regalo, porque su mamá había dejado este mundo y me parecía que era lo único que podía hacer para que se sintiera acompañado por mí. Sigo viendo esos discos cada vez que voy a visitar a mi hermana y mis sobrinos.

Volvieron en el 98, y al año siguiente nació Javier, el benjamín. Su familia, pues, estaba cumplida. Faltaba la casa. Y un día, aparecieron con un proyecto, mientras yo me casaba con Paula, y se empezaron a armar una casa para los seis.

Hasta aquí llega mi relato. Lo que vino después es misterioso, o no. Fue como aquellos actores que en el colmo de su éxito, rodeados de vítores y aplausos, se retiran de escena. Y uno piensa: "¿Por qué sacarlo justo ahora, si puede darnos mucho más aún?". Pero él ya lo había hecho todo: mi hermana y sus cuatro hijos eran felices, en el hogar que él siempre había soñado. Su naturaleza, su misión, su sino, estaban cumplidos.

"He vivido el año más glorioso de mi vida", me dijo una semana antes de irse. Y es que su preparación para su despedida, en una segunda oportunidad que el Amigo nos había regalado, le había permitido mostrar que dentro de ese corpachón alto y delgado había un estoico héroe como los de antes.

En sus hijos, que leerán estas líneas, ha quedado la herencia de sus cualidades: coraje, entrega, persistencia, trabajo, humildad, rectitud. Tuvo pasta de campeón cuando el momento se lo pidió, y alma de valiente para luchar sin quejas. Y me regaló el lujo de poder decirle, apenas unas horas antes de aquello, que había hecho muy felices a mi hermana y mis sobrinos.

Se llamaba Pablo Nicholson. Y después de luchar toda su vida, ganó.

1 comentario:

Tomás Nicholson dijo...

Nunca me canso de leer esta nota. Y siempre que la leo en algún momento amenaza con escapárseme un lagrimón.
Algún día escribiré un texto similar, en el que contaré a mis hijos sobre su tío que "escribía raro".