18 de julio de 2006

EL HÁBITO DE LA LECTURA

En estos días estoy leyendo dos libros, después del receso obligado por el Mundial. El primero de ellos es "El conde de Montecristo", otro clásico de Alejandro Dumas. Curiosamente, llego a casa exhausto de la jornada que incluye labores de niñero, y encuentro a Paula mirando la telenovela cuyos autores dicen haber hecho (con cierta pretensión culturosa en un nivel puramente epidérmico) una adaptación de esta obra. Entonces, después de recibir el saludo de mi mujercita en el brevísimo tiempo que Echarri me concede, me dirijo a la mecedora de la sala y abro el libro para volver imaginariamente a la Europa post-napoleónica de la narración. La situación inversa puede darse si hay partido, como ocurrirá ni bien empiece el campeonato. Entonces será ella quien tome su libro, que en esta etapa es, creo, uno de Saramago.

Dumas es de esos autores que atrapan al lector con solo leer unas pocas páginas. Cuando uno está cansado y se le cierran los ojos, lamenta tener que despedirse de Dantés para dormir hasta el día siguiente. Aunque, como ya se ha dicho, el libro es ese amigo que siempre espera donde lo dejemos, y la aventura recomienza ni bien el lector regresa al rincón donde la dejó. Uno es el protagonista.

Dumas hace recordar a Julio Verne, a Victor Hugo y a la Baronesa D'Orczy con su Pimpinela Escarlata, obra ésta que leí en mi adolescencia y que ahora no encuentro en Buenos Aires.

El otro libro que estoy leyendo aparece en el rutinario subte, en mis ratos de transición física de un lugar a otro, a las 10 de la noche. Se trata de "Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva", la obra de Stephen R. Covey que ha vendido, según afirma su portada, más de 15 millones de ejemplares en todo el mundo. Yo no suelo prestarle atención a esta estadística porque para mí no es indicativa de calidad. Pero en este caso, me habían hablado tanto de este libro que decidí, primero hojearlo, y después comprarlo.

Los consejos del autor no se aplican solamente a los negocios y a la vida profesional, sino que van mucho más allá. Su visión general se asienta sobre principios y valores, que se mantienen inmutables en cualquier circunstancia. El esfuerzo es, por ejemplo, una condición indispensable para una vida feliz.

No faltaría quien irónicamente acotara: "¿Y qué pasa con el que recibe una herencia y no tiene que trabajar, y tiene lo que quiere sin mover un dedo?". A esto respondería yo que este supuesto afortunado no tardaría en hallarse desnudo frente al espejo, sin amor, sin amistades genuinas, sin alguna migaja ganada por él mismo. Aún así, se me podría decir: "¿Y si no le importa?". Y mi reflexión sería que si no le importa ahora, ya le importará cuando la salud, los afectos y la suerte lo abandonen. Porque no es sino sobre la base del esfuerzo que se mantienen los afectos, por ejemplo. Pregúntenle a un padre de dos hijas, sin ir más lejos, que el domingo pasado se derrumbó agotado sobre su cama de 5 a 10 de la noche y de 12 a 8 de la mañana siguiente. Y no les hablo de la madre, que se levanta un promedio de tres veces por noche, algo que minaría la resistencia física de un miembro de la CIA pero no tuerce la voluntad de Paula.

Solo con un ejemplo de los valores recorridos por Covey me he ido por las ramas. Ya hablaré con algún detalle de este libro. Por lo pronto, no es una receta mágica, sino que requiere de una decisión y una iniciativa que solo si se traduce en acciones es fructífera. No es un libro para leer como cualquier otro, sino que el autor invita a recorrerlo repetidas veces cuando la ocasión requiera su aplicación.

Gracias por su tiempo.

1 comentario:

Mery dijo...

Yo también leo dos libros al mismo tiempo. Y agradezco que alguien más cuente su experiencia, porque a veces me siento un poco esquizofrénica leyendo dos (o tres) cosas simultaneamente.

Para que me acompañe en mis viajes durante el día, llevo "Misteriosa Buenos Aires", de Manuel Mujica Lainez.

Nunca me va a alcanzar el tiempo para agradecerle al editor la recomendación (e insistencia para que lo lea) de este maravilloso libro. Si bien ya lo estoy por terminar, disfruté todas y cada una de sus palabras. Su prosa es maravillosa, y cada cuento es un encuentro con una historia mágica. Como mágicos son sus personajes, sus escenarios y la manera de describir la hermosa Buenos Aires desde su primera fundación.

Alguien que yo aprecio mucho me regaló para mi cumpleaños Sueño profundo, de la escritora Banana Yoshimoto, y decidí dejarlo para las noches. Predecible esto último, no?

Siempre tuve la idea de que los orientales ven el mundo (la vida, las cosas, como quieran llamarlo) de otra manera, entonces quise ahora leer algo de algún autor oriental. Yoshimoto, que es japonesa, me pareció una buena opción para empezar, ya que me había gustado una breve reseña que leí sobre éste, su último trabajo.

Y lo bien que hice. Si bien es un libro de pocas páginas, cada una se disfruta al máximo. ¿Cabría aquí el axioma ‘lo bueno, si breve, dos veces bueno’? Absolutamente.

Este es un libro de tres historias que no se relacionan entre si, pero que tienen un denominador común que son, a mi entender, sus protagonistas: el sueño y la vigilia. La autora describe de manera impactante y directa cómo el sueño o la vigilia (o ambos) acompañan a los personajes en importantes momentos de sus vidas. La mirada profunda de Yoshimoto hace que lo terrible y casi imposible de tolerar se convierta en algo a lo que, finalmente, lograrán resistir.

Ahora voy por Montecristo...