En este humilde espacio había escrito sobre mi debut en el fútbol de mi club, cuando contaba jóvenes 17 años, y mi retiro de ese ámbito a los 29. Excepto en mi despedida de soltero en 2002, no había vuelto a jugar el verdadero fútbol, que es el de la cancha grande. Sí juego un torneo todos los jueves, pero en cancha de 5, y hace varios años.
Hace cosa de un mes, cuando fui a ver a Paula, Sofía y Valentina competir en un club de patín de Ramos Mejía, me fui a recorrer el predio con Pedrito y descubrí una cancha de fútbol detrás del gimnasio. Toda de césped, bastante castigada, pero lista para calzarse los botines y echar a correr tras la blanca redonda. Me metí allí con él, le mostré los arcos, el círculo central, y pateé una pelota imaginaria hacia el arco local. Algo se me movió ahí adentro, donde se cuecen las emociones. Nada dije.
Hoy me levanté para irme a las ocho de la mañana al club a jugar al tenis con mi amigo Daniel. Desayuné frente al Río de la Plata, casi solo, leyendo un cuento bastante trágico de Mujica Láinez, de su obra "Aquí vivieron". Después llegó Daniel y jugamos una hora y media, para tomarnos algo en la terracita, otra vez frente al río color de león. Más tarde llegó mi familia, almorzamos, jugamos en el arenero, paseamos un poco. Hasta allí, un domingo redondo. Me fui al gimnasio a hacer un rato de fierros para estirar los músculos. Y al volver, Daniel me tiró la frase mágica: "Nos invitaron a un partido".
Varios veteranos del club (hablamos de mayores de 35) se juntan a jugar en una cancha de CUBA, y Daniel preguntó. No demoraré al amigo lector: entramos en el segundo tiempo, uno para cada lado. Y al igual que en el día de aquel debut -y también con unas Topper de emergencia-, en la primera que tuve le pegué de afuera del área un latigazo de zurda que reventó el travesaño. Esta vez no fue gol: Mala suerte, pero me sentí vivo y corrí, regulé el aire, hice los relevos, hablé, y festejé una victoria por 4 a 1 que cuando entré era un empate 1 a 1.
"Dame tu mail, y te invito", me dijo Álvaro, el organizador.
Y hete aquí que el tobillo me doblé y lo tengo en hielo, pero no me importa nada. Soy feliz.
Esta vez, desde el costado de la cancha me observaban la mejor mujer del mundo y mis tres hijos, que son nuestros. Ahora, frente al teclado, y mientras los pequeños duermen, sigo festejando mis 40.
26 de septiembre de 2010
EL DÍA QUE VOLVÍ A LA CANCHA GRANDE
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TEMAS: ANECDOTARIO, FÚTBOL
25 de julio de 2010
DESASTROSO OCASO DE UNA SOLTERÍA (PARTE II)
Esta es la continuación de un relato que inicié en enero de este año. El amigo lector puede volver a aquellas líneas para refrescar la memoria.
El asado siguió un curso bastante predecible: mucha carne, ensalada mixta, vino de mesa y el reojo en el reloj, para que el Año Nuevo no nos agarrara desprevenidos. Yo me encontraba en una situación algo extraña: había conocido a todos mis compañeros de mesa una o dos horas antes, y le traducía al inglés de Brunei las preguntas que le hacían los nativos. Mi rol era gratificante, dado que trabajaba en ese entonces -y lo sigo haciendo- en facilitar la comunicación entre las personas. Pero el tenor que empezaron a adquirir los interrogantes rozaba la chabacanería y me hacía conservar cierto tono diplomático para que el turista no se sintiera invadido en su más estricta intimidad. El tema, claro está, eran las mujeres, y los comensales mostraban más curiosidad de la aconsejable.
Finalmente opté por tomar el mando de la charla -los demás apenas si se dieron cuenta entre los vapores etílicos que ya los rodeaban- y girar a temas más conservadores. Así transcurrió el asadito, y cuando faltaban diez minutos descorchamos un par de sidras o champagnes y procedimos al clásico brindis. Era un año nuevo distinto para mí, y cuando salí a la vereda a contemplar los fuegos artificiales pensé en muchas cosas. Entre ellas, en las caras nuevas que aparecerían ese año, con un trabajo nuevo por delante, y muchas incógnitas en mi futuro.
Ese año 2000, que empezaba rodeado de desconocidos, terminaría con la mejor noticia. Pero doce meses antes, sucedieron algunos hechos inolvidables.
Al día siguiente me quedé sentado un rato largo con el inglés de Brunei, charlando sobre la vida en aquel pequeño principado de la isla de Borneo, donde él trabajaba de biólogo. En aquellas horas Maradona luchaba por sobrevivir a una sobredosis en Punta del Este.
El inglés, quien creo que se llamaba Brian, se iba ese mismo día, y estaba muy agradecido por mis improvisados servicios de intérprete. Habíamos estado hablando de literatura, y le había manifestado mi gusto por Dostoievski. Me pidió mi dirección en Buenos Aires, y me dijo que me iba a enviar un regalo.
Recuerdo a otro personaje que pasó un día por mi lugar de hospedaje. Era de Offaly, en Irlanda. Le dije que dos años antes había estado en la verde isla, y que había visitado Galway, frente al Atlántico. Este condado está justo a camino desde Dublin a Galway, así que este señor, que tenía los cachetes rojizos, me dijo que si iba otra vez por allí preguntara por él. No recuerdo su nombre y no tengo fotos, así que lo veo difícil.
Hasta allí, mi segunda visita a Puerto Madryn se mantenía dentro de carriles normales. Pero llegó el mediodía, y con él, un guiso fatal.
CONTINUARÁ
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26 de enero de 2010
DESASTROSO OCASO DE UNA SOLTERÍA (PARTE I)
Este blog se sumergió en el silencio por más de un mes y medio debido a razones varias, que incluyen una mudanza, las fiestas y las vacaciones en mi trabajo que me alejaron de la computadora hogareña. Retomo entonces la escritura (después de unas reflexiones sueltas en el primer artículo del año) con el relato de algo que ocurrió hace exactamente diez años, más precisamente en enero de 2000, en Puerto Madryn.
Eran días en que se discutía si el siglo nuevo, y por ende el milenio, empezaba con el advenimiento del 2000 o si habría que esperar un año más para ello: mi postura personal era que sería el 2001 el primer año del tercer milenio, y los hechos posteriores reforzaron mi opinión.
Yo estaba en medio de un cambio de trabajo. Brindé en mi antigua oficina y me tomé la licencia por vacaciones, a sabiendas de que no volvería a esa esquina microcéntrica a trabajar, sino a saludar después de un tiempo. En mi nuevo trabajo había pedido empezar a mediados de enero, para poder descansar de un año -el 99- que había sido particularmente intenso, aunque mi mamá diga que todos mis años son intensos.
Así pues, armé la mochila y el 30 de diciembre me tomé un micro a Puerto Madryn. Había estado allí en el 97 y me había gustado tanto que me había planteado con cierta seriedad irme a vivir allá, aunque la idea había sido desechada por razones de neto corte pragmático, como suele ocurrir. No tenía ningún conocido en mi destino patagónico, así que me iba en el micro sin una idea definida de lo que haría en esas jornadas, ni de con quién recibiría el año nuevo.
El viaje a Chubut es largo, pero siempre me ha gustado leer y meditar en esas pequeñas travesías ruteras, así que muy tranquilo tomé ubicación y disfruté del transitar por la ruta 3, solo.
Llegué a Puerto Madryn el 31 de diciembre a las tres de la tarde. No recuerdo cómo, quizá en la vieja terminal donde ahora hay un museo, me enteré de que había un albergue para estudiantes en una esquina de la calle España. El destino me encontró después de un rato, pues, en ese hotelito, paladeando una siesta luego del largo viaje en el que, fiel a mi costumbre, había dormido muy poco.
A eso de las ocho me despertó alguien y me dijo que iban a hacer un asado por Año Nuevo "con los pibes" y que si quería participar. Por supuesto le dije que sí y me lancé a la calle para aportar alguna bebida o alimento conveniente.
En la mesa éramos unos siete comensales. La memoria ha conservado algunos: el asador, que me hacía acordar a un compañero de mi equipo de fútbol y me hablaba de sus dos hijas ausentes; un muchacho de semblante evasivo al que me referiré más tarde; un viajante que surcaba las rutas en busca de deudores ajenos; y un biólogo inglés que vivía en Brunei, a quien mencioné cuatro años atrás en este rincón. Agreguemos alguno más de rostro anónimo, y tenemos una heterogénea reunión para recibir el 2000. Un ramillete de perfectos desconocidos, casi como en esas novelas de Agatha Christie donde coinciden varios personajes, de los cuales uno es el asesino.
Este relato continuará.
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28 de febrero de 2008
ÚLTIMAS HISTORIAS DE LADRONES
Mis primeros encontronazos con el hampa habían sido charlas de café en comparación con la semidesnudez en que me habían dejado los muchachos del Parque Thays. Pero mi cuarta experiencia fue, sin dudas, la más dolorosa.
Me habían dicho que mi seguidilla de coloridas anécdotas vería su fin cuando me casara, porque mi vida sería más tranquila y burguesa. Pero tan solo a los dos meses de ponerme la alianza de oro, me la robaron. Fue el 31 de diciembre de 2002, dos años exactos después de haber conocido a Paula en el 60 y un año exacto después de haberle propuesto casamiento en Santiago de Chile.
Volví del trabajo en el 130, a las cuatro de la tarde, y me bajé en la puerta del Club de Amigos. Crucé Figueroa Alcorta y me metí en el parque lindante con el Jardín Japonés, para ir hasta la calle República de la India, donde vivíamos. Divisé unos muchachitos que me escudriñaban a lo lejos, pero había un grupo de personas haciendo gimnasia, así que decidí esperar junto al grupo.
Sin embargo, se empezaron a acercar y contemplé la posibilidad de salir corriendo, pero pensé que quizá era toda una imaginación mía. Mas cuando el líder de ellos rodeó al grupete y me vino a pedir plata, la pesadilla siguió. Se me acercaron los otros dos y uno sacó un cuchillo y me amenazó. Yo no tenía un cobre encima, entonces me exigieron el anillo de oro. "Me casé hace dos meses, sabés lo que laburé para esto", pedí sabiendo que era inútil. "A mí en la 31 me dan cien pesos por esto", me dijo el pequeño caudillo, que paradójicamente parecía el menor de los tres. "Cortalo todo", le dijo al otro.
Mientras tanto, los gimnastas se habían cerrado como una piña alrededor de sí mismos, como un avestruz colectivo. El caudillito se mojó el dedo en saliva y lo pasó por mi alianza para que saliera de una vez. Así la perdí, y no me robaron el reloj porque ese día tenía la malla rota y no lo había llevado conmigo.
No he vuelto a hacerme la alianza. Además de que el oro está por las nubes, no me dan ganas. Quizá en unos años...
Como cierre de esta saga de asaltos, quiero relatar una pequeña victoria que recuerdo con fruición. Fue en el año 92 o 93, más o menos. Yo cadeteaba incansablemente por el centro, y ese día estaba con mi amigo Gonzalo Mayo platicando en la esquina de Diagonal Norte y Suipacha, en un kiosco de revistas. Yo estaba cruzado, no recuerdo por qué.
De repente sentimos los gritos de una señora: "¡Me robaron, mi cartera!". Y justo vi venir a un individuo corriendo hacia nosotros. Me paré como un rugbier, esperándolo, y chocamos. "Soltame", me gritó, y acompañó su gentil pedido con un insulto a mi madre. Forcejeamos, él tiró la cartera y lo solté, pero entonces vinieron dos de los buenos y le pegaron hasta cansarse. Finalmente, como diría el policía, se dio a la fuga.
La señora llegó a donde estábamos y alguien le dio su cartera. La miré como un libertador y le dije: "Ya está, señora, no pasó nada". Esperé las gracias, infructuosamente. La señora me miró ingrata y se fue como el ladrón. Y yo me retiré de escena con Gonzalo, como el héroe a quien nadie conoce y nadie agradece, mientras la ciudad volvía a la calma gracias a mí.
Además de los episodios relatados, tengo un rico anecdotario en canchas de fútbol, con policías y ladrones. Pero eso ya es otra historia, que quizás nunca relate en este espacio.
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23 de febrero de 2008
MÁS HISTORIAS DE LADRONES
Mi tercera experiencia con malvivientes (en la jerga de Crónica) fue la más traumática de las cuatro. Ocurrió en enero del 97, bajo el crudo sol del verano porteño.
Había ido a reposar mi humanidad, a las dos del mediodía, en el Parque Thays, donde antes quedaba el añorado ItalPark al que supe ir con Pablo Medici, el mismo cuyo Tren Fantasma había sabido disfrutar. Esta vez, la excursión no fue placentera. Estaba tendido en el pasto, escuchando música, y sentí a alguien que me tocaba la espalda. Me di vuelta y tenía un caño (caño = pistola) en la frente. "Dame todo y quedate quieto o te pego un cohetazo", me dijo un muchachote, mientras el compañero me sacaba minuciosamente y en diez segundos todo lo que tenía. O casi todo: tuvieron la bondad de dejarme el pantalón corto que llevaba puesto.
Lo demás desapareció con ellos rumbo a la Villa 31: remera, mochila, zapatillas, medias, pantalones largos, llaves de casa (cuya cerradura tuve que cambiar), walk-man (¡otro más!), reloj, cadenita de San Lorenzo y alguna otra cosa que no recuerdo. "Dejame los documentos", alcancé a gritarles, mas me quedé solo, en medio del parque, en cueros y descalzo pero con la dignidad a salvo...
Mágicamente aparecieron un heladero y un sujeto que había estado contemplando la escena plácidamente desde unos veinte metros de distancia. "Yo pensé que eran amigos que habían venido a saludarte", me dijo. "¿Qué amigos? ¡Eran chorros, me afanaron todo!", le contesté.
Me dirigí de inmediato, con mi aspecto ridículo, a la terminal del 17 que está ahí nomás, a ver si me llevaban gratis a la parada cerca de casa, y si no para que me dieran una moneda para llamar por teléfono a mi casa. La indiferencia fue atroz, y entonces me encaminé a las oficinas del Sistema de Tránsito Ordenado, que estaban a una cuadra de allí, a pedir ayuda. El asfalto hervía de calor, y tenía que correr como en mis competencias sobre la arena con mi hermano en Sauce Grande.
Entré y las mujeres que allí atendían me miraron con cara de susto, como si estuvieran ante un "flasher" depravado que venía a exhibir su masculinidad. "Me robaron", avisé, y se me acercó un policía.
- Qué tal, soy el principal José ¿qué problema tiene? - me preguntó en el colmo de la cargada.
Lo miré atónito y semidesnudo. "Me robaron todo en el Parque Thays", le sinteticé amablemente.
- Qué raro, porque siempre hay un patrulla ahí.
- Bueno, parece que esta vez no había ninguno.
En resumen, logré que una camioneta de las que ponen los cepos en los autos mal estacionados me llevara a mi domicilio. "Vos ahora llegás a tu casa y ya está, pero yo estoy hecho", me dijo el chofer, "ahora cuando vuelvo me rajan porque perdí la llave de un cepo". Entonces me di cuenta de que mi situación, vivo y con techo, trabajo y familia, no estaba tan mal.
Mi llegada al hogar, además de austera, fue surrealista. El portero del traje marrón me miró con sorpresa, tomé el ascensor y toqué el timbre de casa. Ver a mi madre abrir la puerta y llorar ante mis malas noticias fue peor aún. Atiné a ponerme una remera, comí algo y me fui a trabajar. Y otra vez, como en aquel primer asalto, debí soportar la sorna de mis compañeros de trabajo, esta vez del Citibank. A veces las personas se solazan cruelmente ante la desgracia ajena.
Pude hacer la denuncia en mi segunda visita a la comisaría de Retiro. En la primera, me habían dicho que el principal estaba ocupado con un homicidio en la villa a la que habían ido a parar mis pantalones. En la segunda, me hicieron actuar como testigo de una declaración por hurto en la estación de trenes. Así que después de que hube cumplido mi obligación cívica de ver cómo le vaciaban la cartera a la acusada (que no recuerdo si era culpable), me tomaron la denuncia.
Lo que más lamenté de toda esta historieta tragicómica fue la pérdida irreparable del libro que estaba leyendo en el parque, con encuadernación de las de antes: "Crimen y Castigo", de mi admirado Dostoievski. La acción de esa obra transcurre en San Petersburgo. En Buenos Aires, hubo solo crimen.
Mi cuarto asalto también fue en un parque, de día y a mano armada. Será mi próximo relato.
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16 de febrero de 2008
HISTORIAS DE LADRONES
En tiempos en que tanto se habla de la inseguridad, repaso mi biografía callejera y encuentro que es rica en experiencias con los amigos de lo ajeno.
La primera fue a los trece años, cuando andaba con unos amigos por la plaza de Las Heras y Pueyrredón. Divisamos a lo lejos un grupete que nos observaba, en el centro de la plaza. Eran las once de la noche. Cruzamos recelosos y de repente vimos que se levantaban y empezaban a caminar hacia nosotros, a unos treinta metros. Nos dimos al escape, y este servidor quedó algo rezagado, por lo cual era el objetivo número uno de los indeseables.
Corrí dos cuadras con uno de ellos pisándome los talones y el más adelantado llegó a tirarme un manotazo que me rozó el cuello de la camisa, mientras lanzaba un alarido triunfante (e irreproducible). Pero se había equivocado: en ese momento me transformé en un personaje de los dibujitos, de esos que en el aire toman carrera y vuelan dejando humito. Corrí, corrí y corrí con alas en los pies, más rápido que nunca en mi vida, y crucé Las Heras sin siquiera mirar a los costados. Solo escuché algún bocinazo poco amistoso, pero yo estaba más apurado que el molesto conductor.
Esa noche se acabó mi infancia callejera. Ya no había solo amigos y buena gente en ella. Un tiempo después me vi corriendo de nuevo con mi amigo Gonzalo por Bustamante y Santa Fe, pero esa vez ya estaba más entrenado y ni siquiera sentí que la patota que nos perseguía tuviera alguna posibilidad de alcanzarnos.
Dos años después, a los quince, yo ya cadeteaba en los veranos para ganarme unos pesos. Y en una de esas mañanas calurosas, cruzando la 9 de Julio por Paraguay con solo un Nesquik en el estómago, me interceptaron dos individuos con sonrisa de "Tenemos el dos de espadas y vos un cuatro de copas". Me exigieron la poca plata que tenía y uno de ellos me preguntó si me había quedado algo para viajar. "Te lo acabo de dar a vos", le contesté, y entonces, insólitamente, me respondió: "Bueno, te voy a prestar". Y me dio unos centavos para un colectivo. Es decir, me prestó mi propio dinero. "¿Todo bien", me preguntó en son de despedida. "¿Y qué querés que te diga?", le dije, y se alejaron felices y sin vergüenza. Llegué a mi trabajo y mi jefe se burló de mí cuando le relaté mi experiencia: "Bueno, ya tenés algo para contarle a tus amigos", me dijo. Sentí que mi jefe era un estúpido, y por piedad no escribiré su nombre aquí.
Así fue mi primer asalto serio, aunque nunca supe si estaban armados. Me inclino a pensar que no.
El segundo fue en marzo del 93. Yo volvía de la Biblioteca Nacional, muy concentrado en el bravo examen del día siguiente, por la barranca de Azcuénaga, frente al cementerio de la Recoleta. Y casi en la puerta de uno de los "hoteles" que allí se encuentran, me agarraron dos muchachotes por atrás. Uno de ellos me dobló el brazo para atrás y con el otro me tiró la cabeza para abajo, con lo cual no podía verles el rostro. Me sacaron los "wall-man" (traducción malviviente de "walkman) y la poca plata que tenía encima. Una semana después me los volví a cruzar, mi intuición me dijo que habían sido ellos los de siete días atrás, y uno me miró y también me reconoció. Di la vuelta a todo el cementerio y uno de ellos me salió al paso. "Hoy no te voy a dar nada", le dije, y solo me arrancó los auriculares y me fui. Tampoco vi arma alguna en esta segunda ocasión.
La tercera fue mucho peor, fue armada y fue también digna de risa, pero la dejo para la próxima.
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TEMAS: ANECDOTARIO
5 de febrero de 2008
NO ME GUSTA EL DULCE DE LECHE
¿Qué determina que una comida nos guste o no? Más precisamente: ¿Por qué a todos les gusta el dulce de leche y a mí no? ¿Hay alguna explicación biológica para ello? ¿O es solo una cuestión psicológica?
Suelen mirarme raro cuando se enteran de mi animadversión hacia el ilustre invento argentino, pero no puedo hacer nada con ello. No me gusta ese dulce empalagoso, y prefiero otros. He rechazado decenas de tortas, alfajores, mousses y postres varios hasta parecer caprichoso en ciertas situaciones. Pero no me gusta el dulce de leche, y la sinceridad no se vende.
Si entre los lectores hay alguien que me acompañe en el sentimiento, les ruego me lo hagan saber. Así no me sentiré tan solo en el mundo.
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19 de enero de 2008
SAUCE GRANDE
En mi infancia feliz, un lugar la representa, a 700 km de este hogar en el que escribo. Fue hace 30 años la primera vez que llegué de vacaciones a esas tierras con mi familia. Y como sucede con los recuerdos importantes, ese lugar de 177 habitantes es parte de nosotros.
Allí fue la cumbre de mi infancia, en la cima de algún médano donde cacé una lagartija por primera vez, y la contemplé emocionado, porque lo había logrado sin ayuda. Y así la dejé ir, después de firmar un pacto por el cual ella les contaría a sus colegas que un niño andaba suelto y más valía cuidarse de él. Más tarde vinieron las carreras de lagartijas, organizadas por la creativa Teresa, mi hermana. María Fe ya era más grande.
Allí fue también donde por vez primera me topé con una mulita, en medio de los médanos. Corrí a la casa para que alguno de mis hermanos viniera a verlo, pero al volver ya no estaba. Y una mañana, al volver de comprar el pan por el camino de tierra -porque no existía el asfalto allí- me encontré con una víbora, gigantesca para la mirada de un purrete de ocho o nueve años. La recuerdo perfectamente, enhiesta, con esa lengua siniestra moviéndose inquieta.
Eran las épocas del "señorcito", como me decía mi papá por la seriedad con la que parecía tomarme todas las pequeñas cosas. Cuando febrero era el mes del descanso absoluto, del pan con chocolate, de los "walkie-talkies" como avanzada de la modernidad en nuestros juegos, y de las bombitas de agua en Carnaval.
Por las mañanas alguien iba a buscar pan a "Los Primos", no a "Las Toninas", que era más caro (y parecía algo más sofisticado, con su francesa en el mostrador diciéndonos "Tesogos"). En "Los Primos" nos recibía Teresa, y un par de años más tarde Maruja. Un día apareció también una "faturería", según anunciaban las letras pintadas sobre la cal blanca. Y eran ricas esas facturas, que Papá compraba en días especiales y llevaba al chalet alquilado al señor "San Ferreiter".
Aquel balneario era el centro universal de la siesta. Pacientemente, y en silencio absoluto, esperábamos a que Papá se levantara para poder ir a la playa, o a dar algún paseo que siempre era el mismo. Estábamos solos, los cinco hermanos (y a veces mi primo Carlitos), y entonces nos hacíamos amigos entre nosotros.
A mitad del mes, Papá viajaba a Buenos Aires para no dejar la editorial sin timón, y quedábamos solos con Mamá, que nos hacía postres exquisitos, en la medida de lo posible, porque no había mucha materia prima por allí, y menos para su repostería europea.
Eran tiempos en que podíamos estar al sol todo el día, aún sin bronceador a veces, y mirar el atardecer en la playa, después de jugar al "Show de los fouls", en el que siempre ganaba mi hermano debido a mi retiro voluntario. Competíamos para ver quién duraba más caminando sobre la arena ardiente desde los médanos sombreados hasta el mar hospitalario, pero también perdía a los pocos metros. Y si estaba nublado, había deportes más conocidos: fútbol, paleta, tenis (con las Chemold de Nancy Graham) y hasta bádminton. Lo que más disfrutaba era cuando jugábamos a "Combate" con Fernandito, aunque siempre me capturara.
Nuestras peores enemigas eran las aguavivas. Nunca sufrí sus terribles latigazos, pero sí mis hermanos. Creo que Isabel era una abonada a ellos. Los recursos para atender ese ardor impiadoso no eran muchos, así que había que recurrir al estoicismo que los cinco hermanos llevamos en la sangre. Aparecían con el viento norte, porque el mar se hacía un lago y ellas flotaban amenazantes, casi invisibles. El viento sur, en cambio, era el de la furia, el del mar prohibidísimo y caótico.
Hicimos algunos amigotes, grandes o chicos como nosotros que buscaban a alguien que les recordara a la civilización. Algunos nombres me llegan de ese pasado: Meyer Goodbar, de Executives; Eric, el señor que trabajaba en Coca-Cola (no sé por qué un niño de siete años guardó en su memoria dónde trabajaban estas personas); y Ergon, marido de Karen, el danés que insultó a este pequeño disfrazado de canillita en el colmo de la embriaguez. Nuestro único eslabón con la farándula resultó ser el hijo de Mirtha Legrand, que al parecer veraneaba allí y a quien por obvias razones llamábamos Mirtho en secreto.
Con otro grupito armamos una guerra de bombitas de agua frente al inefable "Empire State" (una casa con pretencioso nombre que para nosotros valía más que todo New York), y jugábamos mucho al truco. Una de las chicas me gustaba, pero nunca lo dije; fue mi secreto hasta hoy. Caminaba por arriba de la mesa larga para llamar su atención. Nunca se enteró.
Una vez hice tronar una trompeta de cancha en la oreja de uno de ellos, y él le pegó a la trompeta y ésta a mis dientes, lo cual me dolió mucho. Es un trauma de mi niñez.
Cómo no recordar también a Constanza y Tobías. Él usaba unas sandalias extrañas, que se preocupaba en aclarar que los hombres podían llevar sin que fueran vergonzantes para su portador. Pero lo que más me impresionó de ellos fue cuando confesaron que hacían pis en el mar. Una insolencia.
En verano circulaban también, en "Garza" o "Gaviota", las revistas que nosotros mismos hacíamos a mano y cuyo único ejemplar nos vendíamos entre hermanos a precio módico. "La Montaña", de Ediciones La Sierra, era de mi autoría. "La Familia", "El Sol" y "Las Grandes Aventuras" eran las de Fernandito, Isabel y Carlos María. Teresa, creo ¿o era Isabel?, también me hacía una revistita de juegos para resolver en el Renault 12, mientras viajábamos por la ruta 3 rumbo a ese paraíso esperado todo el año.
Santiago Garrós es el nombre y apellido asociado a aquel paraje. Asados de pejerrey, interminables bromas, una sombrilla que se volaba en la playa inmensa, y la sentencia: "Vamos a tomar Mocoretá", que daba por iniciada otra velada de carcajadas y amistad.
Sauce Grande es el lugar al que siempre quiero volver, aunque no lo haya pisado en 25 años. Recorro nuevos días, llego a parajes nuevos y sonrío con nuevos rostros, pero siempre con la alegría que mamé en aquel reino lejano, el de la infancia. Es el lugar donde me rodearon siempre todos esos personajes nobles y sonrientes, casi inocentes, llenos de ese futuro que hoy vivo.
Quizás, el día que vuelva, sea mentira que Santiago y Perla se han ido. Tal vez sea solo otra broma y me esperan allá. Nos esperan a todos, sentados en la galería del Empire State, con una torta sin cocinar y una jarra de Mocoretá.
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7 de noviembre de 2007
SER TACHERO
A lo largo de los últimos veinte años he tenido una relación bastante intensa con los taxis de Buenos Aires. Mis tempranas labores de cadete, en las vacaciones del colegio, me iniciaron en la ciencia de la calle. Recuerdo aún cuando un taxista me preguntó, rodeando la Plaza de Mayo, cuánto ganaba mensualmente de viáticos al informar en mi oficina un monto superior al que realmente me había costado. Dije que nunca hacía eso, y el señor habrá pensado: "Qué gil que es este borrego". Hoy en día, afortunadamente, no he perdido los ideales y no entro en esas especulaciones, aunque por suerte tampoco trabajo de cadete.
En otra ocasión me pareció que el taxista tenía la maquinita "tocada" para que las fichas pasaran más rápido. Yo llevaba como diez cajas de libros, por lo cual fue una decisión costosa decirle que detuviera el vehículo para bajarme con mi carga y tomarme otro taxi, despedido por los malos deseos del taxista ventajero.
Ahora que soy más grande y gano más dinero, me puedo dar el gusto de volver del trabajo en taxi, en esos días en que el cansancio abruma o el reloj apura. Ha cambiado mi bolsillo, pero no han cambiado ciertos taxistas, que pretenden pasear o pisan el acelerador en el semáforo, cosa que me molesta sobremanera.
La otra noche me subí a uno y le pedí que me llevara a Gascón y Lavalleja. "¿Gascón y Lavalleja?", me dijo el taxista, un muchacho con semblante de malhumor. "Mirá", le dije yo, que estaba exhausto de la jornada y no tenía ganas de discutir aunque creía tener razón, "agarrá por Córdoba y doblá en Gascón, de ahí hasta Honduras y la siguiente es Lavalleja. Lo que pasa es que son diagonales y se cruzan". El tachero no estaba convencido y me "concedió" hacer el camino que yo le indicaba. Pero durante el trayecto, desde el centro, dos o tres veces masculló: "¿Gascón y Lavalleja? Hmmmm..."
Finalmente doblamos por Gascón, después por Honduras y apareció Lavalleja. Nos detuvimos enseguida porque había llegado a mi destino, que estaba a mitad de cuadra. Y sorpresivamente, el tipo me mira y me dice: "No soporto que me discutan cuando sé que tengo razón". Yo no lo podía creer. "¿Pero no ves ahí esa esquina? Es Gascón y Lavalleja, se cruzan ahí", le contesté. Y ahí vino lo mejor: "Ah, pero vos me dijiste que se juntaban, no que se cruzaban". Lo miré atónito. "Pero no importa", agregó condescendiente, "está todo bien". El muchacho era ciego a la realidad de que yo tenía razón, y esto me molestaba. Volví a decirle: "No entiendo, yo te dije que iba a la esquina de Gascón y Lavalleja, si se cruzan o se juntan es lo mismo, la esquina está ahí y ahora después de dejarme vas a pasar por ahí". El tachero me miró mal de nuevo, y como estaba cansado no la seguí y me bajé. Increíble.
Ciertos radiotaxis conforman una especie de aristocracia al volante. Sus autos son perfumados, la chapa brilla y la radio está bajita, sin estruendos. A algunos se les da con intercambiar saluditos, chistecitos o piropos con la telefonista que ordena los viajes. Peor es cuando suena el celular y se ponen a hablar con la mujer que les pregunta si estarán para cenar, o con la novia que quiere que la pase a buscar, o con el amigo al que le debe plata. El que sufre es el pasajero.
Otra variante es el taxista pistero, que tiene el volante envuelto en goma roja, la palanca al pie y el caño de escape arreglado para sentirlo. Estos son peligrosos y encuentran huecos por donde solo entra un alfiler. Me generan enojo y admiración al mismo tiempo. Suelo pedirles que bajen la velocidad, y siento cierta culpa porque sé que se sienten desilusionados por pensar que el pasajero no está a la altura de su servicio, que para ellos es de lujo.
Existen taxistas locuaces y taxistas que tantean al pasajero para callar o dar charla. Es conveniente darle señales claras de lo que uno espera de él, porque todo comienzo (mudo o verborrágico) sienta precedente, y si el tachero interpreta que uno quiere beber de su sabiduría, nos lanzará un monólogo que durará exactamente lo que tardemos en llegar a destino.
También hay distintas clases de pasajero: el que da la dirección y se encierra en el mutismo absoluto, el que se desahoga y pide consejo al chofer de si renunciar o no a su trabajo, el que ordena un camino exacto para llegar a donde quiere, y así podríamos seguir.
Los taxistas saben de todo: política y deporte (cualquier deporte), música, religión, historia, filosofía, economía y todo aquello que venga bien para entretener al pasajero. El tachero es un multiplicador de rumores y opiniones nada despreciable, y sabido es que muchos son profesionales frustrados que ocultan una mente avispada.
Es molesto cuando el taxista se pelea a viva voz con un colectivero (su enemigo número uno), un peatón o un colega. Uno debe asistir mudamente a la pelea dialéctica desde su platea de lujo, mientras el tiempo se pierde irremediablemente cuando el taxi frena junto al objeto de su odio. Por supuesto, es mejor adherir a las razones del taxista propio, o por lo menos, guardar un prudente silencio si tendemos a estar de acuerdo con el rival de éste.
El taxista y el colectivero son enemigos mortales. El primero detesta al segundo porque le obstruye la calle y le demora la velocidad. Este odia a aquél porque es más chiquito y se mete insolentemente por huecos que a él se le hacen imposibles, además de circular parsimoniosamente por el carril derecho, tan caro a las paradas de colectivo. En esa guerra callejera, no sé por qué, tiendo a respaldar al colectivero, quizás porque lo veo más sacrificado en su caluroso caballo de hierro. Pero también depende de cada caso.
Ahora que tomo taxis con mis hijas pequeñitas, los taxistas se enternecen y redondean el cambio a mi favor. Esta mañana uno empezó a hacerle muecas a Valentina, a tal punto que miré insistentemente hacia delante porque el señor iba por Lacroze y no era cuestión de manejar mirando a mi hija. Está bien que sea irresistible, pero pretendo que lo siga siendo.
El taxi es un mundo, como reflejara Robert De Niro en la famosa "Taxi Driver". Y el taxi porteño es un planeta.
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10 de septiembre de 2007
ACERCA DE LA PIZZA
Si es cierto aquello de que uno es lo que come, debo rendir culto al alimento que me ha acompañado a lo largo de todo el camino que llevo recorrido. La pizza, esa tarta extraña que no es tarta ni torta ni otra cosa, es en mi caso una cédula de identidad. Ahora que la fiebre de los envíos a domicilio ha hecho de ella un recurso más frecuente entre la masa de quienes descansan de la cocina, la pizza es más popular aún, y ha generado una marea de oportunistas en busca de sus frutos monetarios. Pero la pizza no le debe su popularidad sino a sus propias virtudes.
Los orígenes de la pizza, como sabe o sospecha el lector, se remontan a Italia. No ahondaré aquí en ellos.
Cada quien tiene sus puntos de referencia dentro de la ciudad, cuando de pizza se trata. Los míos marcan etapas en mi biografía: "Los Inmortales", a donde iba con mi papá cada domingo por la noche, enfrente de casa, fue el primero. Esperaba sin ver, porque el mostrador era demasiado alto, pero el corazón sentía igual aunque los ojos no vieran.
Cuando se hizo muy cara, cambiamos a "El Cuartito", donde me siguen saludando cada vez que entro, y donde tuvo lugar una parte de mi despedida de soltero. Esa noche probé la grande de "atómica", que contenía los peores enemigos de cualquier hígado. Y más aún si se los acompañaba con un whisky nacional, como hice a instancias de mi amigo el Piti.
Cuando volví de mi luna de miel, "Los Inmortales" de enfrente de casa había desaparecido. Fin de una etapa. Mas en mi nuevo barrio tenía otra sucursal, disfrazada de posmoderna bajo el nombre de "Pizza & Espuma", pero con la misma receta de "Los Inmortales". Allí comí con Paula en nuestra primera noche de casados, después de perder el avión a Ushuaia.
Ya en Colegiales, "Croxi" ha sido nuestra principal fuente de pizza, y lo sigue siendo cada viernes.
Mi pizza es la pizza a la piedra. Nada de media masa ni al molde, con masas que no dejan al queso lucirse. Respeto a "Las Cuartetas", "Banchero" o "El Palacio de la Pizza", pero nada como la pizza finita con un queso abundante.
En materia de gustos, soy un conservador. Muzza, fuga o napo, ésta última con ajo. No me gustan agregados extraños como ananá, por ejemplo. El perro en la cucha, el malvón en la maceta y la fruta de postre. Y si es con cuchillo y tenedor, mejor, aunque de vez en cuando, nada como comerse una buena porción de pizza bien aceitosa con la mano. Otra opción es la pizza a la parrilla.
La pizza es más rica si se come en una pizzería hecha y derecha. El envío a domicilio es útil y bueno, pero enemigo de lo mejor. No me refiero solo a la temperatura de la pizza, sino a la ambientación. Soy de los que creen que el contexto de cualquier cosa es importante. Así, para leer, escuchar música, hablar con un amigo o trabajar siempre hay que tener un ambiente propicio y placentero. Lo mismo cuenta en el caso de la pizza, y especialmente si es con amigos.
"El Cuartito" o "La Guitarrita" son, en este aspecto, mis preferidas. Las fotos de jugadores, grandes equipos, boxeadores o ídolos de la escena argentina son una compañía ideal, además de los mozos de verdad, esos que visten de blanco y memorizan el pedido sin que se les mueva una ceja.
Para acompañar la pizza, mi bebida es la cerveza rubia. Es su complemento, su confidente en la mesa, su vehículo para deslizarse por los recovecos de las gargantas cansadas o enronquecidas por un grito de gol.
Al calor de una pizza he vivido momentos que hoy recuerdo con mucho afecto. En ella veo aquella porción cuya aceituna cedí, o aquella mitad de anchoas de las que renegué. Frente a ella crecí, relaté y callé, y aprendí.
La pizza, como el sol y las sombras, siempre está.
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29 de junio de 2007
EL REGRESO DE FREDDY
Los medios de transporte suelen generarme sorpresas, como ya he relatado en detalle. Anoche me dieron otra de ellas, en el subte nocturno de regreso a casa.Volvía leyendo un libro de teoría de la comunicación, muy concentrado. De repente alguien a mi costado se inclinó y oí: "Perdón...". Lo miré, sin saber de quién se trataba, y el individuo agregó: "¿Freddy?".
Se hizo la luz. La voz era inconfundible.
"¡Fito!", exclamé, y me levanté a saludarlo. Entonces conocí a Fito con pelo corto.
"Freddy" era mi apodo en la Universidad de Belgrano, en la que estudié en 1989 el primer año de Ciencias Políticas. Y "Fito" era el apodo de Hernán Echeverría, compañero mío de aquel entonces. A él le había sido impuesto por su parecido físico con el músico argentino. A mí, por el personaje de Freddy Kruger, de "Pesadilla". Una vez había ido directo del dentista a la facultad, con una remera azul y roja a rayas laterales, media boca anestesiada y la incapacidad consecuente de sonreír con toda ella.
El domingo ya había tenido un aperitivo de esto, porque por la calle me crucé con Egle Fernández, otra ex compañera de la UB, a quien sí reconocí. Pero ella no me vio, y le dije a Paula: "Si le digo a esta chica que fue compañera mía y la reconocí 18 años después se desmaya acá".
Esto de encontrarse con alguien a quien uno no ha visto en la última mitad de lo que lleva vivido (18 años de 36) es todo un acontecimiento. Uno le pide a la rutina que lo deje a solas con el ayer, y sirve dos vasos de memoria para brindar por aquellos viejos e inocentes tiempos de idealismo (que nos han traído a este hoy feliz).
Ambos estamos ahora casados y con hijos. Yo me recibí en Ciencias Políticas (pero en otra universidad) y me dediqué a la comunicación. Él terminó Comercio Exterior, estudió tres años de Filosofía y es gerente de un colegio en Castelar. "Él era el que entendía todo lo de Laclau", le dijo a su señora acerca de mí y de nuestro incomprendido profesor de filosofía del 89. Y mi mayor sonrisa fue cuando me dijo que el otro día, viendo a San Lorenzo campeón, se había acordado de mí. Esto es para mí digno de orgullo: 18 años después me sigue teniendo de referente azulgrana. "Eras un fanático", me dijo Fito. "Sí, y ahora mi jermu viene a la cancha conmigo y mis hijas aprenden los cantitos", le contesté. Y agregué que Gustavo Peninno, otro rostro de aquellos tiempos, era de Tigre y debía estar contento por el ascenso.
Nos despedimos con un abrazo, y prometí mandarle un mail para quedar en contacto. Creo que lo haré, aunque a veces es mejor guardar estos encuentros en ese recinto sagrado donde habita lo inesperado, lo azaroso, lo ¿casual?
El futuro nos aguarda ansioso e intacto, pero el pasado nos supervisa agazapado entre nuestras fatigas cotidianas, porque de él estamos hechos y a él debemos lo que somos.
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1 de noviembre de 2006
FELIZ ANIVERSARIO
Hace ya cuatro años que Paula y yo nos casamos. Puedo decir que fue la mejor decisión que tomé en mi vida. Estoy intentando que ella piense lo mismo.
Aquella mañana me fui con mi amigo el Capitán Escarlata a comprar el cotillón. Fue divertido elegir pelucas, sombreros, gorros, collares, trompetas y otros objetos de San Lorenzo y comprar metros de tela azul y roja que funcionarían como banderas en la fiesta.
Llegamos a la Basílica del Pilar mientras se casaba la pareja anterior a nosotros. La Abuela quería entrar por el pasillo central de mi brazo en pleno casamiento ajeno, y me decía que en Chile se hacía así. Por suerte logré convencerla de que lo indicado era aguardar nuestro turno y nos fuimos por un pasillo lateral a la iglesia. Nos quedamos en la sacristía esperando por nuestro momento y recibiendo las visitas de los familiares ansiosos. Finalmente, llegó la hora y encaré el altar para esperar a la novia.
El primer lugar donde nos sacamos fotos fue el bar "Los Porteños". He puesto la foto: allá al fondo, debajo del vidrio, le había declarado mis sentimientos a una Paula algo escéptica el 20 de enero de 2001. En segundo lugar fuimos al Jardín Japonés, a la vera del cual me robarían la alianza de oro dos meses más tarde y, vaya detalle que tuvieron, dos años exactos después de haber conocido a mi mujercita.
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TEMAS: ANECDOTARIO, FAMILIA
23 de octubre de 2006
10 DE 100
Las convenciones me indican que debo celebrar el hecho de estar escribiendo mi columna número 100 desde que fue creado este blog (el 1 de noviembre de 2005). Dado que muchos de mis lectores han llegado a este espacio en meses recientes, he efectuado una selección de los que a mi humilde entender fueron las 10 irrupciones más fructíferas de este servidor en la Red.
El criterio es discrecional, por supuesto. Alguna fue incluida por lo que significaba afectivamente para su autor, otras por los comentarios que se le habían hecho y otras por la importancia que a juicio de quien esto escribe tenían. No busco la complacencia del lector, porque cada uno elegiría párrafos distintos (o tal vez ninguno, aunque si está leyendo esto será porque algo le gusta).
Aquí están, estas son, en orden alfabético:
ARETÉ
AUTOCRÍTICA
EL BAMBI
EL CIELO EN LA VEREDA
HA LLEGADO EL 2006
LUIS
MUJER
SACAMUELAS
UN HÉROE REPLETO DE HUMANIDAD
¿HACE MUCHO QUE NO PASA?
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TEMAS: ANECDOTARIO, ARGENTINA, BUENOS AIRES, FILOSOFÍA CASERA, HISTORIA, HOMENAJE, VALORES
12 de septiembre de 2006
BARCELONA
Hoy mi prima Dolores cumple años.
Mi prima Dolores vive en Barcelona, más precisamente en una linda casa de Sant-Cugat, que es un pueblo en las afueras de la ciudad, como serían San Isidro, Castelar o Adrogué respecto de Buenos Aires. Ella tiene un taller donde enseña a hacer artesanías, y expone algunas de sus obras en este sitio. Le gustan los cuentos para niños, los vestidos hippies y el esquí, entre otras cosas. Vive feliz con su marido, Federico, y sus tres hijos, Pau, Melina y Joaquín.
Barcelona es mi segunda ciudad, porque en ella nació mi padre. Ya he relatado cómo debió abandonar su terruño para venir, afortunadamente, a la Argentina.
Es increíble: en este momento en que escribo, el sistema aleatorio de mi reproductor de audio elige, de entre 2032 canciones, "Mediterráneo", de Joan Manuel Serrat.
En esta ciudad de la que hablo, viví una situación tensa y especial. En marzo de 1998 tomé el tren de Madrid a Barcelona, que llegó a destino a las seis de la mañana más o menos. Yo venía dormitando y apenas sentí que habíamos llegado me incorporé para irme con mis petates. Un desconocido me saludó, y yo le contesté por cortesía. Y hete aquí que al subir por la escalera mecánica desde el andén, me señalaron dos guardias civiles apostados frente a mí. Me obligaron a abrir mi equipaje, y ante mis protestas me llevaron a la comisaría de la estación. Revisaron todo lo que había para revisar, metieron mis datos en una computadora e hicieron algunas llamadas. Todo estaba, por supuesto, en orden.
Pero la sorpresa mayor fue cuando me dijeron: "Hala, ya puedes reunirte con tu compañero que te espera allá afuera". Yo había viajado solo, y les pregunté de quién me estaban hablando. "Pues mira qué pregunta, hay un tío allá afuera que está preguntando por ti". Salí desconcertado y nunca encontré a nadie. Nunca sabré si la policía me había confundido con otro, si "el tío" me había confundido con otro o si me habían usado para algo.
No era mi primera experiencia con la policía, y desgraciadamente no fue la última. Pero en todos los casos mi inocencia fue absoluta.
Como quiera que sea, a Barcelona le debo, además de mi padre, tres sobrinos: Ignacio, María Luján (que es también mi ahijada) y Santiago. Alguna vez, hasta que un colectivo pasó de largo, pensé seriamente en irme a vivir allá después de unas vacaciones en Cuba y Jamaica. Si así hubiera sido, tal vez esta columna de hoy estaría dedicada a la lejana Buenos Aires.
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11 de septiembre de 2006
DÍA DEL MAESTRO
Uno piensa que todo estará inventado en la Web, pero no aún. He descubierto, a través de otro blog, un sitio donde se puede fabricar machetes para copiarse en los exámenes. Uno puede hacerse uno propio o usar otros ya fabricados por terceros. Para suerte de los maestros argentinos, los autores son españoles.
En mi colegio había un experto en este arte, a quien guardaré en un piadoso anonimato. La verdad es que no tenía muchas variantes, pero era muy efectivo.
El colmo fue un día en que otro compañero de Cuarto Año llamó a la profesora porque decía no comprender una de las preguntas del examen. Ella le pidió que le dijera cuál era la pregunta, y él levantó la hoja para que la viera más de cerca. Debajo estaba el machete, sorprendido y desnudo. Le puso un uno, y no supimos si por copión o por... lo otro (sí, me salió en rima).
En Primer Año, un cofrade se copió, pero hete aquí que la profesora (de Filosofía) lo pescó. "Tiene un 6", le dijo como todo castigo. Y todos los que estaban arañando el 4 intentaron entender, sin lograrlo.
Mi amigo Lucas siempre se enorgullece de sus antiguos métodos de copia. Dice ser el autor intelectual de la técnica del ténder, por la cual colgaban un hilo invisible a lo largo de una fila de bancos, y se iban pasando los machetes a pedido.
Yo nunca fui de copiarme. Lo simpático es decir que el machete es divertido, pícaro o hasta inteligente. Pero la realidad es que es un engaño, y por ende es condenable. El valor implícito detrás del machete es la mentira y la deslealtad para con el resto de los compañeros. No puedo estar de acuerdo con eso, y no me gustaría que mis hijos fueran copiones.
Temo que se me diga: "Bueno, pero son chicos, no pueden pensar lo que estás diciendo". Creo que justamente porque son chicos es que hay que darles el valor de la verdad, el esfuerzo (en estudiar, no en hacerse el machete) y la lealtad hacia aquellos que juegan con recursos limpios. No lo olvidarán, y cuando sean adultos agradecerán esos valores que les hemos dado.
Esta columna mía de hoy es bastante moralista. Pero en el Día del Maestro, no me sale otra cosa en homenaje a ellos.
Estas líneas están dedicadas a Osvaldo Mario González, a quien recuerdo como el mejor maestro que tuve.
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6 de septiembre de 2006
VERDE IRLANDA
Por esa puerta entré y salí varias veces, entre enero y febrero de 1998. Es la entrada al Temple Bar, famosísimo pub de Dublin, en el barrio del mismo nombre.
No era este mi preferido, sino el Lannigan´s, frente al río Liffey, del cual he hablado en otra oportunidad. Pero visité muchos de ellos, y han quedado en mi memoria irlandesa.
Afortunadamente el Barba quiso que yo naciera en la Argentina. Mi segunda patria es España, que pisé por vez primera en abril de 1995 y de la que hablaré en algún otro momento. Pero tengo una relación muy especial con Irlanda desde aquel viaje del 98.
Tengo sangre irlandesa por el lado materno. Los abuelos de mi madre eran Dolan y Doyle. Desde mi infancia en mi hogar se festejó el St. Patrick's Day todos los 17 de marzo, cuando casi nadie en Buenos Aires fuera de la comunidad celta sabía de la existencia de esta fiesta.
Irlanda es un país muy particular, habitado por personas que no tienen ni el carácter latino ni el sajón, sino algo intermedio entre ambos. Saben divertirse y ponerse melancólicos, pero también son fríos y cerebrales cuando la ocasión lo reclama. Su sentido del humor es muy particular. Son algo cínicos e irónicos, pero traslucen un fondo de bondad absoluta hacia la naturaleza y los hombres. Aman las leyendas brumosas y el misterio a medias que sugiere historias escondidas por debajo de la realidad cotidiana.
James Joyce, Samuel Beckett, Oscar Wilde, George Bernard Shaw, William Yeats, Jonathan Swift, Arthur Conan Doyle y Bram Stoker, entre otros, son testimonio de la rica literatura irlandesa.
Un prócer de la independencia argentina era irlandés. Fue el Almirante Guillermo Brown, nacido en Foxford. Emigró de pequeño a los Estados Unidos y de allí al Río de la Plata, donde fundó la Armada Argentina. Su biografía, plagada de aventuras, puede leerse en "El combate perpetuo", obra de Marcos Aguinis que me leí en un fin de semana en Córdoba, a donde había ido a ver una victoria de San Lorenzo ante Talleres por 2 a 1.
Mateo Banks, el primer asesino serial argentino, era hijo de un inmigrante irlandés. Fue condenado a prisión en el famoso presidio de Ushuaia, donde hay quienes dicen que también estuvo Carlos Gardel (y hay quienes lo desmienten, por supuesto).
El general Juan O'Brien, granadero que sirvió como ayudante de campo de San Martín en toda la campaña libertadora, fue el irlandés que trajo a Buenos Aires el parte de la victoria desde Lima. Fue también quien quemó, por generosa orden del Libertador, las cartas que comprometían a altos oficiales argentinos arreglados con los españoles después de la derrota de Cancha Rayada.
Paula, que también tiene sangre verde y bien visible en su apellido, tiene un primo en Dublin. En aquella noche en que la conocí en el 60, en ningún momento me había dicho su apellido. Cuando salimos por primera vez, 15 días después, me quedé de una pieza al preguntárselo de pasada y escuchar: Brennan. Su segundo apellido era Galaz. Catalán, como mi padre.
El Jameson, la Guinness y el Baileys representan a Irlanda en cualquier barra que se precie. En Buenos Aires es difícil encontrar un café irlandés hecho como Dios manda.
Los dichos irlandeses son muchos. Acá solo he reproducido uno: "Los padres toman las manos de sus hijos solo por un ratito... Y sus corazones, para siempre".
Este es mi pequeño homenaje a ese país que llevo en la sangre de manera preferente.
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TEMAS: ANECDOTARIO, HISTORIA, LETRAS
25 de agosto de 2006
HOY ES FERIADO
Hoy es el Día del Peluquero y el Día del Árbol.
Un 25 de agosto también nacieron el Relator de América, José María Muñoz, y el actor Narciso Ibáñez Menta.
En esta fecha también se conmemora a San Luis, Rey de Francia, y a San José de Calasanz, quien es "Protector de las escuelas primarias y secundarias argentinas" declarado por Ley N° 24978.
El 25 de agosto de 1594 se fundó la ciudad de San Luis.
El 25 de agosto de 1944 París fue liberada por los aliados, y el 25 de agosto de 1991 Bielorrusia declaró su independencia de la Unión Soviética.
Hoy celebra su cumpleaños número 76 el actor inglés Sean Connery.
El 25 de agosto es también la fecha en la que se conmemora la independencia del Uruguay.
David Hume, Friedrich Nietzsche y Truman Capote pasaron a la historia un 25 de agosto.
Hoy cumplo 36 años.
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TEMAS: ANECDOTARIO, HISTORIA
24 de julio de 2006
CANILLERAS
El 25 de julio de 1990 la FIFA declaró obligatorio el uso de las canilleras. En mi caso, mis primeras canilleras (y últimas) fueron unas azules que me había regalado un compañero de equipo del club para mi cumpleaños. Y gracias a ellas soporté patadas varias.
Creo que me han pegado más de lo que he pegado. Es curioso cómo en la cancha puede verse la personalidad de un jugador en la vida. Los hay solidarios e individualistas, nobles y marrulleros, estetas y pragmáticos.
Yo recuerdo mi debut en el equipo del club como uno de los días más felices de mi adolescencia. Había caído para verlo de afuera, como siempre, con mis Topper azules, bolsito al hombro. Nomás llegar, ya empezado el match, me gritaron que faltaba uno y que me fuera a cambiar al vestuario. Era la ilusión del pibe.
Entré a ver qué pasaba. "Jugá arriba", me ordenó alguien. Y allá me paré, expectante, con mis 17 años. Lo que siguió, aunque no le importe a nadie y no sea recordado más que por este servidor, fue perfecto. Lateral para el Dynamo (o sea, nosotros). El 3 (seguramente el Chino Llach) me la tira y me doy vuelta sin tocar la pelota, burlando a mi marca. De frente al arco, solo se me ocurrió pegarle de afuera del área, por el callejón del 10. La pelota hizo la comba por arriba del arquero y se metió allá en el ángulo, con mi delirio consecuente. Era la primera que tocaba y la había mandado a guardar.
"¿Por qué festejó tanto?", me dijeron que preguntó alguien. Yo había llegado para mirar el partido de los grandes y de repente era el protagonista sin tener siquiera los botines puestos.
Ganamos 2 a 1 y después siguieron todos los otros partidos, jugados en Dynamo y Darrospide, mis dos equipos de CUBA. Tuve días para el recuerdo, y jornadas horribles también. Fui titular e hice banco, erré goles increíbles (recuerdo dos, puntualmente) y metí otros sobre la hora (recuerdo varios, pero especialmente uno en un partido que no iba a jugar). Me comí codazos en ojos y patadas arteras, incluida una que a poco estuvo de sacarme un ojo. Y me expulsaron una vez, aunque erróneamente, porque el árbitro le creyó al rival que teatralizó un codazo mío involuntario. Nunca me agarré a trompadas. Jugaba de 8 o de 4, y a veces iba sin dormir.
Una vez "abandoné la concentración", disgustado con el capitán del equipo, que me había hecho ir para, finalmente, darle mi lugar a un amigo suyo. Las cosas se hablaron en un bar, mano a mano como debe ser.
Mi retiro del fútbol de CUBA fue, como debía ser, en un partido entre mis dos equipos. Entré en el segundo tiempo y antes de ingresar ya había resuelto irme de Darrospide. Nunca más volví a jugar en cancha grande (la única donde se juega el verdadero fútbol), excepto en mi despedida de soltero, cuando me puse la del Cuervo para hacerlo con mis amigos sobre el verde césped que había visto mis primeros pasos con el esférico. Tal vez vuelva algún día al club o a otro campeonato, aunque está difícil.
Yo sé que esto que acabo de escribir interesa muy poco al amigo lector. Le pido comprensión: necesitaba hacerlo.
Gracias por su paciencia.
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12 de julio de 2006
PERROS Y GATOS
Algunos lectores, o más bien lectoras, de este blog, estarán de parabienes: El Mundial ha terminado, y con él se apagan también los comentarios sobre el magno evento que tan disconforme ha dejado a este servidor.
Los maridos o novios han vuelto a hablarles a sus mujeres, la eficiencia en el trabajo se ha incrementado y los bares se han transformado otra vez en rincones de sosiego para los nómadas de la ciudad.
En mi casa está cercano el momento en que se incorpore a la familia un nuevo ser. No se trata de un humano, sino del heredero de Rosko. No lo reemplazará, sino que será él en sí mismo, aunque las comparaciones vayan a ser inevitables. Los notificaré cuando haya novedades.
En general, siempre he preferido los perros a los gatos. Ni siquiera me parece que la comparación resista más de 10 segundos. Recomiendo fuertemente "Cuando el hombre encontró al perro", obra del fundador de la etología, Konrad Lorenz.
Una de las reflexiones que más recuerdo de este libro es la siguiente: Es difícil darse cuenta de que un perro nos ha amado más de lo que nosotros lo hemos amado a él. Cualquiera que haya tenido un perro puede comprender a qué me refiero.
Ya he mencionado a Rosko y lo que él significó en mi vida. Entre toda la felicidad que Paula me regaló al encontrarla estaba él, que me reconoció antes que su dueña. Y allí también vivía Mima, una gata que había salvado su vida de milagro al caer de unos cuantos pisos a la calle. Su acción de bienvenida consistió en depositar sus excrementos en una de las pantuflas que yo dejaba en lo de mi entonces noviecita para estar cómodo. Mi respuesta fue correrla por todo el departamento hasta agarrarla y pasarle la cara por su propio pis. No volvió a hacerlo.
Con el tiempo aprendimos a convivir, aunque ella siempre supo que yo no la tenía en mi predilección y me contemplaba celosa cuando yo jugaba con Rosko. Cuando nos casamos le dije a Paula que prefería no llevar a Mima con nosotros, y entonces se la dejó a una amiga. Ahora lo recuerdo y siento una pequeñísima culpa, pero creo que los gatos son más individualistas que otra cosa, y mientras tengan techo y comida todo lo demás es relativo para ellos.
Como dijo alguien, los perros tienen dueños, los gatos tienen personal a cargo.
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TEMAS: ANECDOTARIO, OCIO
12 de junio de 2006
MICHAEL MAY
La hermana de mi mujer vive con su marido y sus dos hijas en Hamburgo, es decir que tenemos un lazo estable con el país donde se desarrolla el Mundial.
Es increíble cómo Alemania ha influido en el curso de la historia moderna. Unificada en 1871 gracias a las artes de Otto von Bismarck, que había subordinado a Austria y unido al pueblo en causa común contra Francia y Dinamarca, fue protagonista de las dos guerras mundiales y motivo de un enfrentamiento entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, que originó su división y la construcción del Muro de Berlín, demolido por las masas en 1989.
Hace ya ocho años, en Dublin, tuve como compañero de un curso a un alemán a quien después perdí el rastro. No eran todavía los tiempos del mail que en cinco minutos nos comunica con alguien. Fue muy poco antes, a tal punto que él me dio una dirección, pero cuando quise usarla él ya no la tenía.
Se llamaba Michael May (por si algún lector lo conoce). Siempre me decía que admiraba a los latinos por su talento para disfrutar de la vida más allá de los problemas y las amarguras. Yo le respondía que esas ganas de divertirse tenían también su costado negativo bajo la forma de haraganería, ligereza e informalidad. Pero él insistía en que le gustaría tener ese espíritu latino.
Espero reencontrarme alguna vez con Michael merced a los milagros de Internet. Mientras tanto, espero que Argentina avance en el Mundial.
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