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1 de mayo de 2013

FERVOR DE BORGES

En este feriado sin mayores emociones, me he puesto a releer el "Fervor de Buenos Aires", que cumple 90 años desde aquel 1923 cuyo campeonato de fútbol amateur (que a decir verdad terminó el 20 de enero de 1924) ganó San Lorenzo.

"Fervor de Buenos Aires" fue el primer ramillete de poemas que Borges publicó, en una edición propia, a su regreso de la Europa a donde su familia lo había llevado de pequeño por varios años. María Esther Vázquez contó una graciosa anédota sobre cómo se distribuyó el librito entre amigos.

En el prólogo que escribió en una reedición de 1969, el gran argentino decía: "En aquel tiempo, buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad".

Sus versos recorren los rincones de Buenos Aires sin excesos barrocos, como diría él, sin sensiblerías vanas, pero con un sentimiento visible, que de tan palpable no requiere adjetivos. Apenas recorridas dos líneas del primer poema, el lector -porteño, él- se identifica con el autor: "Las calles de Buenos Aires / ya son mi entraña". A Borges le basta con ese clamor sin estridencias para dejar atrás su exilio y sellar su condición. He encontrado la versión primera de ese poema, bastante distinta.

En esta obra magna, Borges recorre escenarios prototípicos de la porteñidad, como por ejemplo la Plaza San Martín ("bajo la absolución de los árboles"), o el Cementerio de la Recoleta ("la conjunción del mármol y de la flor") , a la cual le hemos dedicado una columna del Tío Carlos en este rincón.

"Esta ciudad que yo creí mi pasado / es mi porvenir, mi presente; / los años que he vivido en Europa son ilusorios, / yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires", termina sentenciando en "Arrabal", poema dedicado a su cuñado, amigo y poeta español Guillermo de Torre.

Al día siguiente de escribir estas líneas, veo que en una entrevista, el físico y músico argentino Alberto Rojo dice que en sus "Ficciones" Borges se anticipó a la física cuántica.

Cierto vértigo ante la majestad se me insinúa al redactar unas pocas reflexiones sobre la obra inaugural del escritor más grande que dio la Argentina. Prefiero dejar que el amigo lector converse con el magnífico "Fervor de Buenos Aires".

24 de julio de 2010

AQUELLAS BOTICAS DE BUENOS AIRES, POR CARLOS DUELO CAVERO

De vez en cuando paso por la esquina de Alsina y Defensa, frente a la Capilla de San Roque donde se casó mi hermana, y miro de reojo la farmacia que allí se encuentra, la más antigua de Buenos Aires. Unos tres meses atrás entré al negocio y observé que está prácticamente igual que en su fundación -o al menos eso presumo-. Estuve tentado de decirles a los farmacéuticos que mi tío había escrito una nota sobre ellos muchos años atrás, pero proseguí mi camino en silencio de cara al vértigo crudo. Ahora traigo a este rincón aquel artículo que con su habitual gracia deshiló Tío Carlos para la Revista La Nación, la cual lo publicó en su edición del 26 de julio de 1992: "Aquellas boticas de Buenos Aires".

Hace poco el mismo diario La Nación sacó en su versión de Internet una nota sobre esta farmacia, que incluye un video con imágenes de ella y una breve entrevista a su directora técnica desde 1969. Pero el texto del artículo ni se parece a aquellas crónicas coloridas de mi tío. En fin, he aquí la nota de Carlos Duelo Cavero:

Aquellas boticas de Buenos Aires

Precedieron a las farmacias en la elaboración y expendio de remedios; fueron también avanzada de cultura y escogido lugar de reunión


La historia de las boticas porteñas se pierde en el tiempo. Y la búsqueda de sucesos vinculados a ella tiene la virtud de reverdecer algunos hechos curiosos o quizá poco conocidos.

¿Sabía el lector que el doctor Bernardo Houssay, Premio Nobel de Medicina, trabajó en una farmacia de la plaza Flores, de la que fue director técnico, ya que también era farmacéutico? ¿O que Alfonsina Storni se desempeñó un tiempo como cajera en la Botica Landoni, en la avenida Cabildo 3501, hoy propiedad del doctor Alfredo Pierre, y situada en otra cuadra de la misma avenida?

Como no podía ser menos, la búsqueda se inició en la farmacia y droguería "La Estrella", que se alza en la esquina de Alsina y Defensa. Nombre prestigioso al que se suman los de otros negocios del ramo como la de don Hilario Amoedo, en Independencia y Tacuarí, fundada en 1824.

Prodigio de longevidad y fidelidad a la obra de sus mayores, esta botica de Amoedo es, sin duda, la más antigua de Buenos Aires de que se tenga memoria. Luego de prolongarse por espacio de 130 años en manos de una dinastía de Amoedo, fue traspasada a don José Salvadores y comprada, en 1930, por Francisco Boquete, cuyo hijo Rafael la regentea en la actualidad, bien que instalada en la vereda de enfrente y no precisamente en la esquina.

Las tertulias

La crónica rescata una larga lista de boticas que se sumaron con el tiempo a la de Amoedo y La Estrella. Así las de Cranwell, Catelin, Demarchi, Imperiale, Puiggari, Torres, Martiniano Passo, Antigua Rincón, El Mortero Dorado, Murray, Kelly, Nelson (integrante de la cadena de Droguería del Sud), El Fénix, Gibson, Rolón y Cía., Farmacia Inglesa Méndez -hoy Antigua Avenida de Mayo-, Lucioni y muchas más. Pocas son las que sobrevivieron.

Solo La Estrella siguió desafiando al tiempo, con su inconfundible estilo ítalo-francés. Su artíctico cielorraso fue iluminado por el muralista italiano Carlos Barberis, con expresivas alegorías femeninas representando a la botánica y a la química. Se murmuraba por entonces que una de aquellas diosas de Barberis era el vivo retrato de la hija de Facundo Quiroga, casada con un hijo de Demarchi, el fundador de la botica, que había posado como modelo para el pintor.

Aquellas boticas eran también famosas por las tertulias que se desarrollaban en la llamada rebotica o trastienda. Una de las más concurridas era la que tenía como escenario lo de Amoedo.

Frente a la iglesia

La farmacia de Buenos Aires tiene su historiador máximo en el profesor Francisco Cignoli, autor de la notable Historia de la Farmacia Argentina, que dice, en inspirado párrafo: "Junto a sus mostradores o en sus trastiendas dábanse cita, noche tras noche, los parroquianos más expectables del barrio en tertulias que se prolongaban invariablemente hasta promediar la noche, cuando el silencio dominaba en la ciudad y solo quedaba en la rumorosa botica el farolillo tras la ventana, indicador de un servicio nocturno que aun hoy conserva su tradicional y misteriosa apariencia".

Otra característica común a todas las boticas era su ubicación, preferentemente en una esquina, frente a una iglesia, de modo tal que el vecino que en caso de urgencia o apuro tenía que conseguir un remedio o consultar al boticario pudiera guiarse por el campanario del templo más cercano.

Medicina sabia

El edificio de la Farmacia y Museo La Estrella pertenece al patrimonio artístico de Buenos Aires gracias a la intervención del mismo arquitecto Peña, que intercedió ante la Municipalidad para que ésta lo adquiriese.

Los primeros boticarios de Buenos Aires fueron, sin duda, los jesuitas, que instalaron una pequeña botica frente al paredón de San Ignacio. Las crónicas coinciden en afirmar que "no existía entonces comercio de esa especialidad en la ciudad", si bien se menciona vagamente a unos padres betlemitas, encargados del entonces único hospital de la ciudad. Se recuerda que los religiosos actuaban simplemente a título de obreros médicos.

Especialistas paramédicos eran los sangradores, barberos, colocadores de emplastos, sacamuelas, hernistas y ventoseros y formaban parte del pintoresco mundo de aquella medicina comúnmente llamada sabia.

Invitado por Rivadavia, llega al país un grupo de hombres de ciencia europeos, entre los cuales se contaba un farmacéutico piamontés, químico y botánico por añadidura, Carlos Ferrari (1793 - 1859). Don Bernardino le encargó la organización del primer Museo de Historia Natural del país.

Las circunstancias se confabularon para que Ferrari -alma de boticario al fin- se decidiera un día a abrir una botica frente a dicha basílica y convento, esto es en la calle Defensa. Las transferencias del negocio se sucedieron con el transcurso del tiempo, hasta que en 1838 toma posesión de la botica don Silvestre Demarchi, un suizo pujante y visionario que da un gran impulso a la firma, incorporándole, además, una sección droguería al por mayor y un laboratorio. Son, por último, sus herederos quienes, hacia fines de siglo, resolverán mudar La Estrella -farmacia y droguería- a la esquina de Alsina y Defensa.

Vienen sanguijuelas

"Por entonces las epidemias eran frecuentes, y la prioridad de la prevención e higiene en la población daba un nuevo sesgo a la actividad farmacéutica. Un número de Caras y Caretas del 28 de octubre de 1899 hace referencia a las campañas que emprendía Eduardo Wilde para mejorar las condiciones de vida de los porteños. Una caricatura titulada "El furor sanitario" muestra al propio Wilde envuelto en una nube de humo que brota del fumigador que empuña.

"Fue aquella una época de expansión para La Estrella", comenta el doctor Fernando Malfitani, director actual de la casa y homeópata, así como lo había sido su padre, anterior propietario de la firma.

"De aquí salieron productos tan difundidos como la limonada "Roger", las píldoras para la tos "Parodi", creados por uno de los socios, y el jarabe "Manetti" para curar la indigestión. También se elaboraba aquí la célebre "Hesperidina", un aperitivo y tónico estomacal con vitamina C que trajo el norteamericano Bagley, afincado más tarde entre nosotros, y cuyo lanzamiento contó con el apoyo financiero de los hermanos Demarchi, hijos del que fuera socio cofundador de La Estrella y cónsul de Italia".

Por cierto que mirando viejos papeles dimos con verdaderos hallazgos publicitarios. Así, en "El Argos de Buenos Aires", del 1/11/1823, cosechamos esta encantadora muestra: "Han llegado sanguijuelas de Europa. Los profesores que quieran satisfacer algunas indicaciones las encontrarás en las boticas de D. Gabriel Piedra Cueva, calle de la Universidad y de D. Pedro Fuentes, calle de La Plata".

En 1826, Edmundo Cranwell, irlandés, para más señas, inauguraba su botica en Reconquista 68, haciendo cruz -cómo no- con la Catedral.

En 1856 se fundaba la Revista Farmacéutica, considerado el periódico más antiguo en su clase de América y el décimo entre los de esa especialidad en el mundo. Junto con la brillante historia del rosarino Cignoli, constituye una inapreciable fuente de documentación y consulta.

El anhelado museo

Otro logro que enorgullece a la docta casa es la creación de la cátedra de historia de la farmacia y la bioquímica, a cargo del doctor Ricardo López.

Pero sin duda la conquista más importante tuvo lugar en 1977, cuando con ocasión de celebrarse el "Día Panamericano de la Farmacia", se inauguró el Museo Argentino de la Farmacia, obra en gran parte debida a la doctora Rosa D'Alessio de Carnevale, ya fallecida, que a partir de 1930, y desde su cátedra de química analítica de medicamentos, fue aportando piezas para integrar el museo, que a menudo adquiría ella misma de su propio peculio, hasta coronar el proyecto en 1972. La doctora D'Alessio de Carnevale fue una de las primeras mujeres en alcanzar la titularidad de una cátedra en la Facultad. El museo es dirigido actualmente por el doctor Nicolás Jamardo.

Nuestro periplo concluye virtualmente como empezó: en una antigua farmacia, esta vez en la esquina de Pedro Goyena y Riglos, Caballito, propiedad del doctor Antonio Somaíni, presidente del Colegio Oficial de Farmacéuticos y Bioquímicos de la Capital Federal, que nos recibió en el ambiente en que ha desarrollado una buena parte de su vida.

"Fíjese si será antigua que cuando la compré, hace unos veinte años, entre los papeles de los propietarios anteriores encontré algunos fechados noventa años antes", cuenta.

También, explica que tuvo que hacer bajar el techo, "demasiado alto para esta época". Eso sí, está orgulloso de las reliquias que fue atesorando: una delicada balancita romana y una colección de frascos de origen alemán con etiquetas en letra gótica orladas de primorosos filetes. Estima don Antonio que en la actualidad hay en la Capital unas dos mil farmacias, y entre 400 y 500 bioquímicos, en su mayoría colegiados. "Nuestra institución atiende las obras sociales y también realiza auditorías y asesoramiento legal".

En los dos últimos años asaltaron su farmacia siete veces: "Gente joven, muy nerviosa, quizá drogados. Por eso coloqué rejas en torno del local, como si en lugar de una farmacia fuese una celda de máxima seguridad".

"Bueno -concluye-, sigamos hablando de los viejos buenos tiempos de las boticas".

22 de octubre de 2009

LA RECOLETA, POR CARLOS DUELO CAVERO

Mi tío publicó este soberbio artículo en el diario La Nueva Provincia del domingo 5 de marzo de 1989. "La Biela", el tradicional café que menciona, es actual esquina de encuentro entre mi padre, Pedrito y este servidor, y fue punto de reunión de mi papá, mi tío y un grupo de amigos de ellos, entre los cuales se contaba, por ejemplo, el arquitecto napolitano y argentino por adopción Clorindo Testa. Cuando mi tío se fue, le dediqué unas pobres líneas -que me guardo- en las que el gomero de La Biela preguntaba por él. Hoy me encuentro con este artículo de él que recorre ese exquisito rincón de Buenos Aires. Dice así:

Uno de los casos más singulares en los anales de la arquitectura funeraria es sin duda el del cementerio de la Recoleta, situado en una de las zonas residenciales más elegantes de Buenos Aires, el comúnmente llamado Barrio Norte, donde hasta finales del siglo XVIII solo florecían las quintas y las chacras, a la orilla misma, como quien dice, de la pampa, ajena todavía al arado y el mojón civilizador.

Lágrimas, risas y buen apetito

Pero lo que llama más la atención del turista (el de la Recoleta es un tour ciudadano obligado) es el contraste que hoy ofrece esta plaza Mitre, flanqueada a un lado por el paredón del cementerio y al otro por la mayor concentración de restaurantes que no bajan de los cuatro tenedores, presididos todos ellos por el veterano café "La Biela", así llamado en virtud de la gran cantidad de corredores y aficionados al automovilismo deportivo que allí tuvieron sus peñas y tertulias allá por los años 50/60, en la época heroica de los míticos hermanos Gálvez, Fangio y Froilán González.

Gastronomía para refinados gourmets y frivolidades nocturnas en una orilla. Cortejos fúnebres y lágrimas en la otra. Como dos territorios opuestos, separados por una suerte de tierra de nadie, una plaza con cafés en las terrazas, jubilados y niños, todos bajo el esplendoroso gomero, el ficus de la India bajo cuya copa los porteños viven su aperitivo, comen y discuten de todo lo humano y divino.

Pero el espectáculo que más llama la atención del visitante no es tanto este gigantesco árbol sino allá al fondo, el horizonte de ángeles sorprendidos en su vuelo, "congelados", como diría un director de cine o TV, detrás de los espesos muros del cementerio. Como empinados sobre los panteones y bóvedas donde duermen su sueño eterno los innumerables ciudadanos "meritorios" que un día hicieron la travesía definitiva a la otra ribera, si se me permite el exceso necrológico.

Los ángeles aristocráticos

Desde aproximadamante 1880 hasta las primeras décadas de este siglo, la Recoleta empieza a transformarse en una auténtica galería de esculturas angélicas en su mayor parte de procedencia europea. Las familias próceres argentinas, primero, y las más acaudaladas después, la alta sociedad porteña, en fin, rivalizaban por erigir a sus difuntos monumentos a cual más artístico y ostentoso. Tener una bóveda en la Recoleta (aquí están los terrenos más caros del país y quizás del continente) es como un "timbre de orgullo", un sello de distinción y solvencia.

Monumentos importados

Los ángeles escultóricos, encargados de velar el sueño eterno de tantos muertos ilustres, de tanto cher disparu, como dicen los franceses con encantadora imagen, comenzaron a sobrevolar los espacios verdes de la Recoleta hasta donde llegaba el río "color de león" cantado por Lugones, hacia las postrimerías del siglo pasado. De estilo vario, estos ángeles, no siempre de hechura acorde con su misión, fueron en su mayoría traídos de Europa, señaladamente de Italia, Francia y España.

Si bien no puede afirmarse que encierren una especial jerarquía artística, o sean siquiera de original concepción como, por ejemplo, las del parisiense Pere Lachaise, fuerza es reconocer que la Recoleta posee obras de excelentes artesanos, casi todos provenientes de Italia.

No es este el tipo de garden-cemetery, de estilo anglosajón, como abundan en Norteamérica; lugares propicios para el paseo placentero en medio de una ordenada naturaleza, como el de Mont Auburn, en Cambridge, Massachusetts, tan del agrado de las familias bostonianas del período victoriano.

La necrópolis más aristocrizante de Buenos Aires es, pues, la Recoleta, pero la de mayor extensión y capacidad es la llamada Chacarita o Cementerio del Oeste, cuyas innumerables placas significaban para nuestro inolvidable Ramón Gómez de la Serna una inagotable fuente de greguerías e ideas, algunas quizás incorporadas a su genial libro "Los Muertos, las Muertas y otras Fantasmagorías".

Mezcla de estilos

La conocida arquitecta Marta García Barrio Garsd, Máster en Historia de la Arquitectura y del Arte de la Universidad de California, señala en uno de sus ilustrativos trabajos: "El paisajismo inglés no resultó doctrina popular en el sur de Europa, particularmente en Italia. Si Buenos Aires se inspiró en el Madrid borbónico o en el París haussmaniano, su más distinguida necropolis se fue acercando en las postrimerías del siglo a algunos de los densos cementerios italiano".

Los ángeles, es ya cosa sabida, son personajes conspicuos en la imaginería popular contemporánea. Por lo general son figuras de jóvenes alados, de rostro adolescente, que se sostienen en el aire como en un milagro de equilibrio, con los pies ligeramente separados. A menudo muestran un brazo en alto en su acción de lanzarse al vacío, y en una de sus manos suelen empuñar una trompeta, heraldos del juicio final. En la Recoleta abundan los ángeles italianos, reproducidos y transportados a Buenos Aires.

Ciertos autores sostienen que la tendencia a la "feminización" del ángel se inicia durante la Edad Media, transformándolos en seres frágiles y tiernos a modo de homenaje y culto a la Virgen María.

Entre los más robustos en este cementerio de la Recoleta figuran los tres que fueron esculpidos en 1912 con destino al monumento funerario de la familia Paz, fundadora y propietaria del diario "La Prensa", ejecutados por el francés Jules Felix Coutan y que responden a un barroco tardío tradicional y en extremo académico. El ángel situado a la izquierda está apoyado en un ancla, símbolo cristiano de la esperanza, en tanto que el de la derecha sostiene a sus pies una corona funeraria, emblema que los primeros cristianos tomaron de la guirnalda romana, atributo de honor, victoria y gloria.

Lejos de las pasiones cercanas

Luego de transitar por la artesanía italiana del ochocientos italiano, el eclecticismo francés y el neogótico irlandés, llegamos al novecentismo escultórico español personificado por el maestro Mateo Inurria y Lainosa, nacido en Córdoba, Andalucía, en 1869, y autor de importantes trabajos de restauración en la Mezquita de Córdoba. A Inurria, que se inscribió en la escuela humanista idealizante inspirada por el gran Manolo Hugué, se debe un Cristo soberbio hierático, emplazado en el monumento al pionero don Ángel Velaz. Es una estructura arcaica, de belleza estremecedora.

Grandes personalidades de la historia argentina, políticos, militares, religiosos, artistas, escritores; ardorosos contendientes en la vida pública, enemigos irreconciliables, federalistas y unionistas, víctimas y victimarios, encontraron finalmente la paz definitiva en este pedazo de tierra al amparo de las pasiones, bajo las alas de estos ángeles de piedra y mármol en vigilia permanente.

Jorge Luis Borges escribió una certera poesía, labrada sobre una placa en la bóveda de la familia de Diego de Alvear. La dedicó a su amiga Elvira de Alvear, noble y fina dama que hizo de espíritu un culto, y cuyos últimos versos dicen:

Todas las cosas la dejaron, menos
una. La generosa cortesía
la compañó hasta el fin de su jornada,
más allá del delirio y el eclipse,
de un modo casi angélico. De Elvira
lo primero que vi, hace tantos años,
fue la sonrisa y es también lo último.

Tributo de amistad, elegía justa, de uno de los argentinos más grandes que, sin embargo, quiso morir y descansar lejos de su patria, en la añorada Ginebra de su juventud.

Nota: Las fotos y los enlaces fueron agregados por mí. Un último consejo: No dejes de ver, amigo lector, la colección de fotos que un tal Andrés28 publicó en un foro al que llegué investigando un poco. No tiene desperdicio, y de ella he seleccionado las que usé aquí, excepto la del majestuoso amigo que sigue esperando a mi tío para darle su fresca sombra, e ilustra el final de estas líneas.

25 de noviembre de 2008

SOBRE LOS ENANOS DE JARDÍN


Dado que mis últimos escritos versan sobre la amargura de la Copa Davis, vamos a cambiar el ánimo de este espacio y tocaremos un tema caro a los sentimientos de todo argentino que se precie: los enanos de jardín.

Cuando era chico y viajaba con mi familia, al entrar a un pueblo o balneario competíamos con mi hermano para ver quién encontraba más enanos en los jardines. Los veíamos como una característica esencial de la argentinidad, una costumbre importada tal vez de los cantones suizos o los prados celtas de donde habían venido los inmigrantes en los barcos. Yo no tengo jardín pero sí balcón, y allí vive un enano que cuida nuestras plantas con gusto. Se llama Teodoro. Tuvo un antecesor llegado de Villa La Angostura, pero Rosko lo despachó en un día.

La estática presencia de estos pequeños custodios en los parques privados ha motivado la formación de logias que luchan por su libertad: en Francia existe el Front de Libération des Nains de Jardin (FLNJ), que ha sido imitado en España por el Frente de Liberación de Enanos de Jardín, "a los que se priva de su libertad para adornar los jardincitos de las clases altas". Dos años atrás, el diario Perfil informaba sobre las actividades de esta agrupación.

No son los únicos: Estados Unidos, Inglaterra, Holanda, Alemania e Italia tienen grupos similares que relatan cómo ha sido cada rescate. En la tierra de Rómulo y Remo, aparentemente, ya han logrado liberar a 130 enanos, el último de ellos en Udine. Y hay también un blog dedicado exclusivamente a los enanos de jardín.

Lejos de esas luchas, entre octubre y diciembre del 2007 se llevó a cabo en el Museo de la Ciudad de Buenos Aires un Festival de Gnomos y Enanitos de Jardín (con la muestra correspondiente), que se prolongó hasta enero y motivó una nota en la revista Noticias.

Fontanarrosa también escribió en su último libro un cuento muy gracioso sobre una rebelión de gnomos en Bariloche. En esa ciudad era donde mis hermanos y yo buscábamos a los enanos que se escondían en el bosque; más precisamente, en el bosquecillo que hay detrás de la casa de mi tía Totó. Pero nunca los encontramos. La última vez que estuve en ese bosque fue en nuestra luna de miel, y mi tío Fernando nos dijo a Paula y a mí que los enanitos seguían escondiéndose por ahí.

Una pregunta que el paseante puede formularse al ver a estos pintorescos habitantes en los barrios porteños es: ¿Deben ser considerados enanos solo los de sombrero puntiagudo y barba blanca, o también puede admitirse a los Pato Donald, los negritos o los cisnes, entre otros? Mi opinión es que estos últimos son subespecies de enanos, pero los que mandan en el jardín son los de sombrero y barba.

¿Son infelices los enanos de jardín? Creo que depende de sus dueños. Son un símil de las mascotas que viven con familias enteras, cuidándolas y advirtiéndoles a su manera de los peligros que rodean la casa y los amigos que llegan a ella. Si reciben un buen trato -es decir, abrigo en invierno, reparo en las lluvias y sombra durante el verano, a más de alguna palabra amistosa al llegar- los enanos tendrán una buena vida. Pero si son de esos que uno ve descoloridos y desmembrados, merecen toda nuestra compasión y el reproche a sus dueños.

A la vuelta de nuestro hogar, en el barrio de Colegiales, hay un jardín con enanos. Un día quise sacarles una foto, pero en un santiamén se escondieron y mi cámara tomó solo el verde césped. Ahora, cada vez que paso por allí, los miro con respeto, les guiño el ojo y sigo de largo.

Actualizo con otro link: un grupo de personas creó una especie de club en España: "Gnomos de Jardín sin Fronteras", que tiene su blog, su grupo en Facebook y su página en You Tube.

19 de julio de 2008

¿QUÉ HAN HECHO CON LOS LIBREROS?

Esta semana entré a una librería cuyo nombre guardaré piadosamente, y le pregunté al vendedor dónde podía encontrar libros sobre el mate. Después de mi segunda requisitoria (la primera no había sido exitosa, porque él estaba ocupado en charlar con la otra vendedora) me espetó: "¿Mate?", al tiempo que me miraba como si le hubiera preguntado por una palabra de algún dialecto indígena. Entonces le dije que nomás entrar había visto uno, pero que no me convencía.

Con repentino frenesí fue a la omnipotente computadora y tecleó la palabrita. Después fue a la sección para turistas y me mostró el libro que había divisado al entrar. "Ese es el que vi", le contesté, y solito me dirigí a la estantería dedicada a la cocina, donde había más de una obra sobre el tema. El muchacho, mientras, volvió a la computadora y después se metió presuroso en el depósito. Yo ya había decidido qué iba a llevar, y lo esperaba en el mostrador, cuando él volvió con el mismo título que yo tenía en la mano. "Hay varios de esos ahí", le dije señalando la estantería, que distaba dos metros de su ubicación. Pagué y me fui, mientras él volvía a su debate con la compañera sobre la situación sentimental de ella (en la cual sospecho que tenía algún interés inconfesable).

Mi padre, quien dirigía Ediciones Garriga en Buenos Aires, tenía un vendedor llamado José Veloso, quien pese a no poseer la formación cultural de un Borges o un Marechal, conocía cada libro de los que ocupaban las estanterías del local, en Paraguay 1300. En aquella época no existía un sistema de consulta informática, y los vendedores recordaban títulos y ubicación con precisión envidiable.

Veloso es una referencia de lo que para mí debería ser un librero, o un vendedor de libros si se prefiere. Una persona que conoce lo suficiente de lo que tiene para vender, y puede aconsejar al cliente sobre distintas opciones, con una mezcla de cultura general y chamuyo simpático pero noble.

Desgraciadamente, mis actuales visitas a las librerías se me hacen similares a las que hago al supermercado por necesidades más básicas, que no espirituales como en el primer caso. Varias veces he terminado mi visita explicándole al vendedor (agregar "de libros" sería demasiado ambicioso para su perfil), quién era determinado autor o de qué trata alguna obra. A veces me informan que el libro no está "en lista", y lo encuentro igual removiendo en los estantes. Otras veces les pregunto por un autor más o menos conocido y me miran absortos, como si les estuviera pidiendo la receta de la felicidad. Esto me pasó recientemente, por ejemplo, al buscar "Beau Geste", de Percival Wren, y "La Pimpinela Escarlata", de la Baronesa D'Orczy. Debo confesar que al deletrearles título y autor para su consulta en la maquinita, sentía vergüenza ajena. Algunos ni siquiera saben escribir "Poe".

Si para su fortuna encuentran el libro en ubicación precisa, lo entregan y con gran diligencia insertan un papelito con su nombre en la primera página, no sea cosa que se pierdan la comisión correspondiente y bien ganada al subir y bajar la escalera para traer la obra del depósito.

El librero es un personaje de Buenos Aires que tiene larga tradición, pero ha ido siendo reemplazado -comercialmente hablando, se entiende- por jóvenes y no tan jóvenes voluntariosos (con suerte, aunque a veces ni eso) que podrían vender un libro como también una hamburguesa o un par de zapatillas. Han hecho cursos de ventas exitosamente, y han ingresado en el mundo editorial como en un país donde se habla una lengua extraña, pero más o menos manejable para sus propósitos de llegar a fin de mes. Las librerías no parecen preocuparse por este estado de cosas, quizás porque los pasantes y los vendedores a secas reducen los costos.

Loados sean los libreros de antaño, que conocían cada libro de su negocio, no como a la palma de su mano, sino como a un potencial amigo de sus clientes. En cuanto a la gran mayoría de los actuales, seamos misericordiosos con su polivalente saber, como ellos lo son con nuestra molesta inquietud de lectores hambrientos. Quizás los desubicados seamos nosotros: ya vendrán tiempos mejores.

27 de junio de 2008

DEFENSA DEL COLECTIVERO

Existe en Buenos Aires una raza de señores que manejan grandes vehículos de hierro y plástico, ante volantes imponentes que parecen timones de barcos piratas como los que comandaba Sandokán. Tan grandes son, que sus dueños circunstanciales suelen reposar sobre ellos en algún que otro semáforo en rojo, si no les toca manejar el extraño teclado que provee de boletos a los nuevos pasajeros.

Me estoy refiriendo, claro está, a esos individuos que cumplen una función esencial en la sociedad porteña, y lo hacen a costa de quejas, insultos y desprecios desde el interior del bólido, y también desde sendas peatonales, taxis insolentes y coches "particulares" (adjetivo éste un tanto ambiguo). Los colectiveros sufren los mandobles verbales (y también escritos) a diestra y siniestra, pero nadie alza la voz por ellos. Es, pues, mi propósito remediar desde este humilde rincón lo que entiendo una injusticia.

Es cierto que los choferes de colectivo andan a veces de mal humor, o que pasan de largo en el momento menos indicado (aunque en el caso de quien esto escribe, fue en el más oportuno de la historia). También es verdad que regulan la velocidad de acuerdo a los tiempos que les exige la empresa. Y podríamos seguir con varios defectos que encontramos en esos seres humanos generalmente vestidos con camisa azul y pantalones oscuros. Creo que la peor acusación que puede recibir un colectivero es la de manejar mal. Pero los colectiveros son parte de Buenos Aires, y no tienen buena prensa pese a que posibilitan el viaje de miles y miles de porteños cotidianamente.

Seguramente, en mis apreciaciones estoy influido por mi experiencia personal. Fue un colectivero el que pasó de largo el día en que conocí a Paula, y fue otro el que le permitió subir aún cuando no le alcanzaban las monedas. A veces pienso que esa noche, todos los colectiveros de la línea 60 eran el mismo...

En mi época de sufrido pero feliz cadete, me gustaba viajar en colectivo por la ciudad, y conocer rincones que nunca había visto antes, como la Basílica de Nueva Pompeya, a donde iba seguido para llevar cosas a un lugar de la calle Beazley. Ese viaje era uno de mis preferidos, porque cruzaba Boedo y además me permitía dormitar un rato acunado por el empedrado de esos lares.

Siempre saludo al subir al colectivo. A veces no se dignan contestar, y otras me miran enmudecidos por la sorpresa. Pero las más de las ocasiones, me responden el saludo desde su trono tan porteño.

Mi primo Carlitos se reencontró en la línea 108 con un compañero de colimba, de nombre Ader, que había hecho carrera como colectivero. Tuvo el privilegio de viajar en el estribo hablando con su viejo colega, algo que yo nunca he logrado pese a que me habría gustado. El que viaja en el estribo es como un observador que está más allá de boletos, monedas y asientos vacíos. En muchos colectivos han aparecido carteles pidiendo que ningún pasajero viaje en el estribo junto al chofer. "No comprometa al conductor", reza el aviso. Puede deducirse de ello que en algunos casos, el supuesto amigo no es más que un cargoso al que el chofer prefiere comunicarle vía la patronal que no lo soporta más, porque viaja de garrón y no para de decirles cosas a las mujeres agraciadas (y no tanto) que suben al mundo de 20 o 30 asientos. En el caso de mi primo, fue el mismo Ader quien lo invitó a ubicarse en el estribo, así que no quedan dudas.

Algo que valoro en los colectiveros es su inquietud por la estética de su inmensa mascota metálica. Osos de peluche, Cristos con palomas que los sobrevuelan y la banda roja que los hace parecer de River, estampitas de San Cayetano o la Difunta Correa, poesías de Juan Salvador Gaviota, muñequitos colgantes con resorte (estos son de mis favoritos, igual que las pelotitas plateadas de boliche), perritos que mueven la cabeza, muchos espejos revestidos de más peluche, luz negra o roja, dados rojos con puntos negros, o carteles con refranes chistosos, son algunos de los recursos que aprovechan para adornar implacablemente su tablero. Ese tablero que parece ser el sueño de muchos para su propio auto, con tantos botones y lucecitas como puede abarcar la vista del conductor. Un elemento esencial, que comparten con los tacheros, es el asiento masajeador, que puede ser de bolitas de madera o de simples tiras de plástico flexible.

En los últimos meses, suelo tomarme un 184 que pasa siempre a la misma hora, y a la vuelta del trabajo, es un verdadero bálsamo para el espíritu agotado. El tipo lleva la luz negra y una música de Genesis o Pink Floyd que eleva los pensamientos a esferas alejadas de la dura jornada laboral. En alguna ocasión, me ha costado levantarme para tocar el timbre y dejar ese pequeño recreo móvil sobre el empedrado de Colegiales.

En las discusiones airadas entre el colectivero y alguno de los pasajeros, siento que los neutrales tienden injustamente a estar del lado del cliente. Pero en muchas ocasiones, comprendo a ese trabajador que lleva horas y horas manejando y escuchando quejas que no son más que descargas de frustraciones con los que no tiene nada que ver. Entonces, cuando una señora ya madura se queja a viva voz porque el señor no ha parado donde debía después de haberle tocado cuatro veces el molesto timbre, sé que quizá la razón esté de su lado, pero no puedo evitar una leve simpatía hacia ese chofer distraído que está harto de ser el blanco de tantas tensiones ajenas. Al fin y al cabo, seguro que esa señora le ha robado el asiento a alguno que se lo iba a dar pero ni siquiera tuvo tiempo porque ella se abalanzó sobre lo que era de otro, con la especulación de que a los ojos de los demás pasajeros, ella tiene siempre el privilegio. Entonces, cuando esa señora pasa de largo y tiene que caminar un poco por culpa del colectivero, sonrío por dentro y le deseo a la señora un buen arribo a casa.

Los colectivos tienen ese no sé qué, como Buenos Aires misma, que está toda rota, es ruidosa y a veces nos trata con desdén. Pero la queremos igual.

17 de abril de 2008

HUMO

De repente, la ciudad que habito se ha visto envuelta en una tiniebla sutil, surgida de un incendio lejano, misterioso, casi irreal por lo ridículo. Mientras el fuego arde en las Lechiguanas del Delta, el humo invade nuestra existencia como un invitado sin tarjeta, insolente y extraño.

Uno de los cuentos magistrales que Manuel Mujica Láinez nos dejó en "Misteriosa Buenos Aires" fue "El Pastor del Río", que relataba el día en que el Río de la Plata se había retirado de la ciudad y había dejado tras de sí una alfombra de barro desolada. El agua se rebelaba contra el hombre, pero no como ahora, con un tsunami o un granizo feroz, sino con su simple ausencia, con una especie de huelga estética que dejaba huérfana a la ciudad del río color de león.

Esta irrupción del humo en Buenos Aires me ha traído a la memoria aquella historia de 1792. Es una interrupción graciosa pero trágica para algunos al fin, y casi ingenua, de la rutina que tiraniza la vida de tantos. Las rutas han sido cerradas, los ómnibus han descansado en las terminales y un aroma extraño a quemado ha llegado a nuestras narices y ha rozado molesto nuestros ojos.

Suele hablarse de una cortina de humo como un invento hecho para desviar la atención de lo importante. También criticamos a los vendehumo, esos que la van de grandes próceres y resultan vulgares impostores, creadores de fábulas sin moraleja. "Se hizo humo", decimos cuando alguien desaparece repentinamente. Así pues, el humo no tiene muy buena imagen, valga la paradoja, entre nosotros.

Pero esta vez, y al margen de las desgracias que ha ocasionado, el humo parece ser un visitante etéreo y curioso; un protagonista difuso del que se habla en oficinas, clubes y bares. Un ser sin rostro, pero tan vital como para robarle el lugar a otras noticias en las tapas de los diarios, y a otros temas más duros en la conversación con el vecino. La naturaleza siempre es noticia.

Tal vez este humo marrullero es un mensaje secreto, un retazo de un poema sin terminar que alguien descolgó de una nube y no pudo retener. Yo me huelo que esconde algo bajo el poncho invisible, y cuando al fin se retire no lograremos dar con su verdadero dueño, ese que todo maneja y se pierde, al decir de Mujica Lainez, en los pajonales de la llanura, risueño.

Poco le queda. En unos días, seguramente, lo habremos olvidado en medio de las preocupaciones terrenales y crematísticas que nos marca el almanaque. El viento, como el agua del río, volverá, y el humo se hará humo.

7 de noviembre de 2007

SER TACHERO

A lo largo de los últimos veinte años he tenido una relación bastante intensa con los taxis de Buenos Aires. Mis tempranas labores de cadete, en las vacaciones del colegio, me iniciaron en la ciencia de la calle. Recuerdo aún cuando un taxista me preguntó, rodeando la Plaza de Mayo, cuánto ganaba mensualmente de viáticos al informar en mi oficina un monto superior al que realmente me había costado. Dije que nunca hacía eso, y el señor habrá pensado: "Qué gil que es este borrego". Hoy en día, afortunadamente, no he perdido los ideales y no entro en esas especulaciones, aunque por suerte tampoco trabajo de cadete.

En otra ocasión me pareció que el taxista tenía la maquinita "tocada" para que las fichas pasaran más rápido. Yo llevaba como diez cajas de libros, por lo cual fue una decisión costosa decirle que detuviera el vehículo para bajarme con mi carga y tomarme otro taxi, despedido por los malos deseos del taxista ventajero.

Ahora que soy más grande y gano más dinero, me puedo dar el gusto de volver del trabajo en taxi, en esos días en que el cansancio abruma o el reloj apura. Ha cambiado mi bolsillo, pero no han cambiado ciertos taxistas, que pretenden pasear o pisan el acelerador en el semáforo, cosa que me molesta sobremanera.

La otra noche me subí a uno y le pedí que me llevara a Gascón y Lavalleja. "¿Gascón y Lavalleja?", me dijo el taxista, un muchacho con semblante de malhumor. "Mirá", le dije yo, que estaba exhausto de la jornada y no tenía ganas de discutir aunque creía tener razón, "agarrá por Córdoba y doblá en Gascón, de ahí hasta Honduras y la siguiente es Lavalleja. Lo que pasa es que son diagonales y se cruzan". El tachero no estaba convencido y me "concedió" hacer el camino que yo le indicaba. Pero durante el trayecto, desde el centro, dos o tres veces masculló: "¿Gascón y Lavalleja? Hmmmm..."

Finalmente doblamos por Gascón, después por Honduras y apareció Lavalleja. Nos detuvimos enseguida porque había llegado a mi destino, que estaba a mitad de cuadra. Y sorpresivamente, el tipo me mira y me dice: "No soporto que me discutan cuando sé que tengo razón". Yo no lo podía creer. "¿Pero no ves ahí esa esquina? Es Gascón y Lavalleja, se cruzan ahí", le contesté. Y ahí vino lo mejor: "Ah, pero vos me dijiste que se juntaban, no que se cruzaban". Lo miré atónito. "Pero no importa", agregó condescendiente, "está todo bien". El muchacho era ciego a la realidad de que yo tenía razón, y esto me molestaba. Volví a decirle: "No entiendo, yo te dije que iba a la esquina de Gascón y Lavalleja, si se cruzan o se juntan es lo mismo, la esquina está ahí y ahora después de dejarme vas a pasar por ahí". El tachero me miró mal de nuevo, y como estaba cansado no la seguí y me bajé. Increíble.

Ciertos radiotaxis conforman una especie de aristocracia al volante. Sus autos son perfumados, la chapa brilla y la radio está bajita, sin estruendos. A algunos se les da con intercambiar saluditos, chistecitos o piropos con la telefonista que ordena los viajes. Peor es cuando suena el celular y se ponen a hablar con la mujer que les pregunta si estarán para cenar, o con la novia que quiere que la pase a buscar, o con el amigo al que le debe plata. El que sufre es el pasajero.

Otra variante es el taxista pistero, que tiene el volante envuelto en goma roja, la palanca al pie y el caño de escape arreglado para sentirlo. Estos son peligrosos y encuentran huecos por donde solo entra un alfiler. Me generan enojo y admiración al mismo tiempo. Suelo pedirles que bajen la velocidad, y siento cierta culpa porque sé que se sienten desilusionados por pensar que el pasajero no está a la altura de su servicio, que para ellos es de lujo.

Existen taxistas locuaces y taxistas que tantean al pasajero para callar o dar charla. Es conveniente darle señales claras de lo que uno espera de él, porque todo comienzo (mudo o verborrágico) sienta precedente, y si el tachero interpreta que uno quiere beber de su sabiduría, nos lanzará un monólogo que durará exactamente lo que tardemos en llegar a destino.

También hay distintas clases de pasajero: el que da la dirección y se encierra en el mutismo absoluto, el que se desahoga y pide consejo al chofer de si renunciar o no a su trabajo, el que ordena un camino exacto para llegar a donde quiere, y así podríamos seguir.

Los taxistas saben de todo: política y deporte (cualquier deporte), música, religión, historia, filosofía, economía y todo aquello que venga bien para entretener al pasajero. El tachero es un multiplicador de rumores y opiniones nada despreciable, y sabido es que muchos son profesionales frustrados que ocultan una mente avispada.

Es molesto cuando el taxista se pelea a viva voz con un colectivero (su enemigo número uno), un peatón o un colega. Uno debe asistir mudamente a la pelea dialéctica desde su platea de lujo, mientras el tiempo se pierde irremediablemente cuando el taxi frena junto al objeto de su odio. Por supuesto, es mejor adherir a las razones del taxista propio, o por lo menos, guardar un prudente silencio si tendemos a estar de acuerdo con el rival de éste.

El taxista y el colectivero son enemigos mortales. El primero detesta al segundo porque le obstruye la calle y le demora la velocidad. Este odia a aquél porque es más chiquito y se mete insolentemente por huecos que a él se le hacen imposibles, además de circular parsimoniosamente por el carril derecho, tan caro a las paradas de colectivo. En esa guerra callejera, no sé por qué, tiendo a respaldar al colectivero, quizás porque lo veo más sacrificado en su caluroso caballo de hierro. Pero también depende de cada caso.

Ahora que tomo taxis con mis hijas pequeñitas, los taxistas se enternecen y redondean el cambio a mi favor. Esta mañana uno empezó a hacerle muecas a Valentina, a tal punto que miré insistentemente hacia delante porque el señor iba por Lacroze y no era cuestión de manejar mirando a mi hija. Está bien que sea irresistible, pero pretendo que lo siga siendo.

El taxi es un mundo, como reflejara Robert De Niro en la famosa "Taxi Driver". Y el taxi porteño es un planeta.

25 de octubre de 2007

EL BARRIO NO SE VENDE NI SE TRAICIONA

Hace un tiempo escribí algo sobre la manía porteña de falsear la propia ubicación geográfica de acuerdo a supuestos beneficios en términos de status. Es decir, vender que uno vive en Palermo en lugar de nombrar a Villa Crespo, o Belgrano R en vez de Colegiales o Colegiales en lugar de Chacarita, o Devoto en lugar de Monte Castro, o Caballito "Sur" en vez de Boedo. Si quieren otros ejemplos tengo más.

Pues bien, parece que las inmobiliarias tendrán que pensarlo dos veces antes de hacerlo. Y me alegro mucho.

28 de septiembre de 2007

MOZOS ERAN LOS DE ANTES

Buenos Aires tiene muchas virtudes, pero hay una que a veces echo en falta: sus mozos, sus camareros, esos que venían discretos con servilleta sobre el brazo, memoria de fierro y sonrisa cortés.

Anoche recordé esto con mis amigos Facundo (que se nos casa), Garza y Pablov, mientras esperábamos nuestra comida en la barra de "Congo" , un lugar de moda en Palermo Viejo (terminemos con las denominaciones absurdas para distintas parte de Palermo y Villa Crespo).

Nuestras hamburguesas tardaban más de lo aceptable y se las reclamé a la moza. "Es lo que más tarda en hacerse", me contestó con cara de "Mirá lo que me estás preguntando". Difícil entender cómo un par de hamburguesas puede demorar más que el pollo que había pedido Pablov, pero en fin... En esta hambrienta espera, les decía a los muchachos que un lugar que cobra de acuerdo a cierta categoría debe dar una atención que también esté de acuerdo a esa pretendida categoría.

En muchos bares de Buenos Aires contratan mozos improvisados, con sueldos bajos y capacitación aún menor. Al dueño de un bar, un restaurante o cualquier negocio de atención al público debería interesarle que sus empleados fueran amables y serviciales con el cliente, ya que si éste se siente mal tratado castigará al mozo o barman con una propina baja o nula, pero castigará más al lugar al no volver a él.

Lamentablemente una buena proporción de clientes prefiere callar, debido al legendario temor porteño al ridículo, aunque últimamente muchas personas parecen descargar sus frustraciones financieras, afectivas o deportivas en estas situaciones. Hay que quejarse, porque ellos tienen que saber que un mozo hecho y derecho conoce las necesidades de su cliente.

En los bares de antaño, los mozos conocían a sus parroquianos, sabían sus gustos y estaban atentos a lo que molestaba. Si había que dar conversación la daban, y si había que ser como las mesas "que nunca preguntan" (como en "Cafetín de Buenos Aires") mantenían un compañero silencio.

Ahora los mozos suelen ser, en los bares de moda (me niego a usar la palabra "fashion" tan cara a las revistas frivolonas), veinteañeros apurados, olvidadizos y abrumados por las exigencias de los clientes. No entienden un instante de reflexión y nos abandonan diciendo: "Bueno, cuando se decidan les hago el pedido". Muchas mozas nos atienden con una cara de aburrimiento que inspira, no compasión, sino bronca de pensar cómo creían que era trabajar. Y su actitud es la de "Te estoy haciendo un favor, si fuera por mí pasaría de largo y te dejaría esperando una hora más".

No son pocas las veces que me he levantado y me he ido del lugar. Una vez, por ejemplo, fue en el Hard Rock Café, a donde había ido acompañado de un amigo y dos señoritas. No era para nosotros un privilegio estar allí, era para ellos una buena noticia que nosotros los hubiéramos elegido, y creo que este es el concepto que hay que tener "in mente" al concurrir a uno de estos boliches.

Y para colmo, al final no nos traen una factura hecha y derecha sino un pseudocomprobante que por las dudas indica: "No es válido como factura". Entonces uno se pregunta: "Y si no sirve ¿por qué no me traés directamente el que vale?". Por supuesto, porque de esa manera evaden impuestos. El IVA famoso, que en estas tierras alcanza la encumbrada cifra del 21 por ciento del total. Es decir, de cada 100 pesos que gastamos hay 21 que deben ir a los jubilados, pero irán al dueño del local si no les pedimos la factura como corresponde. Y entonces hay que molestarse en pedir el papelito consabido para que a veces el mozo lo mire a uno como si le estuviera pidiendo el pronóstico del tiempo en Tbilisi. He hecho clausurar un par de negocios por esta renuencia a dar la factura legal.

Pese a todo, antes de abandonar el lugar suelo saludar, porque nobleza obliga y hay que enseñar con el ejemplo. Aunque quizás sea peor, porque el mozo pensará que uno se fue contento. Pero al revisar la mesa desesperadamente en busca del preciado legado sobrante, comprobará que el cliente se ha marchado a mesas más cálidas y rápidas.

La conclusión, desde el presente, es una añoranza del pasado: Mozos eran los de antes. Y clientes... ¿también?

21 de septiembre de 2007

OTRO AÑO, OTRA PRIMAVERA

Viene llegando entre viento y nubarrones. Pero todos la esperan con una sonrisa, como Mafalda.

10 de septiembre de 2007

ACERCA DE LA PIZZA

Si es cierto aquello de que uno es lo que come, debo rendir culto al alimento que me ha acompañado a lo largo de todo el camino que llevo recorrido. La pizza, esa tarta extraña que no es tarta ni torta ni otra cosa, es en mi caso una cédula de identidad. Ahora que la fiebre de los envíos a domicilio ha hecho de ella un recurso más frecuente entre la masa de quienes descansan de la cocina, la pizza es más popular aún, y ha generado una marea de oportunistas en busca de sus frutos monetarios. Pero la pizza no le debe su popularidad sino a sus propias virtudes.

Los orígenes de la pizza, como sabe o sospecha el lector, se remontan a Italia. No ahondaré aquí en ellos.

Cada quien tiene sus puntos de referencia dentro de la ciudad, cuando de pizza se trata. Los míos marcan etapas en mi biografía: "Los Inmortales", a donde iba con mi papá cada domingo por la noche, enfrente de casa, fue el primero. Esperaba sin ver, porque el mostrador era demasiado alto, pero el corazón sentía igual aunque los ojos no vieran.

Cuando se hizo muy cara, cambiamos a "El Cuartito", donde me siguen saludando cada vez que entro, y donde tuvo lugar una parte de mi despedida de soltero. Esa noche probé la grande de "atómica", que contenía los peores enemigos de cualquier hígado. Y más aún si se los acompañaba con un whisky nacional, como hice a instancias de mi amigo el Piti.

Cuando volví de mi luna de miel, "Los Inmortales" de enfrente de casa había desaparecido. Fin de una etapa. Mas en mi nuevo barrio tenía otra sucursal, disfrazada de posmoderna bajo el nombre de "Pizza & Espuma", pero con la misma receta de "Los Inmortales". Allí comí con Paula en nuestra primera noche de casados, después de perder el avión a Ushuaia.

Ya en Colegiales, "Croxi" ha sido nuestra principal fuente de pizza, y lo sigue siendo cada viernes.

Mi pizza es la pizza a la piedra. Nada de media masa ni al molde, con masas que no dejan al queso lucirse. Respeto a "Las Cuartetas", "Banchero" o "El Palacio de la Pizza", pero nada como la pizza finita con un queso abundante.

En materia de gustos, soy un conservador. Muzza, fuga o napo, ésta última con ajo. No me gustan agregados extraños como ananá, por ejemplo. El perro en la cucha, el malvón en la maceta y la fruta de postre. Y si es con cuchillo y tenedor, mejor, aunque de vez en cuando, nada como comerse una buena porción de pizza bien aceitosa con la mano. Otra opción es la pizza a la parrilla.

La pizza es más rica si se come en una pizzería hecha y derecha. El envío a domicilio es útil y bueno, pero enemigo de lo mejor. No me refiero solo a la temperatura de la pizza, sino a la ambientación. Soy de los que creen que el contexto de cualquier cosa es importante. Así, para leer, escuchar música, hablar con un amigo o trabajar siempre hay que tener un ambiente propicio y placentero. Lo mismo cuenta en el caso de la pizza, y especialmente si es con amigos.

"El Cuartito" o "La Guitarrita" son, en este aspecto, mis preferidas. Las fotos de jugadores, grandes equipos, boxeadores o ídolos de la escena argentina son una compañía ideal, además de los mozos de verdad, esos que visten de blanco y memorizan el pedido sin que se les mueva una ceja.

Para acompañar la pizza, mi bebida es la cerveza rubia. Es su complemento, su confidente en la mesa, su vehículo para deslizarse por los recovecos de las gargantas cansadas o enronquecidas por un grito de gol.

Al calor de una pizza he vivido momentos que hoy recuerdo con mucho afecto. En ella veo aquella porción cuya aceituna cedí, o aquella mitad de anchoas de las que renegué. Frente a ella crecí, relaté y callé, y aprendí.

La pizza, como el sol y las sombras, siempre está.

9 de julio de 2007

SÍ, NEVÓ EN BUENOS AIRES

Y yo vine a trabajar a dos cuadras de la Plaza de Mayo, pero la foto es del 22 de junio de 1918...

4 de julio de 2007

HACE 200 AÑOS LOS INGLESES SE RENDÍAN EN BUENOS AIRES

Hace 200 años la ciudad de Buenos Aires vivió horas de heroísmo y brisas de independencia cuando rechazó en dos oportunidades a la Corona inglesa, que buscaba apoderarse del territorio perteneciente a España. El 5 de julio de 1807 el enemigo, que era la superpotencia bélica de la época, quedó definitivamente derrotado y humillado donde menos lo había esperado.

Esto trajo consecuencias: los habitantes de la ciudad empezaron a percibir la debilidad del imperio español en tierra americana, y por ende la semilla de la independencia empezó a germinar hasta llegar a la Revolución de Mayo de 1810, a partir de la cual ya no hubo vuelta atrás.

Además, se generó la distancia entre Buenos Aires y Montevideo debido a las diferencias en la visión de lo que había ocurrido y la falta de solidaridad en ciertas etapas de la contienda con el invasor inglés.

La actuación definitoria de los vecinos de Buenos Aires, que no arrojaron aceite hirviendo a los soldados ingleses pero sí piedras y objetos diversos, fue una causa fundamental de que hoy hablemos castellano en la Argentina. Esto generó esa sensación de que era posible tener cierta autonomía y, más aún, una independencia definitiva de España, que a su vez se enfrentaba a Napoleón en su propio suelo.

Por el lado de los ingleses, puede decirse que calcularon mal la resistencia que ofrecería la ciudad, y tampoco supieron ganarse a los vecinos criollos para su causa, que podría haber sido presentada como un servicio a la liberación de España.

En el blog sobre las Invasiones Inglesas hay un detallado e interesantísimo recorrido día a día de aquellos sucesos. También en Las Invasiones Inglesas y el Bicentenario de la Defensa y Reconquista de Buenos Aires hay buena información. El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires editó una publicación que relata la gesta de aquel entonces.

La BBC publicó en su revista del 10 de agosto de 2006 una curiosa versión de la historia entre Inglaterra y la Argentina, a raíz del recuerdo de las Invasiones Inglesas, que entre otras cosas afirma que los argentinos debemos estar agradecidos a Gran Bretaña por haber acelerado nuestra independencia.
En su edición del 14 de septiembre de 1807, el legendario periódico inglés The Times lamentaba la derrota en estos términos:

"Este ha sido un asunto desgraciado de principio a fin. Los intereses de la nación, así como su prestigio militar, han sido seriamente afectados. El plan original era malo y mala la ejecución. No hubo nada de honorable o digno de él; nada a la altura de los recursos o el prestigio de la nación. Fue una empresa sucia y sórdida".

"En cada calle, desde cada casa, la oposición fue tan resuelta y gallarda como se han dado pocos casos en la historia. La consecuencia fue que el plan de operaciones se frustró".

En 2003 se publicó un libro de autor británico (solo en inglés) sobre las guerras libradas por Inglaterra en el siglo XIX, que incluye una visión sobre las invasiones a Buenos Aires. Según Rosendo Fraga, la obra reconoce que la derrota británica en este conflicto fue una "humillación" para las armas británicas, ya que no sólo una vez, sino dos, fueron derrotados a manos "de un ejército de rejuntados, de soldados, civiles y gauchos, muy diferentes a los disciplinados ejércitos europeos" que estaban envueltos en las guerras napoleónicas del momento.

Un grupo surgido de este hito histórico es el de los Corsarios de Mordeille, que según palabras de ellos, "es un Grupo de Recreación Histórica, que recrea la activa participación de este conjunto real de corsarios en las luchas de reconquista y defensa del Virreinato del Río de la Plata con motivo de la Primera y Segunda Invasión Inglesa ocurridas en los años 1806 y 1807 respectivamente, en las ciudades de Buenos Aires y Montevideo". Hipólito Mordeille murió defendiendo Montevideo, y una calle de esa ciudad lleva su nombre.

Para más detalles de este personaje casi desconocido en la historia argentina, cito a Vicente Sierra, quien sucedió a Jorge Luis Borges en el cargo de Director de la Biblioteca Nacional y fue autor de una importante Historia Argentina que editara Ediciones Garriga, cuyo gerente era mi padre, Fernando Duelo, que de purrete me llevaba a visitarlo en su casa:

"Francisco Hipólito Mordeille era un marino francés que había dado concluyentes pruebas de audacia y valor. Asociado a ricos armadores españoles y franceses emprendió una campaña de corso contra el comercio británico en las costas de Africa, de regreso del cual arribó a Montevideo el 2 de enero de 1804, al mando de la polacra holandesa “Hoop”. En abril volvió a surgir en dicho puerto conduciendo como presa el navío inglés “Neptuno”. Seis meses mas tarde, el 19 de noviembre se hallaba de nuevo den Montevideo con la presa del bergantín inglés “La Diana”, con un cargamento de negros."

"Con motivo de la guerra con Inglaterra, Sobremonte lo destacó como corsario y lo mismo hizo con otro francés, el capitán Courand, quienes en una campaña capturaron cuatro navíos ingleses cada uno. Al regresar ambos con sus presas, les sorprendió la invasión a Buenos Aires. Con sus hombres Mordeille organizó una escuadrilla de la que formó parte Courand. Mordeille y sus hombres derrocharon coraje en la empresa reconquistadora y se contaron entre los primeros en avanzar sobre la Real Fortaleza ocupada por los ingleses".

Es interesante leer alguna versión uruguaya sobre estos hechos. Además, en las imágenes puede verse el acta de rendición del ejército inglés.

Para los amantes de las letras, recomiendo enfáticamente la colección de textos inspirados en este hecho histórico, en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Me permito reproducir tan solo unos versos de Pantaleón Rivarola, escritos en el mismo año de 1807:

Valerosas legiones, ya vencisteis
De esas tropas britanas la osadía,
Cuando el cinco de Julio resististeis
Con firmeza, denuedo y valentía:
La patria y religión que defendisteis,
Harán siempre recuerdo de aquel día;
Y el anglo, destrozado y aturdido,
Llorará eternamente haber venido.

Actualizo y agrego otro nombre que me he topado en mis lecturas sobre el tema y me ha impresionado por su heroísmo. Lo hallé en el blog antes citado sobre las Invasiones Inglesas, y se trata de Orencio Pío Rodríguez. Cito el blog:

El 9 de julio de 1807 "muere Orencio Pío Rodríguez, uno de los voluntarios de los Patricios, a resultas de las heridas recibidas en uno de los últimos combates de la Defensa. Rodríguez dio muestras de valor y carácter cuando, tras recibir fuertes heridas en una pierna, tomó su cuchillo y cortó el miembro herido, vendó el muñón con su ropa y siguió disparando al grito de: “¡Viva el Rey!”.

"En 1808, el Cabildo dispuso que la calle San Gregorio llevara su nombre, lo que se mantuvo hasta 1822, cuando se volvió a cambiar el nombre por el que actualmente lleva: Santa Fe. Su nombre no se ha perdido en la ciudad: la plazoleta limitada por Charcas, Ecuador y Paraguay, recuerda su nombre".

14 de noviembre de 2006

VENTAJEROS

Una actitud que detesto de muchos porteños es ese afán de sacar ventaja, aunque sea mínima, de todo.

Esta misma mañana iba a tomarme el subte y tuve que desviarme para cruzar la calle porque un auto estaba estacionándose sobre la línea peatonal. Yo venía de regular humor por distintas circunstancias de la mañana, así que la cara que le dirigí a la conductora (una paqueta señora de Colegiales) debía ser bastante amenazadora. Se quedó esperando dentro de su auto hasta que me alejé después de decirle, respetuoso pero firme, un par de cosas. Una vez que estuve a unos 40 metros se bajó del auto con la cara de mármol típica de los porteños ventajeros.

Otros ejemplos de lo que digo son los siguientes:

- Señoras que se abalanzan sobre un asiento repentinamente desocupado a tres filas de ellas, con su mejor cara de nada. Estos seres especulan con que si uno les dice algo quedará como el maleducado que no quería darles el asiento.

- Pasajeros de subte o colectivo que se duermen repentinamente apenas sube una anciana, una embarazada o cualquier persona sospechosa de necesitar un asiento urgente.

- Ciclistas que cruzan en rojo y se ríen de las palabritas que uno les dirige desde atrás.

- Repartidores de comida que marchan en sus motos a contramano por las calles del barrio.

- Habitantes de Buenos Aires que sacan a su perrito a pasear y no recogen la caca de su inocente mascota.

- Personas que aprovechan que el colectivo frena unos metros más allá de la parada para subirse por delante del que estaba primero en la fila.

- Cajeros que pretenden redondear el vuelto a favor de ellos, cuando existe una norma que los obliga a favorecer al cliente.

- Conductores con calcomanías de discapacitado que podrían correr la carrera de San Silvestre.

Estos son solo algunos ejemplos. En todos los casos, las reacciones más comunes de los vivos frente a la protesta de uno son dos:

- Indiferencia absoluta hasta que pase el temporal.

- Postura de ofendidos por la reacción extemporánea del afectado.

Como conclusión de esta columna, quiero decirles a todos los vivos y ventajeros que pululan por la ciudad de Buenos Aires que los detesto profundamente y disfruto con mucha fruición cada vez que veo que una avivada les salió mal. Ya volveremos a hablar de ese defecto tan argentino y tan lamentable.

Amén.

23 de octubre de 2006

10 DE 100

Las convenciones me indican que debo celebrar el hecho de estar escribiendo mi columna número 100 desde que fue creado este blog (el 1 de noviembre de 2005). Dado que muchos de mis lectores han llegado a este espacio en meses recientes, he efectuado una selección de los que a mi humilde entender fueron las 10 irrupciones más fructíferas de este servidor en la Red.

El criterio es discrecional, por supuesto. Alguna fue incluida por lo que significaba afectivamente para su autor, otras por los comentarios que se le habían hecho y otras por la importancia que a juicio de quien esto escribe tenían. No busco la complacencia del lector, porque cada uno elegiría párrafos distintos (o tal vez ninguno, aunque si está leyendo esto será porque algo le gusta).

Aquí están, estas son, en orden alfabético:

ARETÉ

AUTOCRÍTICA

EL BAMBI

EL CIELO EN LA VEREDA

HA LLEGADO EL 2006

LUIS

MUJER

SACAMUELAS

UN HÉROE REPLETO DE HUMANIDAD

¿HACE MUCHO QUE NO PASA?

12 de octubre de 2006

BARES Y FONDAS

Si hay algo que caracteriza a Buenos Aires, además de la humedad y el tango, es el bar.

La figura del bar está reflejada en "Cafetín de Buenos Aires", esa lágrima que alguna musa le regaló a Discepolín. El Polaco Goyeneche, Edmundo Rivero y otros grandes han cantado este tango que homenajea al escenario de tantas historias. En los últimos tiempos, Andrés Calamaro también lo incluyó en su repertorio. Ese no es, sin embargo, el único tango que tiene al bar por protagonista. Otros son "En un feca", "A las siete en el café", "Cafetín", "Mi taza de café", "Viejo Tortoni", "Mozo rana" y "Bar", entre otros. Las letras de estos tangos son imperdibles. No podemos olvidarnos del "Café de los Angelitos", en Rivadavia y Rincón, que tenía a Gardel como habitué y admirador de su puchero. Este bar fue demolido y reconstruido para ser reinaugurado. Tampoco se puede dejar de mencionar el inolvidable "Café La Humedad", del sanlorencista Cacho Castaña.

Los bares marcan hitos en la ciudad, y también en la propia biografía. Creo que el primer bar que se hizo sentir en mi vida fue "La Biela", cuando yo contaba mi edad con los dedos de una mano y mi papá me traía maní envuelto en una servilleta tras su encuentro semanal con los muchachos (ahora yo hago lo mismo con Sofía). Fue en "Los Porteños" (que en esa época era el "Café de la Esquina") donde le declaré mi amor eterno a Paula. Fue en "Océano", en Palermo Viejo, donde escribí unas líneas destinadas a hacerse realidad ineludible seis meses más tarde. Fue en el café "A los Árabes" donde con Gonzalo y el Nono pergeñamos nuestro divertido programa de radio allá por el 93. Y así podríamos seguir, los ejemplos que he dado son los que se me vienen a la cabeza en este momento en que escribo mientras llueve sobre Buenos Aires.

He sabido abusar del chocolate con churros en "La Giralda", del café con crema en "El Gato Negro" y del café a secas en el "Tortoni". En otra época me iba a San Telmo y me metía en cualquiera de los cafés que rodean a la plaza Dorrego, la más antigua de la ciudad si no me equivoco.

Nada como sentarse a una mesa y observar el mundo desde esa trinchera amiga, que siempre espera, como el libro. En los cafés de Buenos Aires se resuelven problemas, se negocian otros. Se rompen amores, se derrumban soledades. En estos templos sin cruces se lee y se escribe, o simplemente se medita sobre lo que venga, mientras los mozos (los verdaderos, no los improvisados) corren bandeja en mano y el cajero teclea en la máquina (o clickea en la computadora, más recientemente) mientras al mismo tiempo atiende el teléfono, saluda al cliente que pasa y relojea al purrete que ha entrado a pedir en las mesas.

En la ciudad existen ahora una serie de "bares notables" que el gobierno ha decidido proteger. Son aquellos que por razones históricas han pasado a integrar el patrimonio cultural de los porteños.

Dolina nos habla del "Bar del Infierno", del que no es posible salir, "y no porque no haya puertas, sino porque no hay afuera".

Los bares de Buenos Aires son refugios erigidos en el alma porteña. Loados sean.

13 de septiembre de 2006

¿HACE MUCHO QUE NO PASA?

Son caballos de hierro que circulan por casi todas las calles de Buenos Aires. En su interior se tejen historias, nacen bebés, se conversan problemas, se arregla el mundo, se conoce la ciudad, se miran planos y recorridos, se reflexionan problemas, se adivinan intenciones, se insinúan miradas, se sufren frenazos, se ocasionan esguinces, se hurtan carteras, se cuentan monedas, se observa a los prójimos, se toman decisiones, se hacen llamadas, se atienden llamadas, se piden boletos, se eligen canciones, se escuchan partidos.

Son los colectivos. La historia empezó en Lacarra y Rivadavia, en el barrio de Floresta, cuando el primer colectivo de la historia partió y llegó hasta Primera Junta. En la esquina mencionada hay una placa que recuerda el hecho.

Mi experiencia en los colectivos es vasta, dado que trabajé como cadete desde las vacaciones de mis 15 años. Así conocí las calles de Buenos Aires. Beazley, Darwin, Escalada, Franklin, Isabel La Católica.

Para mí, en los colectivos hay un antes y un después del 31 de diciembre del 2000 a las nueve menos diez de la última noche del segundo milenio. Fue en el 60 Panamericana Ford. Yo detestaba la línea 60, y ahora es mi favorita. He relatado esta historia decenas de veces. Anoche fue la última, en el subte.

Los primeros colectivos que me tomé fueron el 39 y el 152. Ahora son otros: el 168 y el 184, porque son los que me devuelven a mi casa después del trabajo. En el 152 sufrí mi primer y único hurto de billetera, cuando era bastante chico. La línea 168 es la del cuento de Cortázar.

Los colectivos identifican distintas etapas de nuestra biografía. El 102 y el 38 son la secundaria, el 132 una novia en Caballito, el 108 las tardes de estudio en lo del Fósil. El 59 las jornadas de ping pong en lo del Nono, el 15 es el fútbol en Atalaya, el 10 y el 130 mis primeros dos años de casado. Una vez, a los 12 años, me colé en un colectivo, casi de casualidad y por la presión de la masa que había subido detrás de mí. Estaba dispuesto a esconderme detrás de algún pasajero ni bien subiera algún inspector.

Los colectivos también identifican canchas. El 150 y el 101, la del Ciclón. El 102 boca, el 130 Ríver, el 10 los de Avellaneda, el 106 Vélez. El 59 Huracán, el 152 Platense, el 5 Ferro, el 50 Deportivo Español... Y el Río de la Plata, las canchas de La Plata, valga la redundancia. En mi época de cuervo descerebrado (que tal vez no haya terminado del todo), escribía "Ciclón" en los asientos de atrás de los colectivos. ¿Qué hincha que se precie no ha vuelto de la cancha colgado del parante de afuera, con la uña del dedo gordo en el estribo y acompañando con el cuerpo los movimientos de freno y avance? Era como estar cantando en el alambrado.

Hay toda una ciencia del colectivo. Uno va desarrollando, por ejemplo, un instinto que permite saber quién se bajará primero para que uno ocupe su asiento. También es importante saber ciertos detalles: dónde está el hueco de la rueda que eleva el nivel del suelo en determinado asiento; qué asientos se ponen calientes por efecto del motor; qué lugares permiten disponer de la apertura o el cierre de la ventanilla; cuándo dejar que pase el colectivo para tomar el siguiente, que vendrá más vacío.

Una sabiduría aparte, en la inmensa ciudad, es saber qué colectivo nos deja bien en un punto determinado. En mis épocas doradas de cadete podía responder siempre a esta pregunta. En la actualidad, a veces tengo que consultar.

Esta columna fue inspirada por un coche de la línea 184, que me tomé en la noche del viernes. El chofer, que ya me conoce y marca 0,75 cuando subo, pasaba un CD eterno de música bolichera, acorde con su ubicación temporal en la semana. Estaba rodeado de peluches, estampitas y espejos, y había iluminado todo el colectivo con luz negra. No daban ganas de bajarse.

De tanto en tanto, cuando salgo muy cansado del trabajo, me tomo un taxi de saco y corbata. Y entonces siento dentro de mí ese tintineo infalible de la conciencia de pibe, que me relojea ofendida. "¿Qué hacés ahí arriba, que ni siquiera podés elegir asiento?". Y desde un rincón del ayer, el cadete me contempla, con su mueca de atorrante y la Lumi deshojada bajo el brazo.

27 de julio de 2006

EL INSULTO GRATUITO

En Buenos Aires las personas tienen la extraña costumbre de intercalar palabrotas en medio de sus frases.

Una variante posible es la finalización de una exclamación admirativa con un insulto. En este caso, el calificativo viene a enfatizar de manera harto extraña un elogio dado a su destinatario. Por ejemplo, cuando alguien le dice a otro que se comió tres grandes de muzzarella con ajo, su interlocutor le responde: "¡Cómo le das al diente, h de p!".

Una segunda opción es incluir el insulto en el saludo, como por ejemplo: "¿Qué hacés, boludo?". Esto es seguido por un beso o un abrazo. Es poco probable que se dé un simple y formal apretón de manos, porque el insulto tiene como condición cierto estado de confianza entre los protagonistas.

En tercer lugar aparece la manifestación de sorpresa. Un amigo viene y nos cuenta que heredó un millón de dólares. La respuesta inopinada será: "¡No me digas, boludo!".

Hay más variantes, pero creo que con éstas es suficiente. No adhiero a ninguno de estos hábitos verbales, porque pienso que carecen de sentido y de buen gusto. Pero lo curioso es que su uso no responde a una intención de agredir o descalificar al interlocutor, sino que por el contrario expresan admiración, elogio o grata sorpresa, como ha sido dicho.

En el diccionario de la Real Academia Española, insultar significa "ofender a alguien provocándolo e irritándolo con palabras o acciones". En cuanto al término "boludo", es "dicho de una persona: que tiene pocas luces o que obra como tal".

Si entendemos al insulto como metacomunicación, es decir, como algo que se comunica sobre lo comunicado, es difícil descifrar qué se quiere metacomunicar aquí, aunque tal vez sea mejor no saberlo.

En Buenos Aires hemos deformado hasta la semántica de las palabras. Psicología complicada la del porteño.