25 de noviembre de 2012
LA ESPAÑA DE FERNANDO GÁLLIGO
La primera impresión que tuve de él, en ese abril del 95, fue inmejorable, aunque paradójicamente se debió a que no estaba en su casa cuando llegué a Madrid. Y no estaba porque se había ido al Bernabeu a ver al Real Madrid, el equipo del que él era socio y con el que yo había simpatizado toda la vida, más allá de mis sagradas fronteras sanlorencistas.
Llegué a su edificio del Paseo de la Castellana 132, directo de Barajas en un taxi cuyo conductor hacía gala de su hispanidad con vocablos tales como "cebolludo", dirigidos, claro está, a los conciudadanos que no interpretaban correctamente sus volantazos arteros. Así pues, esperé a mi anfitrión conversando con su portero, y llegó Fernando, conforme con la victoria del Merengue. Por fin conocía a aquel hombre amigo de mi padre que en mi casa, y sobre todo en mi mente, había sido casi una leyenda, siempre lejana y del otro lado del océano, y que ahora estaba sentado frente a mí, examinándome y explicando que tenía un problema con la vecina de abajo por la filtración de su ducha. Era humano, pues.
Fueron unos pocos días que me alcanzaron para decidir que ese hombre reunía en sí la esencia misma de la España vieja, la hidalga y utópica que tantos poetas habían cantado en el Siglo de Oro. Fernando me habló de su juventud compartida con sus hermanos, con mi padre y con mis tíos, y con los allegados que quisieran reunirse en el sótano de Charcas y Pellegrini, o en la taberna vasca de San Telmo, o en tantos otros rincones de la Buenos Aires de los años cincuenta, cuando la juventud brillaba en sus corazones y la lejanía de la convaleciente España se sentía menos. Al fin y al cabo, la otra patria es la que ocupan la familia y los amigos.
Fernando me aleccionó, en los días de mi paso por la ciudad de los reyes, sobre los Austrias y los Borbones, mientras volvíamos del Escorial o nos tomábamos una caña en la Plaza Mayor. Me llevó a ver las tumbas de los grandes monarcas, los que él cuestionaba por las guerras vanas que habían librado en Flandes, y el consecuente descuido que dos siglos después pagarían en las Américas.
Más acá de las dinastías reales, el agua sobre la vecina hizo crisis el día que Fernando se afeitó sigilosamente y se fue al bar de la esquina a desayunar. Y yo, inocente ave de paso, recibí la furia verbal de la perjudicada por el goteo incesante. "¡Ya le he dicho mil veces que llame al fontanero!". Así pues, mi anfitrión me llevó a la ciudad deportiva del Real Madrid, donde lleno de dicha me duché de contrabando, mientras él le daba conversa al utilero. Tengo la gorra, la camiseta y la bufanda que allí me compré para reafirmar mi fe madridista aun en tiempos como el actual, cuando parece que no ser del Barcelona de Messi es una herejía. Lejos de mí nadar con la corriente.
Volví a ver a Fernando en un segundo viaje, en el 98. De allí me quedó un café o cerveza en el Bar Gijón y una conferencia de Julián Marías en la Bolsa, en la que el verdadero protagonista, para mí, fue Fernando. Que quede claro: era gozoso escuchar al sabio filósofo, pero el motivo de mi presencia allí era vivir Madrid con este hombre que amaba su ciudad y su país.
En uno de nuestros diálogos, en los que él me hablaba de la vida, del amor y de bueyes perdidos, le pregunté: "¿Por qué no te casas?". "Pues sí, la verdad es que podría hacerlo", me respondió. Y efectivamente, lo hizo con Pilar, su compañera de tantos años, a quien recuerdo cada vez que me tomo un tardío vaso de leche a modo de merienda, y después una cerveza previa a la cena. Cierta vez, en su casa del Barrio Serrano, observó que Fernando me ofrecía una cerveza y yo acababa de tomarme un yogur. "El alcohol le va a cortar el yogur", dijo Pilar. Creo que opté por brindar igual, sin consecuencias que lamentar.
Después de aquellos viajes, nos mantuvimos en contacto por cartas. Disfrutaba él de mis detalladas crónicas, que leía en voz alta a Pilar. No logré que viniera a mi casamiento en 2002. La última vez que hablamos fue el día que España ganó su primer Mundial, en 2010. Me llamó eufórico, y yo también lo estaba, porque a veces los sentimientos son transferibles. La conversación derivó en los cambios que había experimentado mi vida en la última década, y la felicidad que eso me traía. "Tú sí que no has perdido el tiempo", me dijo.
Recuerdo aun su elocuente sorpresa al saber que yo no había llevado ni saco ni corbata para ser el padrino en el bautismo de mi ahijada, Luján. Ahora, desde aquel universitario algo bohemio que él había conocido hasta este padre de familia -no por eso menos bohemio- que oía por teléfono, había corrido mucha, pero mucha agua bajo el puente.
Las miradas que tenemos de ciertas vidas ajenas pueden tener algo de autobiográfico, porque en ellas seleccionamos aquello que identifica nuestros ideales. En Fernando Gálligo encontré a un costado familiar que ignoraba por completo, aquél que pedía permiso en mi ser sin que yo supiera hasta ese entonces a quién o qué atribuir. En esos días en que me ausenté de los circuitos conocidos, redescubrí a una familia completa. España me habló.
Ciertos elegidos se me hacen como aquel perro de Goya que, hundido en la arena, sigue aullando, terco ante su visible desventaja. A pesar de todo, el perro allí se ha quedado, eterno en la pintura goyesca, y nunca será sepultado. Fernando es uno de ellos. La España que él quiso es la que sigue viva, amenazada por la urgencia y el dislate, pero victoriosa en su Quijote.
A ese torero tenaz con nariz de zorro y vozarrón de caballero español va mi saludo en estas líneas, las que he escrito como cada una de las crónicas que tanto disfrutó. Así sea.
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20 de enero de 2012
50 AÑOS
Hoy vuelvo a escribir en este espacio después de más de un año en el silencio más desconocido. El tiempo, que es tirano, también nos exige estar a la altura de ciertos acontecimientos, como el que ha motivado mi regreso a este rincón. El 20 de enero de 2012 se cumplen 50 años -medio siglo- de que mis padres se casaron en una lejana iglesia de California. ¿Cuántas cosas han pasado en nuestro hogar, en la Argentina y en el mundo desde aquel día? Y sin embargo, ellos siguen allí, desafiantes y heroicos frente a los cambios cotidianos.
Valoro el equilibrio entre el crecimiento y la estabilidad. Saber la diferencia justa entre lo que hay que cambiar y lo que merece quedarse parece ser uno de los grandes secretos para construir una vida feliz. Quizás mis padres lo conozcan.
Estas líneas están lejos de afirmar que Fernando y Mary son perfectos. Por el contrario, mi admiración hacia ellos nace en el hecho de que con su frágil humanidad -la misma que todos tenemos- han construído una historia de 50 años, donde hay una trama, distintos capítulos, suspenso, villanos, personajes simpáticos, historias secundarias y paralelas al argumento central, personajes que van apareciendo y otros que dejan el escenario para abrir paso a los nuevos. Alegrías, tristezas, incertidumbre, decisiones, risas y lágrimas, muchísimo sentido del humor y emociones de todos los gustos y colores. Y en el centro del escenario, ellos.
Este es un breve homenaje a quienes me dieron la vida, a mí y a varios enanitos que andan dando vueltas por mi hogar mientras desparramo estas reflexiones. En mi nombre y el de todos ellos, con infinita alegría, muchas gracias.
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7 de agosto de 2010
80
Hubo un día en que lloré mucho, y allí estaba ella para consolarme y darme la bienvenida a este mundo. Hubo otro día en que fui por vez primera a pasear a la plaza, y le llevé una piedrita elegida para que guardara.
En otra ocasión, me retó después de que yo arrojara con notable parsimonia un banquito por el balcón del noveno piso. Y así hubo muchos otros días en que ella estuvo ahí, como lo sigue estando cuando se me da por escaparme de la oficina e ir a almorzar a mi antiguo hogar de soltero.
En este día maravilloso en que le regalaremos algunas sorpresas, a mi madre dedico estas pequeñas cuotas de humor. ¡Feliz cumpleaños, Mrs. Mum!
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25 de marzo de 2010
LA ENCANTADORA Y MISTERIOSA SOFÍA
Tras el inolvidable instante en que Sofía nació, el 25 de marzo de 2004, acompañé a la neonatóloga a la salita donde le hicieron los controles de rigor y la bañaron rápidamente. Nuestra hijita mayor lloraba desconsolada ante ese mundo agresivo y sorpresivo, que por boca de un incalificable usuario de diploma nos había augurado su muerte a poco de nacer o un bloqueo mental irreparable.
La enfermera me entregó a mi hija mientras me informaba que Sofía gozaba de entera salud. La pequeñita lloraba, y una vez que la tuve entre mis brazos empecé a tararearle la canción que le había cantado los nueve meses anteriores, en la casita de su mamá, donde había crecido. Sofía, como por arte de magia, silenció su llanto y se quedó, mansita, intuyendo que estaba en brazos de alguien muy importante. Entonces me supe padre.
Con Sofía he aprendido, en la medida de mis limitaciones, a ser papá. He explorado el frágil territorio entre la paciencia y los límites, la ternura y la firmeza, donde la tolerancia y el reto se complementan y no se confunden. Me he conocido en emociones y pensamientos hasta entonces ignorados, y en tren de dar ejemplos, he sentido que me costaba abandonar el hogar para irme a la cancha, algo que me habría resultado sacrílego meses antes.
El segundo nombre de Sofía es Isabel, con lo cual he cumplido una promesa hecha a mi hermana en nuestra infancia. Una de mis hijas llevaría su nombre. Y verdaderamente, a Sofía le queda bien su doble nombre, como a Valentina y Pedro les va bien el suyo.
Sofía está dotada de una sensibilidad que se empeña en ocultar a miradas ajenas; su timidez es el cofre donde guarda sus emociones, so riesgo de parecer indiferente al mundo cercano. Es habitual llegar a casa con ella y escuchar sus conclusiones de una jornada rodeada de prójimos. Cuando parece que está en su trinchera de vergüenza, más vale resguardarse: Sofía te está observando.
Dotada de una memoria asombrosa, nuestra hija de ojos indefinibles y misteriosos silencios cuida a sus hermanos con amor materno, y apela a su madre para que la ayude a relacionarse con el mundo. Paula es aún, para ella, la casita del bosque en la que vivió nueve meses antes de nacer, la que le da el amor y los mimos imprescindibles. En una palabra, su mamá. Su papá, en cambio, es el representante del mundo externo, oscuro y difícil, y por ende, el protector que la lleva de la mano por él y le marca los peligros de la jungla. Por supuesto, siempre hay matices.
Una de las primeras rutinas de Sofía, cuando aún no caminaba, era irse a pasear en el cochecito con su papá por las calles de Belgrano R. Despedíamos a Paula en la estación y atravesábamos plazas y calles con una alegría silenciosa, con el secreto placer de pasar juntos la mañana, mientras el mundo salía a estudiar, trabajar o lo que fuera. El barrio, entonces, quedaba entero para nosotros dos. En algún momento ella decidía hacerse su siestecita matinal y yo me metía en alguno de mis bares amigos a desayunar copiosamente y leer el diario o un libro previsoramente acarreado.
Sofía es la única hija que sintió el suave pelaje de Rosko entre sus deditos de bebé. Mi penúltima imagen de él es su respingo al sentir que la pequeña tiraba abajo el tender con la ropa colgada. Hoy nuestra hija ve a un labrador por la calle y lo identifica con Rosquete.
Sus amigas son sus referencias ineludibles. Y Belén, de seis años como ella, su socia familiar, que como ella misma aclara no es su amiga sino su prima, lo cual le da un rango institucional más alto.
La entrada de Sofía a Primer Grado, en doble turno, le ha supuesto un cambio rotundo de hábitos y de exigencias, que superarará ni bien su energía desbordante se canalice en la misma dirección que su abundante inteligencia. Mientras tanto, sigue progresando en el dominio de sus patines, con una elasticidad envidiable y una alegría que se le pinta en el rostro al sentirse admirada por sus papás. Entonces, su clásica ansiedad se transforma en una sonrisa de dientes felices.
Sofía es muy parecida a Paula, y eso constituye un desafío para ella, pues no le será fácil alcanzar la perfección de su mamá. En todo caso, sus posibles defectos podrán ser atribuíbles a la humanidad de su papá. Es la abanderada de sus hermanos, y esa responsabilidad, seguramente, le pesa.
Hoy llegaré a casa con un ramo de flores y volveremos a festejar, por aquella pequeña que nos metió en el apasionante mundo de la paternidad y llenó la casa de sonidos nuevos. Que Dios bendiga a nuestros hijos.
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17 de marzo de 2010
¡FELIZ DÍA DE SAN PATRICIO!
Llueve con insolencia sobre Buenos Aires; esta noche celebraremos San Patricio en el hogar, con un par de Guinness y mucha alegría. Qué mejor ambiente para festejar la sangre irlandesa que la barra de casa.
En ese hogar del que hablo, hay colgada una oración irlandesa que expresa los valores en los que creemos. Dice así:
In This Home
We believe in living deeply, laughing often, and loving always.
We believe we were brought together to support and care for each other.
We believe in celebrating together—our faith, our heritage, our traditions.
We believe that everyone's feelings count and that the uniqueness of each of us strengthens all of us.
We believe in the power of forgiveness to heal and the power of love to carry us through.
We believe in one another, in this family, in this home.
Para musicalizar el blog en este día festivo, dejo "Over the Rainbow", aquella inolvidable canción que interpretara Judy Garland en "El Mago de Oz", y que aquí cantan las angelicales voces irlandesas de Celtic Woman. Ese rincón donde los sueños se hacen realidad, más allá del arcoiris, puede estar en nuestra propia vida. A veces nos damos cuenta, a veces no.
¡Happy St. Patrick's!
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9 de marzo de 2010
PEDRITO, EL ENANITO MALÉVOLO
La alegría reina hoy en nuestro hogar, como cada día pero con más intensidad. Pedrito cumple dos años y su semblante caucásico acumula 24 meses de pura contemplación.
Nuestro tercer hijo es capaz de sonreir con la ternura a flor de sus malares, y de pasar repentinamente a una mueca amenazante en un segundo, casi como en una advertencia: "Soy bueno, pero también soy capaz de la peor diablura".
Pedrito es el heredero del apellido, el hombrecito que llevará el linaje más allá del siglo y plantará bandera azulgrana en cuanto ambiente adverso encuentre. Ya posee unas tres remeras de San Lorenzo, además de un frondoso cotillón que hoy seguirá completándose con regalos que son secretos hasta que sus ojazos azules los develen.
"¡Cómo te esperé!", le dije a Pedrito mientras lo sostenía en la neonatología, en el día bendito en que conoció la luz. Creo que sus hermanas también lo aguardaban, para dar rienda suelta a sus instintos maternales y retarlo cada vez que se mandara alguna macana. Su madre, siempre magnánima, lo espera en el final de la paciencia, donde este servidor ya no está, cuando la travesura está hecha y no hay regreso posible a la paz con su padre.
Pedro encarna la alegría, la promesa y el carácter de un papá que sueña con llevarlo a la cancha, enseñarle a hacer asados y explicarle cómo cree que se juega este juego de la vida, el que él jugará algún día con el nuevo sucesor. Mientras tanto, loada sea la infancia que le permite quebrar barreras con solo una mirada y sin palabras.
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8 de febrero de 2010
VALENTINA, OTRA VEZ
El lector añejo de estas páginas viene siguiendo el crecimiento de nuestra segunda hija, que hoy cumple 4 sabrosos años. Allí la dejé esta mañana, envuelta en sueños antes de lanzarme a la calle para buscar el diario sustento. Tendrá que esperar a que vuelva yo para abrir su regalo, si Paula resiste su presión filial para descubrirlo antes.
Si a los dos años ya era pícara, ahora es una genia del histrionismo. Actriz de comedia pero capaz de esbozar una mueca trágica si no le dan lo que pide, su carácter la llevará lejos. Experta en mortificar a su hermana, que ve un cuadrado donde hay un cuadrado y exige que Valentina también lo reconozca, adora sus muñecas y duerme con ellas. Puede estar una mañana entera con la misma carterita en el hombro, con un contenido que no mostrará. Tiene amigos invisibles, que pertenecen a una extraña familia "sui generis": Mechi, Mecha, Mecho y últimamente Mechito. A todos ellos declara habérselos comido. Por algo será que le gusta el color negro.
Su mejor amigo del mundo real se llama Marcos, y dice que se va a casar con él, que parece tener la misma idea. Afortunadamente nuestros "consuegros" son amigos de la casa. El año pasado intervino en una muestra de patín en la que hacía de perrito dálmata secuestrado y recuperado, junto a Sofía y Paula. En 2010 aprenderá, si logramos dar con un buen profesor, a tocar sus primeros acordes en el piano. Cada vez que tiene uno a su alcance allí se queda, feliz. Quizás algún día toque los "Nocturnos" de Chopin, pues igual que a su papá, le gusta trasnochar. "Yo no me canso nunca", proclamó hace unos días.
Hoy cumple 4 años esta hijita que el sábado pasado me dijo que había venido al mundo en mi panza y no en la de Paula. Una enigmática declaración que la pinta de cuerpo entero, igual que la de anoche, cuando antes de irse a dormir en la noche previa a su cumpleaños nos dijo a ambos: "Te quiero mucho".
Valentina, la pelirrojona irlandesita de alias Wally, es otro de los regalos que he recibido en los últimos años, y a ella dedico esta canción.
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16 de noviembre de 2009
TU MUNDO Y EL MÍO: NUESTRO MUNDO
Alguna vez había escrito unas líneas por el centenario de San Lorenzo. En la tarde de ayer sumé otro capítulo en esa historia al ir por primera vez a la cancha con un hijo mío. En este caso, Sofía.
Los enanitos te dan sorpresas: Iba por mi segundo plato de ravioles y le pregunté si quería ir a la cancha conmigo, y de forma inesperada me dijo que sí. Así que allá fue, a sus cinco años, igual que yo en aquella lejana tarde en que mi papá me llevó al Viejo Gasómetro y San Lorenzo también perdió. Un amigo mío y su papá nos acompañaron.
Valentina se quedó medio ofendida, pero le prometí que más adelante la llevaría a ella también. Pedrito lloró sin consuelo cuando lo saqué suavemente del ascensor y le dije que todavía era muy chico. Se quedó muy enojado, pero él tendrá muchas tardes de gloria. En acto de protesta, se durmió una siesta desde las cuatro de la tarde hasta las nueve de la noche, es decir, negó el partido. Valentina, entonces, tuvo a Paula para ella sola durante toda la tarde: nada mal.
La situación era más importante de lo que podría parecer. La cancha había sido siempre para mí un ámbito de soltería, de bohemia, de íntima adrenalina. Ayer, al verme en esa platea con mi hija mayor, me examiné padre y ya señor, aunque nunca dejemos de ser niños.
Sofía me había preguntado ilusionada si saldríamos por la tele, y Paula a la noche le dijo, como para darle el gusto, que había visto a una figura chiquitita en la tribuna, que seguro que era ella. Pues bien: hoy me enteré de que me habían enfocado bien de cerca por Canal 7, aplaudiendo un homenaje a los campeones del '59. Mi hija tuvo su milagrito.
Cuando entraron los equipos, Sofía tiró un montón de papelitos y le mostré la inmensa bandera de San Lorenzo que abría la hinchada; la observó con los ojos bien abiertos. Al empezar el partido, se asustó un poco con los aullidos que salían de las gargantas ajenas, pero a upa de Papá se sentía protegida del mundo entero.
El partido vino mal barajado, fue una de esas tardes en que nada sale bien. Sofía me pidió ir a tomar agua, y me di cuenta de que en los puestitos no venden agua sino solo gaseosa, que a ella no le gusta. Le pedí que fuera paciente, que después del primer tiempo íbamos a ir a buscar. "¿Qué es el primer tiempo, Papá?", me preguntó. Y claro, el término "primer tiempo" no dice nada al que lo escucha por primera vez. "Es la primera parte del partido", le expliqué.
A los cinco minutos me preguntó quién era el de azul. Le dije que era el árbitro. "¿Y para qué está con los jugadores", me preguntó. Y tenía razón, hay árbitros que a veces sería mejor que ni entraran a la cancha. Después vio la ambulancia que está siempre en una esquina de la cancha y se preocupó (Sofía tiene terror a los médicos). Le expliqué que estaba ahí solo por precaución, porque había mucha gente y alguno se podía sentir mal. Creo que se quedó tranquila. El cochecito para atender a los jugadores lesionados también le llamó la atención.
En el entretiempo le compramos unas pastillas Sugus y miramos un poco los productos de Cuervomanía. Después nos volvimos a sentar para ver el sombrío segundo tiempo. "Quiero sacar fotos", me decía la pequeña, y así lo hicimos, con la hinchada de fondo. Me pedía bajar al campo de juego, y le dije que no se podía. "¿Y los jugadores por dónde salen entonces?", me preguntó, cándida.
San Lorenzo jugaba cada vez peor y mi amigo, harto de tanta incompetencia futbolera, arrojó su vaso de Coca al vacío. Sofía me susurró al oído: "Se mojó toda la espalda". Después siguió juntando papelitos y tirándolos de nuevo. Finalmente hizo un bollo con ellos para llevarlos a casa. "Para hacer un collage", me dijo.
"Te lo dije 40 veces, Papá", me recordó Sofía, "los otros equipos también pueden ganar". Mi ánimo abatido por el 3 a 0 inapelable le respondió: "Sí, Chochi, pero yo quiero que gane San Lorenzo".
En un momento se quejó, tan fina: "Yo no vine para escuchar malas palabras, Papá". Ensayé una explicación: "Es que la gente se pone muy nerviosa, Chochi". Más tarde me dijo que nunca más iba a volver a la cancha por las groserías ajenas. "Todos decían malas palabras menos vos". Tenía razón, aunque espero que vuelva, y que la próxima vez sea victoria. "A veces se pierde, Chochi, y hay que estar en las buenas y en las malas", fue la moraleja de padre a hija.
Después miró a todos los de Independiente que se burlaban de nosotros y me dijo: "Tomás va a venir y les va a pegar a todos esos". Tomás es su primo mayor, de 18 años.
Salíamos del estadio y me pidió que le comprara una pulserita de San Lorenzo. "Hoy no", le contesté, "si te la compro después de este partido va a tener una mufa encima que ni hablar". Le prometí que un día iríamos al Cuervomanía de la avenida La Plata -que ya conoce, y por el cual pasamos de regreso a Colegiales- y tendría su pulserita azul y roja.
Cuando ya llegábamos a casa le pregunté qué le había gustado más de ir a la cancha: "Los caramelos Sugus", me contestó. Y a la noche, antes de irse a dormir, me dio un largo abrazo, muy contenta.
Ayer por la tarde perdimos 3 a 0, pero ese hincha enloquecido de otrora, que se colgaba del alambrado y lloraba bajo la lluvia, volvió de la cancha extrañamente feliz. La ternura inundó el Nuevo Gasómetro, por lo menos para mí.
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10 de noviembre de 2009
ROSKO VIVE
En esta fecha de hoy Rosko habría cumplido diez años. El dato es demasiado relevante como para obviarlo en este blog.
Ya he relatado la noche en que este formidable perro me reconoció (antes que Paula). De inmediato surgió la amistad, no la de amo y mascota sino la de dos seres que se identificaban en la misma misión de hacer feliz a una mujer, y se hermanaban en la travesía rumbo a esa meta.
Las imágenes se repiten en la memoria: Rosko arrojándose feliz a uno de los lagos de Palermo, y yo corriéndolo y tropezando con la raíz de un árbol centenario para irme de cabeza al pasto: papelón de bufón a los ojos de nuestra dueña.
Otra escena: Rosko disfrazado de payaso en mi último cumpleaños de soltero, con un chaleco que Paula le había puesto y lo hacía parecer uno de esos hippies sesentosos de Woodstock, pero en versión canina. Rosko supo cuidar a mi ahijada Janona, en momentos bravos, durmiendo al pie de su cama. También se hacía querer por aquellos que no soportaban su baba insistente. Alegró los días de Paula cuando ella más lo necesitaba, y fue uno de los responsables indirectos de que nos encontráramos en el dichoso colectivo milenario: mi mujercita volvió desde el Tigre a su departamento en Palermo Viejo solo con el fin de pasearlo a él y cerrarle el balcón para que no sufriera tanto con los petardos de Año Nuevo. Después se fue a esperar el 60 en Plaza Italia... Tanto amor por su perro le dio una familia entera.
Rosko escribía cartas. Epístolas cargadas de sentimiento pero también de reflexión perruna sobre los temas más variados. Paula es la dueña de esas cartas. Valga solo la cita de uno de sus párrafos, cuando escribió sobre el amor entre Paula y este servidor: "Él efectivamente cree hasta el día de hoy que tiene a la mejor mujer del mundo, y lo seguirá creyendo por el resto de sus días. Yo en cambio lo sé".Rosko supo cuándo había llegado el momento de retirarse, y por supuesto antes que todos nosotros. En su última noche vino a dormir junto a mi cama, en una despedida tácita que yo no quise interpretar. Dentro de poco volveremos a tener en casa el futón donde le gustaba dormir a la noche, cuando supuestamente no lo veíamos. Cuando me despertaba e iba a la cocina a tomar un vaso de agua en medio de la noche, susurraba: "¡Rosko!", y él pegaba un respingo y se bajaba del futón, como dando a entender que no se había dado cuenta de que estaba durmiendo en zona prohibida.
Las anécdotas se suceden una tras otra, y en todas reina la alegría, como cuando lo veo con su cabeza posada junto a la mano de mi amigo Luis. Rosko fue un perro único, que cumplió un papel especialísimo en nuestra vida, y es ahora el modelo de perro de nuestros hijos. Quien guste de los animales sabe de qué hablo.
Por todo esto es que este 10 de noviembre es especial, y esta noche habrá brindis en casa. Rosko vive.
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27 de mayo de 2009
PINTORESCO TRIBUTO A GUILLERMO BROWN
Había mencionado en este rincón al admirable Guillermo Brown, el almirante irlandés que es responsable de gran parte de la independencia argentina. Ahora dejo para su disfrute un video que no tiene desperdicio, con una canción muy divertida. ¡Gracias, Tere!
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31 de marzo de 2009
FAMILIA
En tren de experimentar, acá hay un video que hice de mi pequeña gran familia, en julio del año pasado, cuando Pedrito ni siquiera gateaba.
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25 de marzo de 2009
FELIZ CUMPLEAÑOS, CHOCHOLETA
Cinco años han corrido ya desde aquella tardecita en que nací como papá, y sigo aprendiendo cosas día a día.
Serenamente renuncio a describir ese instante en que me entregaron a nuestra hija y al oír mi voz dejó de llorar.
Feliz cumpleaños, Sofía Isabel.
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17 de marzo de 2009
HAPPY ST. PATRICK'S!
Hoy es la fiesta nacional de Irlanda, a la que ya nos hemos referido por acá. Paula y yo, si conseguimos niñera o niñero, saldremos a festejar con unas Guinness otro 17 de marzo que nos encuentra con tres hijos.
La fiesta de hoy tiene un sentido y no está hecha para oportunistas. La sangre irlandesa se lleva o no se lleva, pero no se inventa. Y más aún, la sangre irlandesa se lleva todo el año, no solo como excusa para celebrar algo que nunca hemos honrado. Por eso ruego que se ausenten aquellos que ignoren quién fue este santo que evangelizó a la verde Erin. Para los que quieran saber más sobre su vida y tengan tiempo, aquí hay un libro de 1880 con su biografía.
Irlanda es el país de los verdes campos, los pubs de antaño (aunque cada vez queden menos), los emigrantes que aquí llegaron y la música de ensueño.
A modo de festejo, y para compartir mi verde alegría con ustedes, dejo un par de canciones representativas de la isla más cálida del mundo. Por un lado, The Chieftains en concierto, con una pareja que muestra la danza típica irlandesa. En segundo lugar, "Danny Boy", una canción típica del folklore celta, interpretada por el tenor irlandés Michael Londra y matizada por paisajes de la Isla Esmeralda. Por último, y dado que Irlanda tiene paisajes tan agraciados, dejo otro video con más imágenes de su geografía. Para más detalles, discover Ireland!
Happy Saint Paddy's Day, Mum!
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20 de enero de 2009
EL HEROÍSMO DE AMAR
Hoy se cumplen 47 años del casamiento de mis papás. No repetiré el relato de cómo se conocieron, pero se me ocurre una reflexión sobre un ingrediente esencial en la promesa de vivir todo el resto de la propia vida junto a alguien: heroísmo.
En los tiempos que corren, la volatilidad suele marcar muchas relaciones humanas. No es que no lo hiciera antes, pero cabe la impresión de que antaño los compromisos eran más fuertes y se cumplían más. Romper una promesa costaba más caro, y si las personas lo hacían trataban de ocultarlo. Las cosas han cambiado, y actualmente un matrimonio de 47 años puede hasta recibir críticas de los que no creen en el amor de largo plazo. La sola idea de matrimonio, que es un compromiso libremente asumido, digámoslo, está a contrapelo de la adoración por el momento presente.
El matrimonio es un proyecto irrealizable sin amor.
Por esto y algunas otras razones es que pienso que en el contexto actual, el matrimonio supone una cuota considerable de heroísmo. El héroe es aquél que, pudiendo conformarse, trasciende su estado y quiere ser más desafiando la inercia. Esta idea se me hace muy aplicable a los matrimonios de hoy en día, que creen y no se resignan al lánguido escepticismo. Casarse y tener hijos, hoy, supone levar anclas y partir hacia la aventura cual Colón a la ancha mar.
En sus "Meditaciones del Quijote", Ortega y Gasset escribe: "¿Cómo hay modo de que lo que no es -el proyecto de una aventura- gobierne y componga la dura realidad? Tal vez no lo haya, pero es un hecho que existen hombres decididos a no contentarse con la realidad. Aspiran los tales a que las cosas lleven un curso distinto: se niegan a repetir los gestos que la costumbre, la tradición y, en resumen, los instintos biológicos les fuerzan a hacer. Estos hombres llamamos héroes. Porque ser héroe consiste en ser uno, uno mismo. Si nos resistimos a que la herencia, a que lo circunstante nos impongan unas acciones determinadas, es que buscamos asentar en nosotros, y sólo en nosotros, el origen de nuestros actos. Cuando el héroe quiere, no son los antepasados en él o los usos del presente quienes quieren sino él mismo. Y este querer ser él mismo es la heroicidad.
"No creo que exista especie de originalidad más profunda que esta originalidad práctica, activa del héroe. Su vida es una perpetua resistencia a lo habitual y consueto. Cada movimiento que hace ha necesitado primero vencer a la costumbre e inventar una nueva manera de gesto. Una vida así es un perenne dolor, un constante desgarrarse de aquella parte de sí mismo rendida al hábito, prisionera de la materia".
Para mi madre, que se animó a viajar al sur para vivir en un país exótico junto a un hombre a quien había visto un puñado de veces, y para mi padre, que desafió las expectativas para casarse con una rubia de Norteamérica, va este homenaje. Ambos se desgarraron un poco, al decir de Ortega, y emprendieron la aventura que ahora los premia con cinco hijos y trece nietos. Quisieron ser ellos mismos, y con su humanidad como bandera, hoy son héroes.
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20 de diciembre de 2008
TOTÓ Y EL REINO DE LA ALEGRÍA

Totó se ha ido ayer y nos ha dejado, paradójicamente, con una sonrisa en nuestros rostros. Cuando alguien deja los ropajes terrenales para partir a la eternidad, deja aquí sus valores, que heredan quienes lo despiden.
Mi tía siempre fue una dama de la alegría. El mismísimo día en que su larga despedida comenzó, la mencioné en este rincón a propósito del bosquecillo donde vivía un grupo oculto de enanitos.
Mi primer recuerdo franco de ella surge de uno de mis cumpleaños infantiles, tal vez cuando llegué a mi primera década. Escudado en mi inútil timidez, fui a soplar las velitas y Totó me estampó el rostro en la torta bañada en merengue. Mi mueca impotente de aquella ocasión se ha transformado en una ancha sonrisa al recordar la escena.
Quizás el mejor homenaje que pueda rendirle a mi tía sea un paseo imaginario por la quinta. Porque Totó y la quinta son lo mismo. Ese lugar matizó mis primeros quince años a tal punto que allí estuve a punto de perderme yo en la eternidad. Como me dijo mi padrino salvavidas, en la agridulce jornada de ayer: "La última vez que nos vimos fue en el fondo de una pileta".
La canchita de fútbol de la quinta fue el primer templo de mis liturgias futboleras. Allí llevábamos nuestra pelota naranja de plástico y ensayábamos pases mágicos con mi hermano y mi primo Carlitos, mientras Totó disponía las mesas del almuerzo y Tío Fernando hacía el asado. Recuerdo particularmente un centro de mi hermano, que impulsado por mi cabezazo en palomita terminó en el ángulo superior derecho. No jugábamos ningún partido, ni siquiera un "mete gol entra", pero lo recuerdo como un gran cabezazo, y debía tener diez años. Cuánta alegría me daba cambiarme en el cuarto de las raquetas de madera y salir corriendo hacia la cancha como si estuviera emergiendo del vestuario del Maracaná...
Ya he contado que en la quinta aprendí a andar en bicicleta, gracias a mi prima Dolores. Para subirme al viejo vehículo, ponía un pie sobre el estacionamiento de bicicletas e impulsaba un pedal con el otro, con el fin de tomar un poco de velocidad y hacer equilibrio. Entonces, cuando me lanzaba por el camino empedrado de la quinta y lograba dar una vuelta completa, la alegría era mi bandera.
Athos fue otro personaje de ese escenario, que representó para mí el primer perro amigable de mi biografía. Un cocker sociable y movedizo, muy diferente de otros anteriores que me habían tirado al suelo, no sé si por impulsivos o por agresivos ante el terror que me inspiraban. Recuerdo a un ovejero alemán que se abalanzó sobre mí y se me hizo una especie de monstruo cavernario. Los perros eran para mí, hasta que conocí a Athos, una subespecie de los basiliscos que a su sola visión, no me mataban pero me hacían llorar y temblar. Athos, en cambio, andaba siempre de acá para allá con sus patitas cortas, y podía acariciarlo un poco. Un día se fue buscando nuevas aventuras, por la zanja del costado de la cancha, y no lo vimos más. Athos era alegría pura en versión perruna.
Totó se ha ido, pero tras de sí dejó su alegría, la que veo en Tío Fernando y sus hijos, y sus nietos, que adoraba. Es la alegría que ella mamó en su propia familia, con mi papá, con Tío Paco y con Tío Carlos. La alegría que resistió a una guerra cruel y una desesperada fuga entre sombras, al exilio de su Barcelona querida a esta Buenos Aires nueva, y a la pérdida demasiado temprana de un padre cansado. La alegría que nosotros también hemos heredado y queremos regalarles a nuestros propios hijos.
Esta Navidad tendrá un aire de melancolía, pero todos sonreiremos y brindaremos y cantaremos, y Totó estará entre nosotros, en cada regalo, en cada oración y en cada broma.
Y en mi próximo cumpleaños, el merengue de mi torta brillará intacto, pero cuando nadie me vea me pasaré apenas un poquitín de él por la punta de la nariz, y un guiño de arriba caerá sobre mí, tiernamente.
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TEMAS: FAMILIA
31 de octubre de 2008
TÍO CARLOS
Resulta ser que entre los muchos regalos que mis padres me dieron estaba el Tío Carlos. Es decir, un tío que escribía de mil maravillas, leído y tan español como el Ebro o la Alhambra, al igual que su hermano Fernando, mi papá.
Carlos Duelo Cavero fue uno de los precursores de la comunicación empresarial en la Argentina, según me ha dicho más de un conocedor del rubro. Pero además de eso, y de ser uno de los fundadores de la Logia del Guiso, escribía colaboraciones en diarios como La Nación, La Prensa, El Cronista o Tiempo Argentino.
Mis primos tienen la colección de sus artículos y me he hecho de una pila de ellos, con el objetivo de compilarlos y digitalizarlos. Esta tarea me permite leer sus escritos y disfrutar de su prosa aguda y nutrida en torno a temas de los cuales, como vengo a descubrir ahora, también me he ocupado en este espacio. Hablo de Van Gogh, de Buenos Aires y de Cristóbal Colón, por citar algunos ejemplos. Claro está que no gozo de los recursos para dotar a estas líneas del rico vocabulario que él manejaba. Uno hace lo que puede.
Cuando tenía unos diez años, fascinado por los policiales de Agatha Christie, empecé a escribir un libro de misterio ambientado en el hotel de Pinamar donde solíamos pasar el Año Nuevo. A Tío Carlos le entregué mis folios para que los mirara, y recuerdo cómo le divertía el hecho de que usara apellidos anglosajones para mi proyecto de novela. Nunca terminé esa obra, pero conservo con afecto sus primeras setenta páginas, como testimonio de mi imaginación infantil.
Me gustaría homenajear esa presencia de Tío Carlos en mi biografía copiando en este rincón algunos de sus artículos, con el debido permiso de mis queridos primos, sus herederos. Por eso, amigo lector, te invito a pasar por acá uno de estos días para gozar de una lectura sana, finamente irónica y del todo provechosa. Si alguien conoce a mi tío a través de estas líneas, tendré otro motivo entre muchos para sonreir.
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TEMAS: FAMILIA, TÍO CARLOS
15 de octubre de 2008
9 de junio de 2008
29 de mayo de 2008
MI ABUELA CUPY
Un día de diciembre de 2001 llegué a Santiago de Chile con Paula. Lo que nos llevaba allí era mi presentación a su abuela adorada, como novio de la nieta menor. Otro sujeto me había precedido unos tres años antes, sin éxito. Yo no estaba ansioso, pero sabía que la palabra de la dueña de casa tendría un peso considerable en lo que yo traía en mis alforjas: volver a Buenos Aires con el anuncio de mi casamiento, que yo había decidido ya después de mi primera salida con Paula un año antes.
Así pues, entré a la casa y allí estaba, muy señorona y elegante, la Abuelita Cupy de la que tanto me habían hablado. La abrazó a Paula y me acerqué a la antesala de la cocina. Me dio un beso, me miró rigurosamente a los ojos y le sonreí. Eso fue todo: una vez que me hube alejado a la sala para dejarla sola con su nieta, se dio vuelta y le dijo a Paula: "Tú te tienes que casar con este muchacho". Al igual que Rosko, me había reconocido.
Yo no había tenido la fortuna de contar con abuelos que acompañaran el hallazgo de mi vida en el famoso colectivo. Paula, en cambio, me había hablado durante todo el año de su abuelo librero, Vicente Galaz, que se había marchado un par de años antes y la había dejado sumida en la tristeza. Y también me había anunciado que conocería a la otra mitad: la Abuelita Cupy, que vivía del otro lado de la cordillera con los recuerdos felices del marido que tanto la había cuidado y querido.
Desde aquel día en que por fin nos conocimos, la adopté como abuela y ella me adoptó como nieto varón, en un pacto tácito y feliz. Cocinó para nosotros día y noche, exultante de contar con un comensal que repetía todos sus platos y jamás le decía que no, aunque terminara durmiendo una pesada siesta en el sofá de la sala. Ya en la primera mañana, prácticamente me había obligado a tomarme tres o cuatro "cola de mono", singular aperitivo que yo nunca había probado y ella había preparado especialmente para recibirnos.
Con la Abuelita Cupy entré algo nervioso, un año más tarde, a la iglesia donde esa noche me iba a casar, mientras le explicaba que en la Argentina, la madrina de la novia (o sea, ella) debía esperar con el novio en la sacristía, en lugar de ingresar por el pasillo central como se hacía en Chile y quería ella.
Cupy disfrutó esa boda como una reina madre, resplandeciente de alegría y muy a gusto en su papel protagónico. Con sus 92 años, bailó hasta las tres de la mañana con una sonrisa permanente, muy serena, nunca estruendosa. Se había mandado hacer un vestido, que por supuesto no terminó de conformarla.
Un año y medio después nació la preciosa Sofía, y allá fue Paula, allende los Andes, a enseñarle a nuestra primera hija. Y detrás de ella fui yo, de sorpresa, en complicidad con la Abuela, que me abrazó feliz de nuevo en su casa.
Dos años después volvimos, con Valentina. Cupy se movía en silla de ruedas, y así la llevamos a pasear por el Mercado Viejo de Santiago, donde casi se me cayó de la silla cuando le erré el cálculo con el cordón de una vereda. "Esto no es lo tuyo", me retó. Pero paladeaba cada instante con nosotros, sus nietos y bisnietas, mostrándonos el lugar donde había vivido con Vicente mucho tiempo atrás y eligiendo su plato de mariscos en el restaurante. Una mañana la ayudé a caminar alrededor de su jardín unos minutos, y me sentí muy contento.
En ese viaje, que cada vez nos costaba más hacer, Paula se quedó con las chicas en lo de Marie-Chantal, la prima que tanto cuidó de la Abuela en estos años, y yo dormía en la casa con Cupy. Dos detalles de esa estadía me han quedado, el uno en la memoria, el otro en mi pecho.
El primero fue mi despedida de la Abuela, en la madrugada en que me marché solo al aeropuerto. En ese abrazo, en la quietud absoluta del alba, sentí que era mi último encuentro con ella. Tal vez Paula volvería con la prole, pero no podríamos pagar un pasaje para todos en los siguientes años. Le dije a Cupy que la iba a llamar cuando llegara a casa, que se cuidara y que la quería mucho, y no dijimos nada más. No era necesario. La dejé en penumbras, cerré su puerta lentamente y me fui.
El segundo detalle que me ha quedado de ese, mi último viaje para ver a la Abuelita, fue el objeto que me dio y cuelga de mi cuello cada jornada. Es la cruz que había usado su adorado Vicente a lo largo de su vida. Es la que me recuerda cada mañana que cargo con el legado que ellos me dejaron, en la pequeña oración que ella pronunció el día que me la colgó solemnemente ante los ojos de Paula.
Hace un mes, después de la llegada de Pedrito, la buena hermana Karin, que había venido de Hamburgo, invitó a Paula y los tres pequeños a ir a Chile una vez más, a ver a la Abuela, que estaba ya muy pachucha. Me quedé en Buenos Aires, porque no teníamos el dinero para que yo fuera y había que preparar el bautismo de Pedro, que sería en dos días. Cupy me lo reprochó por teléfono, pero traté de explicarle que realmente no había podido ir. Y sentí que ella tenía razón, que yo debería haber ido aunque fuera en micro, pese a saber que era racionalmente imposible.
Hace una semana fue Sofía la que me dijo que yo "tenía" que ir a Chile a ver a la Abuelita. Nuestra hija mayor tiene cierto don para anunciar cosas, como cuando afirmó muy tranquila que Paula estaba embarazada y que era un varón. Esta vez me llamó la atención su insistencia en el tema del viaje a Chile, pero pasé de largo. Y el domingo, de repente y de la nada, se me vino la Abuela a la cabeza. Nada dije a mi mujercita. En la madrugada del lunes sonó el teléfono, el que siempre temíamos.
Cupy fue mi abuela adoptiva, y sonríe sabia en recuerdos felices que no mueren nunca. Su vida no fue color de rosa ni en sus inicios ni en su epílogo, y sin embargo exprimió cada gajito de alegría y sobrellevó cualquier contratiempo que le fue dado con una firmeza a toda prueba. Ayudó a Paula a crecer en días complicados, y me ayudó a mí a ser lo que Paula necesitaba que fuera.
Ahora que la Abuelita ha concluido su larga labor y se ha retirado, Chile ya no es Chile y el pisco sour ya no sabe tan fresco. Pero alguien sonríe, porque la esperaba y ha vuelto a verla, y pasea con ella de la mano, silbando bajito y arrojando migas a los pájaros mientras ella se arregla coqueta el peinado.
Mientras tanto, Paula y yo nos hemos quedado con el alma a media luz, aunque sepamos que no hay tiempo para lágrimas y tres hijos nos reclaman con su sonrisa infantil. Entonces sentimos que una fuerza nueva nos viene de adentro y nos ponemos a jugar con ellos, serenos y alegres: allí está, en nosotros, la eterna Abuelita Cupy.
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El Bambi
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