En este tan querido blog en el que hace ya varios años vengo derramando reflexiones y sentimientos, quiero dejar un video que refleja el momento en el que al fin llega uno a ese horizonte que parecía tan lejano, pero que al llegar vuelve a alejarse.
Porque el horizonte es una meta que invita pero no se deja alcanzar nunca y renueva desafíos, juega con las promesas y las vuelve irresistibles.
Es entonces cuando las tormentas y desiertos superados se renuevan también, y volvemos a empezar un camino hacia otro horizonte. Con todos esos caminos dibujamos nuestra vida. La biografía de cada quién tiene rincones secretos, que solo su protagonista conoce íntimamente.
Solo tú sabes lo que reíste y lloraste en esos recovecos.
El inigualable Serrat lo describe muy bien en esta canción que figura entre mis favoritas de su repertorio.
1 de junio de 2012
LLEGAR AL HORIZONTE
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TEMAS: FILOSOFÍA CASERA, MÚSICA
25 de enero de 2012
¿QUÉ ES SER INTELIGENTE?
A menudo me pregunto si tal o cual persona es realmente tan inteligente como dicen a su alrededor. Antes de exponer mis razones para esta duda, aclaro que estas líneas constituyen casi un divertimento, por lo cual no deben ser tamizadas con una exigencia intelectual demasiado alta. No hay aquí apelaciones a argumentos de autoridad como podrían ser nuestros viejos amigos Aristóteles, Borges o Chesterton, personajes que han sido frecuentes protagonistas de este espacio.
El autorretrato de Leonardo que ilustra estos apuntes viene a significar lo que quiero expresar: un hombre puede ser un genio artístico a la vez que un inventor único, pero en él encontramos, a poco de leer la biografía novelada que le dedicó Dimitri Merezkovski, una inconstancia en sus propósitos que nos hace dudar -con perdón de la insolencia- de su condición de genio. O quizás la excentricidad, la falta de apego a las convenciones, la tendencia permanente a ir por caminos inexplorados, definen al genio.
Leonardo buscó nuevas vías, y quiso también sentirse útil y poner la ciencia al servicio de la vida cotidiana, diseñando un equipo de buceo o una nueva herramienta bélica contra los turcos, estudiando la percepción del ojo, observando las ondas provocadas por una piedra arrojada al agua o bosquejando un helicóptero, entre muchas otras inquietudes que rondaron su inteligencia y su imaginación. Fue un genio, qué duda cabe, que también dejó recetas de cocina.
Paul Johnson, en su obra "Intelectuales", describe las personalidades de Marx, Rousseau, Sartre y Tolstoi, entre otros. Los baja del pedestal y los ubica en un lugar de hombres comunes, con debilidades que los hacen más humanos y lejos de idolatrías. Fueron muy inteligentes, pero tuvieron su talón de Aquiles.
Ahora bien, en muchos casos de personas muy inteligentes, suele ocurrir que la inteligencia emocional es su costado débil y los mete en problemas de los que salen con dificultad, y tal vez con la ayuda de inteligencias más modestas. En cerebros más dados a los números, las letras suelen rehuirlos, y otras personalidades que planean alto en términos de resolver problemas se encuentran en un atolladero cuando tienen que manejarse en público para comunicar aquello que han pensado o resuelto.
Yo creo que las inteligencias son muchas, y es muy difícil reunirlas a todas en una sola persona. Hay una inteligencia emocional que se adapta a los ambientes y prójimos que halla alrededor, y también a sí misma. Hay una inteligencia numérica, que tiene una facilidad asombrosa para resolver dilemas matemáticos a la vista de nosotros, los comunes mortales. Hay una inteligencia gramatical, capaz de expresar pensamientos y emociones, y detectar errores en las elaboraciones ajenas en menos que canta un gallo. Y hay más.
En todas las inteligencias está la verdad. Ella es la que manda. Verdad, Bien y Belleza constituyen la santísima trinidad de este mundo, la que todos ansiamos descubrir día a día. Los que creemos que existe y aun también los que creen que todo es relativo y nada es absoluto, ni lo bueno, ni lo bello ni lo verdadero.
¿Qué es ser inteligente? Alguien que lo sea más que este humilde escriba podrá responderlo con más autoridad.
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TEMAS: FILOSOFÍA CASERA
25 de agosto de 2010
40
Para muchas personas cumplir 40 años es llegar al entretiempo de la vida, a un estado en el que la propia biografía promedia y obliga a replanteos vitales, a balances que irrumpen, impostergables, e incluso a depresiones autocompasivas.
Para otras personas, cumplir 40 años exige un elocuente homenaje a la majestad del número redondo, un festejo por si acaso en las puertas de la melancolía por la dorada juventud que se aleja para ceder el paso a una madurez reposada, a la placidez de las certezas, aunque la verdad sea que las dudas hostigan esa frontera entre la gozosa irresponsabilidad y el compromiso autoimpuesto en aras de una felicidad buscada en otros rostros.
Yo creo, como ya he escrito antes, que la melancolía puede ser un sentimiento positivo cuando marcha acompañado de una mirada esperanzada hacia el futuro. Contemplar el pasado y concluir que lo hecho es mucho y que ha sido disfrutado en su justa medida y a su debido tiempo, permite soñar con nuevas metas que algún día también llegarán a ser nuevos recuerdos, y acariciarán el espíritu como hoy lo hacen las brisas de tiempos que se fueron.
Lo que fuimos, y lo que hicimos, moldearon lo que somos. En la alegría, y aún en el dolor, siempre estábamos creciendo, aunque nos resistiéramos a ello. Los 40 años pasaron, los bebiste trago a trago y los disfrutaste en la medida en que pudiste, originales y únicos.
Cada puesta de sol trae nuevas estrellas. Cada amanecer deja tras de sí una noche de serena espera.
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TEMAS: FILOSOFÍA CASERA
17 de julio de 2010
LA MELANCOLÍA Y LA REALIDAD
El amigo lector de este modesto espacio reconocerá en su autor a un melancólico irreparable. De hecho, ya he escrito unas líneas sobre el tema, en defensa de ese sentimiento tan particular que mezcla tristeza y alegría en dosis iguales, o debería hacerlo. Ahora voy a reforzar aquello.
Los días y sus noches nos presentan ocasiones de melancolía permanentemente. Por ejemplo, hace poco me topé con un artículo de mi Tío Carlos -celestial columnista de La Bonita Prensa-, una nota que no había leído en la cual se refería con habitual gracia a la raza de los fumadores. Invito al visitante a leerla.
A raíz de ese hecho, y de una reunión de trabajo con una persona que había trabajado con mi tío 25 años atrás, vi pasar ante mí varias imágenes de esos años en que este adolescente hacía los deberes del colegio escuchando La Oral Deportiva, se tomaba exámenes de ciencia futbolera con el Nono y jugaba al fútbol en el Monumental de Guido, el patio de Arturo en el que corríamos hasta que no había luz.
El otro día, mientras engullíamos una pizza en La Guitarrita, mi amigo Chipi me dijo que uno tiene más conciencia del paso del tiempo en la medida en que va haciéndose mayor. Yo le respondí que mi inminente cumpleaños de 40 no cambiaría nada de mi forma de ver la vida, dado que a fin de cuentas es una convención ideal para celebrar pero no más que eso. En lo demás, el tiempo, estoy convencido, es relativo a lo que contemplamos al mirar el pasado y sentirnos satisfechos -o no- con lo hecho.
"Tú no has perdido el tiempo", me dijo Fernando Gálligo desde Madrid al llamarme luego de la gran consagración de España en el Mundial. En diez años me casé, tuve tres hijos, tengo mi hogar propio, he podido estudiar lo que soñaba y tener el trabajo que buscaba. Esto me hace feliz, debo decirlo, y el hecho de gozar de un presente amigable no me impide añorar un pasado lleno de sonrisas... y también de tristezas que fueron cimiento de aquellas. Mientras tanto, pergeño nuevas metas, esquinas de sueños en las que me quiero tomar otra birra con la vida, y con los que quiero. Hay que buscar siempre más, disfrutar lo que hay -que es mucho- y dialogar con lo que fue.
¿A qué quiero llegar con todo esto? A que se puede disfrutar el presente y aguardar el futuro con esperanza mientras contemplamos el ayer que nos nutrió, nos hizo lo que somos y nos hizo madurar -si es que efectivamente lo hemos hecho-. No creo en ese pragmatismo frío que se ríe ante la supuesta debilidad del melancólico. La figura vangoghiana del doctor Gachet me despierta la mayor de mis simpatías, porque pese a su aparente tristeza insinúa una gota de alegre resignación por lo que no pudo hacer o hizo mal.
Se puede estar atento al diario de hoy, sin tenerle miedo a esos recuerdos que nos acarician, ya desprovistos de la lluvia y la sangre que los hicieron salvajes en algún instante superado, cuando perseguíamos la gloria.
Los recuerdos son instantes que han perdido la cáscara amarga, y nos regalan lo que quedó, esa pulpa jugosa y llena de sabor, lo mejor de la fruta. Todos evocamos aquella noche en que las cosas salieron decididamente mal y el cielo se nos llenó de agua, cuando el reloj se detuvo en la memoria pero por suerte marcaba solo el tiempo de un espejismo. Los espejismos, afirmo, no están solo en los desiertos, también en medio del paraíso.
Cuando asumimos eso es que podemos escuchar a Serrat cantando "Aquellas pequeñas cosas", y dejar que alguna lágrima asome y una mueca irrumpa, contrabandeando una emoción que, como la albahaca o el romero, aderezó nuestra biografía en alguno de sus banquetes.
Hagámonos amigos de nuestros recuerdos, porque ellos mismos nos ayudarán a esculpir el presente, gota a gota, risa a risa, del corazón a la cabeza.
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TEMAS: FILOSOFÍA CASERA
1 de mayo de 2010
EL DESTINO Y LA LIBERTAD
No estoy del todo de acuerdo con aquella frase sobre los sueños que se cumplen a fuerza de ser tan deseados, porque su interpretación ofrece campo para la pasividad y la tregua eterna con los obstáculos.
Es muy gratificante saber que la alegría de la que puede disfrutar quien compone estas líneas sea un producto directo -digámoslo sin modestia esta vez- de un esfuerzo silencioso, que hoy da su fruto y pide ser proclamada en un mundo a veces hostil. La suerte siempre juega, aunque no nos pongamos de acuerdo sobre su verdadero rostro. ¿Es el de un Dios que todo dispone y todo ve? ¿Es el azar, con leyes propias? ¿El hombre construye su propia realidad, como arriesgó el irlandés Berkeley y dibujó Borges en "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius"? ¿Estamos predestinados por nuestra materia prima, cual delincuentes de Lombroso?
Yo intuyo –no me atrevo a usar el verbo "concluyo", porque la Fe no es racional aunque pueda tender puentes con la razón- que existe un equilibrio insoslayable entre nuestra libertad y la Providencia. Que el Jefe nos pide y nosotros decidimos si seguimos en su compañía o no. He creído escuchar muchas veces "Te lo dije" a lo largo de la vida, cuando se cumplían las profecías que la consciencia –quizás la parte del ser más conectada al mundo que trasciende este mundo- había anunciado sin pedir permiso, en voz baja y con la prepotencia de la verdad. "No sabes esperar, esto ocurrirá", me decía inmutable. Y tiempo después, callaba generosa cuando yo tropezaba con su sombra en medio de la realidad anhelada.
Me dirá el amigo lector: ¿Qué hay entonces de esa libertad de la que tanto me hablan? Pues bien, esa libertad consiste en la decisión de aceptar o no los planes que tienen para nosotros. Siempre estamos a tiempo de decir que no, de buscar un universo libre de sentencias molestas e incómodas para un sistema de vida desligado de ellas.
El verbo "aceptar" no goza de alta estima hoy en día. Parece imponer ciertos límites a un mundo que no los quiere y cree que el hombre debe ser todopoderoso, o darse cuenta de que ya lo es. En todo caso, lo que deberíamos aceptar, de Nietzche a esta parte, es a "este forastero que llama a la puerta, el más horrible que hayamos visto". Es decir, el modernísimo visitante que proclama la muerte de Dios y propone un nihilismo absoluto. En esta concepción, nos quedamos solos con nosotros mismos porque no hay nada más allá de nosotros. Por mi parte, prefiero compañía, y creo en ella.
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TEMAS: FILOSOFÍA CASERA
16 de septiembre de 2009
SOY MI BLOG
En eCuaderno, José Luis Orihuela publicó un excelente decálogo sobre los blogs. Hay muchos textos de este tenor y formato dando vueltas por ahí, pero éste me gustó y pensé en traerlo a estas playas para el amigo lector que aun se siente algo desorientado con respecto a qué es un blog. Si bien no abarca los blogs que son pensados para un fin comercial (que también los hay, y muchísimos), la nota identifica bien a quien escribe algo con pasión y se ve reflejado en los textos que va acumulando tras meses de corretear sobre el teclado. Es el caso de este servidor.
Rescato el punto del decálogo que más me gustó. Es el último de los diez:
"10 - Un blog es la voz particular de alguien. Un blog es el estilo de su autor, sus puntos de vista, sus preferencias, sus manías y sus gustos. Un blog es la proyección de una persona en la red, es una identidad que se va construyendo y expresando con retazos (enlaces, textos, vídeos, imágenes). Los blogs son personas que nos proponen una conversación".
El día que empecé este blog, no sabía muy bien dónde terminaría ni adivinaba la infinidad de temas sobre los que ya he escrito, pero puedo decir que de tanto en tanto se me da por releer sus contenidos y me veo como en un espejo.
Alguna vez le dije a alguien: "Yo tengo un proyecto y soy ese proyecto". De la misma manera, podría aplicar la sentencia a este manojo de reflexiones y afirmar: "Yo tengo un blog y soy ese blog".
Amigo lector, allí en esa silla donde te sientas cuando me lees, sabes más de mí que muchos de los que conocen mi rostro, mi nombre y apellido.
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TEMAS: FILOSOFÍA CASERA
11 de agosto de 2009
REALISMO E IDEALISMO
"Some see things as they are and ask why. Others dream things that never were and ask why not." (George Bernard Shaw)
Traducción: "Algunos ven las cosas como son y preguntan por qué. Otros sueñan cosas que nunca fueron y preguntan por qué no."
¿A quién le haces tus preguntas, amigo lector?
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TEMAS: FILOSOFÍA CASERA, LETRAS
13 de enero de 2009
LA CULTURA ES DIVERTIDA
En el suplemento ADN de La Nación publicaron una interesante nota sobre el aburrimiento. Curiosamente, aparece allí la melancolía -a la que me referí la semana pasada- como un sentimiento similar al aburrimiento, y aunque la autora los distingue, la diferencia no queda del todo clara.
"Mientras que la melancolía hunde sus raíces en una tradición aristocrática, asociada a la sensibilidad y a la belleza, el aburrimiento es un descastado", dice Diana Cohen Agrest. No entiendo muy bien qué tiene que ver un sentimiento con una analogía de clase.
Más allá de esto, creo que el aburrimiento está relacionado con la pérdida de un sentido cabal en nuestros actos. Vale decir: cuando no sabemos bien a dónde vamos, hay días en que el tedio nos somete a su insoportable pregunta: "¿Y entonces qué podemos hacer?". La cultura es la respuesta. Es ella la que colorea nuestras vidas, ya sea si le llamamos "evasión" o "cultivo".
El hombre culto que conoce su ciudad no se aburre nunca en ella. El que tiene una cultura de las relaciones humanas siempre encuentra un cierto placer en el arte de la conversación y la observación de la naturaleza humana. Quien ha mamado una cultura del deporte, admira a todos ellos. Y así podríamos seguir.
Aburrirse es más difícil que divertirse.
No me extiendo más, dejo al amigo lector con la nota que ha motivado estos amagos de reflexión.
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TEMAS: FILOSOFÍA CASERA
8 de enero de 2009
DEFENSA DE LA MELANCOLÍA
El otro día alguien que lee este blog me dijo que yo era melancólico, porque siempre recordaba (y añoraba) cosas del pasado. Vamos a ver si ser melancólico, pues, es bueno o malo.
Según el Diccionario de la Real Academia Española, la palabra "melancolía" significa: "Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada". De acuerdo a esta definición, quien esto escribe sería un ser aburrido, indolente, apático ante los placeres y aconteceres de la vida. Con la autoridad que me da el conocer a quien esto escribe mejor que nadie (o al menos eso creo), debo decir que la melancolía no es una cualidad que se corresponda conmigo.
Vamos más allá a ver si hallamos otra definición que se acerque a lo que aquella persona quería decir. Según el Diccionario Insólito de Luis Melnik, el origen etimológico de la palabra "melancolía" es "bilis negra". Ésta era una de las cuatro sustancias o humores que, de acuerdo a las teorías del medioevo, por su preponderancia determinaban el estado físico y mental de las personas. El exceso de "melas", negra, y "khole", bilis, causaba depresión y tristeza. Nuevamente debo decir que esta definición tampoco coincide con la personalidad de este servidor.
Seguramente estas definiciones, con ideas parecidas, eran las que tenía el impresionista (aunque hay quien niegue que lo fuera) y pintor de bailarinas Edgar Degas cuando creó y tituló la obra "Melancolía", que ilustra estas líneas.
Existe un ensayo atribuido a Aristóteles llamado "El hombre de genio y la melancolía", que también se dice fue escrito por un discípulo suyo, Teofrasto. Dado que entre las muchas lecturas que me falta cumplir está la de este librito, no hablaré de él y tan solo lo menciono como referencia sobre el tema.
Si por melancólico se entiende el tener un fresco recuerdo de épocas pasadas, felices o no tanto, entonces me declaro melancólico. En todo caso, quien tiene la fortuna de poseer buena memoria está a un paso de ser melancólico, si aprovecha esa condición para solazarse ante el recorrido imaginario por situaciones, rostros y etapas que le proveyeron alegría y, por qué no, felicidad en el ayer. Eso no significa que el memorioso descuide el presente o el futuro, o que viva deprimido y cantando tangos por la vida que se fue como el agua entre los dedos. Por el contrario, al traer esos recuerdos al hoy, la melancolía alimenta el día de la fecha con pan de otras temporadas y predispone favorablemente al ser humano para lo que se viene.
El hombre es, se me ocurre, el único animal que tiene el privilegio de manejar de manera autoconsciente sus recuerdos, sus sentimientos y sus proyectos. Vale decir: así como podemos tener un buen momento al recordar un momento feliz, también podemos gozar por anticipado con la ilusión de un instante que llegará en el futuro más o menos próximo. Un día, poco antes de casarme, pasé con mi hermana por el salón donde iba a ser la fiesta de mi casamiento y me sonreí; entonces ella me dijo: "Te emocionas antes de que haya pasado". Y es que el hombre puede gozar de un momento también antes de que éste ocurra. Siempre, siempre, tenemos por delante algo que nos hará sonreír más de la cuenta: una visita, un viaje, un nacimiento, un regalo o lo que fuere. Es una especie de melancolía hacia delante, que para los creyentes trasciende incluso las fronteras de esta vida.
Si la melancolía se tiñe de depresión, ahuyentémosla, pues. Pero si nos fabrica una sonrisa en medio de una jornada cualquera, sea ésta alegre, triste o rutinaria, entonces que sea bienvenida y, más aún, estimulada. Tal vez en esta época en la que parece que lo único que importa es el momento presente, la sensación y la experimentación de todo, mi postura suene un poco descolocada. Pero finalmente, suenan los "revivals" de música ochentosa en las discotecas, y la melancolía se adueña de esos presentes absolutizados.
Sobre esta deificación del presente, pueden venir bien las palabras de Séneca en sus Diálogos: "Es propio de una mente segura y tranquila discurrir por todos los momentos de su vida; en cambio, el alma de los ocupados está como sometida al yugo y no puede volverse y mirar hacia atrás. Su vida se sumió en lo más profundo y, así como por más que ingieras nada aprovecha si debajo no hay recipiente que lo reciba y lo conserve, así de nada sirve el tiempo que se te dé, si no hay dónde se deposite: se escapa a través de las almas rotas y agujereadas".
Como posdata de estas reflexiones echadas sin demasiado método, dejo aquí una canción de Serrat que me despierta melancolía a mí y, espero, al amigo lector.
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TEMAS: FILOSOFÍA CASERA
31 de diciembre de 2008
CHAU 2008, GRACIAS POR TODO
El año pasado, en este mismo día, había hecho un recorrido por la música que habíamos incorporado a nuestro patrimonio cultural en el 2007. Podría hacer lo mismo ahora, pero llego tan cansado a esta fecha especial que no me quedan energías para sistematizar esas adquisiciones por escrito. En cambio, me permito un ramillete de reflexiones.
Este año nos ha dejado sin la Abuelita Cupy, sin Totó y sin nuestra vieja amiga Perla, que bien habría disfrutado si hubiera podido conocer a la gran novedad del 2008: Pedro Felipe. Pedrito, nuestro tercer hijo y primer varón, es quien me observa tostada en mano, mientras recorro el teclado presuroso porque tengo que bañarlo para ir a festejar el año que se nos viene. Por allí se dejan oir unas vocecitas: son Sofía y Valentina, que intercambian libros o juguetes para llevar a lo del Tío Fernan, mientras su mamá duerme exhausta la última siestita del año, un lujo que yo no podré darme.
En estos días, las personas parecen más buenas, aunque más no sea porque tienen más feriados disponibles. Se sonríen, se desean buena ventura y se acercan mostrando facetas quizás desconocidas en un tiempo más rutinario.
El año que se va, que alguna vez fue el que llegaba, nos deja con algunas metas sin cumplir, con sorpresas que no deseábamos y otras que sí, y con un balance que nos obliga a mirarnos a nosotros mismos para brindar con nuestro espíritu, perdonarnos y felicitarnos por lo que hicimos bien, poco o mucho.
Entre las muchas cosas que solemos desear al otro en cada año nuevo está la paz. Ella está más cerca de lo que quizás suponemos. Se esconde allí, con los que nos dejaron en el año que pasó, y en los ojos de los que llegaron a nuestras vidas. Es la paz del alma, la que se asienta en la certeza de haber hecho todo lo posible y haber sido fieles a nuestra naturaleza. Cuando hacemos lo que el ser nos manda, nos acercamos a la perfección que nos estaba destinada en el día en que nacimos. No somos perfectos, pero sí perfectibles.
El año que termina se va siempre con una sonrisa del tamaño de nuestras luchas. Tal vez no hayamos logrado todo lo que queríamos -quizás porque no lo queríamos lo suficiente- pero la serenidad de espíritu reside en saberse cansados, exhaustos, agotados de haber dado todo lo que podíamos para responder a nuestras metas y nuestros sueños. Allí nace la sonrisa genuina que nos brota cuando chocamos nuestras copas con el prójimo.
Feliz 2009 para todos ustedes, los lectores que llegan a estas costas en busca de un rato de solaz. Esta noche, mi copa también chocará con la de ustedes.
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TEMAS: FILOSOFÍA CASERA
14 de septiembre de 2008
PIRATAS AL ABORDAJE
El diario La Nación de hoy publicó en tapa una nota sobre el hallazgo del tesoro hundido en el naufragio del buque en el que Carlos María de Alvear, uno de los propulsores de la independencia argentina, venía con su familia a estas tierras del Plata, proveniente de Europa. La nota es muy interesante y no me referiré a ella, será mejor que el amigo lector la vea por sí mismo.
El naufragio ocurrió cuando unos buques ingleses atacaron a las naves españolas, y especialmente a aquella en la que iba la familia de Alvear, la "Mercedes". El prócer argentino, luego enemigo de San Martín para sus planes libertadores, salvó su vida junto a su padre debido a que providencialmente se encontraba en otro navío de la formación, la "Medea". Su madre y hermanos (seis) murieron en el ataque cuando la "Mercedes" saltó por los aires ante los ojos del padre de familia, don Diego. Padre e hijo fueron hechos prisioneros junto con otros como Tomás de Iriarte, y los ingleses les devolvieron el botín que les había sido hurtado: doce mil libras. Este detalle, que no está en la nota de La Nación, es narrado por Miguel Ángel Demarco en el primer capítulo de "Soldados y Poetas", donde cuenta la trágica pérdida de la familia Alvear. Demarco también ha escrito sobre el general Iriarte en La Nación.
Este relato de batallas navales me trajo a la memoria las historias de piratas, más sangrientas pero también más románticas, que ilustró Daniel Defoe en "Historias de Piratas", un libro que mi hermana y mi cuñado me regalaron hace ya 19 años, en la Navidad del 89.
El pirata que siempre despertó mi admiración fue, como les sucede a tantos, Sandokán, el Tigre de la Malasia, el personaje de Emilio Salgari que combatía a los ingleses en las costas del Sudeste asiático y Borneo, donde vive, justamente, un inglés que me mandó un libro de Dostoievski desde Brunei.
Sandokán ocupó mis lecturas más tempranas, una, dos y tres veces, en todas sus andanzas, y también se asomó al televisor de casa cuando pasaban la miniserie que protagonizaba, entre otros, Adolfo Celi, un actor italiano que conocía mi papá y personificaba al malvado James Brooke, un personaje interesante. Con la lectura de "Los Tigres de la Malasia", "Sandokán" y sus continuaciones, mi imaginación fluía mágicamente y adivinaba los rostros de Yáñez, Sambigliong, Kanmamuri, Sabau, Patán o Tremal-Naik -además de la dama en cuestión, Mariana- y los contornos de las cimitarras con las que abordaban los barcos británicos.
"El Corsario Negro" fue otro personaje de Salgari que pirateaba las costas del Caribe y asombraba a los lectores juveniles como quien esto escribe.
Los piratas, seamos realistas, no fueron seres tan magnánimos y románticos como los pintan los artistas. Y muchos de ellos se vendían al mejor postor. Pero la leyenda sobre su arrojo y su amor a la libertad es atractiva a los ojos de la naturaleza humana. Serrat lo canta bien en "Una de Piratas". Y seguramente los hubo como el Tigre de la Malasia, cuyo Sancho era el portugués Yáñez, más cerebral.
Los piratas representan, quizás, el ideal de la vida libre al aire libre, con la sola ley de los ideales. Su simbolismo los ha trascendido y han pasado a ser un concepto, y un poema sobre la libertad. Su lugar en la Historia se ha construído a sangre y fuego, y en la imaginación de todos nosotros han hallado un refugio sólido y seguro donde proteger su exhausta humanidad de la racional maledicencia.
Tal vez el mensaje legado por los piratas que imaginamos es el siguiente: Demasiada razón intoxica, y en menos de un suspiro la tormenta arrecia. Vayamos, pues, al abordaje de nuestros sueños aunque sea en lucha desigual. En el fondo del mar embravecido, un tesoro nos espera mudo y paciente. La cabeza nos dice cómo hacerlo, pero la pasión nos lanza.
Ya lo dijo San Martín, adversario noble de Alvear: "Serás lo que debas ser o serás nada".
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TEMAS: FILOSOFÍA CASERA, HISTORIA, LETRAS
24 de agosto de 2008
BORGES Y EL TRUCO
Hoy, 24 de agosto, se cumple un nuevo aniversario del nacimiento del que fue, en mi modesta opinión, el escritor más grande que ha dado la Argentina: Jorge Luis Borges. Me he sentido identificado con esta definición tan simple de felicidad que nos dejó:
"Es cuando la baraja nos privilegia con el as de espadas en una partida de truco".
El ancho de espadas es la verdad pura, no hay mentira que pueda con él en un canto falso. Con él en mano, sabemos que la tercera será nuestra.
Pero eso sí, no solo basta con la carta imbatible. Para ganar la mano, hay que saber hacerlo. Y quererlo.
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TEMAS: FILOSOFÍA CASERA, LETRAS
6 de agosto de 2008
LARGAR LOS PAÑALES
Desde ayer, nuestra hija Valentina ha decidido empezar a dejar los pañales. Su rostro después de ir al baño y hacer lo que tenía que hacer sin necesidad de depositarlo en el blanco accesorio estaba iluminado por la alegría de comunicarnos que lo había logrado, que si ella quería podía gobernar su naturaleza digestiva.
A raíz de este éxito hogareño de nuestra segunda hija -que augura un ahorro considerable de billetes- se me ocurre pensar que estos pañales que Valentina va dejando en su pasado de bebé no son los únicos que deberá superar en su vida. Todos tenemos -cada uno en su medida y sentido- distintos pañales que vamos dejando -o no- por el camino. En mi caso, por ejemplo, el carnet de conducir es una asignatura pendiente que aprobaré en los próximos días, tal como ha hecho mi hijita con su pañal: seguramente podría haberlo hecho antes, pero me he tomado mi tiempo.
Mis hermanos se sorprenderían al saber que retengo varios consejos o sentencias que me han ido regalando a lo largo de los años. Una de las frases que recuerdo de mi hermana mayor, María Fe, es la siguiente: "A veces las barreras son mentales". Es decir, no existen en la realidad, son solo una invención de nuestra cabecita que se refugia en el statu quo, en el temor al cambio, en la pereza o en vaya uno a saber qué.
Siempre vienen a mi memoria las tardes en que mi prima Dolores, con infinita paciencia, me enseñó a andar en bicicleta. Yo pedaleaba a lo largo del camino y ella corría atrás, sosteniéndome en mi andar. Así me engañaba yo, pensando muy tranquilo que ella me resguardaba de posibles y probables caídas. Mi seguridad desapareció cuando un día me di cuenta de que ella se había detenido unos metros atrás y ya no sostenía la bicicleta: yo era el único que la impulsaba. Por supuesto, me fui directo al piso, con las consiguientes heridas en rodillas. Pero lo había hecho: había andado unos metros solo, sin pañales. Ese día aprendí a andar en bicicleta.
Mencionemos un par de casos: Para algunas personas, hablar en público es un desafío que no pueden superar, y se aferran al pañal de la charla a solas, o por escrito, o de cualquier otra manera que les evite enfrentar a un grupo de prójimos mirándolas. Para otras, algo tan breve y tan difícil como expresar verbalmente un sentimiento puede ser motivo de una batalla interna llena de oportunos pañales: el silencio, el humor escapista, la agresividad o la aparente indiferencia, por nombrar solo algunos.
Las barreras que nos cuesta superar pueden adoptar formas múltiples, pero la lista de pañales que sirven para eludir el intento, aunque extensa, es conocida: son garabatos que hace la personalidad de cada quién, excusas insostenibles pero inexpugnables si su dueño no desea tomar riesgos.
Eso sí: cuando miramos a la vida de frente y decidimos de una vez hacer lo que tenemos que hacer, el pañal cae rendido y ya inútil. Sí, a veces las barreras son mentales.
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TEMAS: FILOSOFÍA CASERA
21 de mayo de 2008
EL VALOR DE LAS RENUNCIAS
En la vida, una persona se topa inevitablemente con encrucijadas donde se ve obligada a elegir entre dos rumbos. No es necesario pensar en grandes cosas: al ver el menú del restaurante y elegir un plato, estamos dejando de elegir el resto. Cuando llamamos por teléfono a un amigo y le dedicamos diez minutos de conversación, quedan para otro momento (o para nunca) la llamada a ese otro que también nos espera, o el final de un capítulo en el libro amigo, o diez minutos más de siesta.
Los economistas usan una expresión que en cierta manera refleja estas disyuntivas: el "costo de oportunidad", que no es otra cosa que lo que dejamos de ganar por hacer otra cosa. Es decir, si yo elijo invertir en un plazo fijo, dejo de ganar lo que me daría ese dinero colocado en, por ejemplo, acciones. Si hemos tomado esa decisión, por supuesto, ha sido porque creemos que con el plazo fijo nos irá mejor que con las acciones. Cuando pasamos un pedido de honorarios, también estamos aspirando a ganar lo que podríamos ganar si hiciéramos otra cosa. Y cuando ahorramos, renunciamos a un consumo presente. No es el único factor, pero es muy importante.
En la vida ocurre lo mismo. Cuando tomamos una decisión nos atenemos a todas las consecuencias de ella, las buenas y las malas. De aquí viene esta pequeña disquisición sobre el verbo "renunciar". Cuando tenemos hijos renunciamos, entre muchas cosas, a una gran parte de nuestro tiempo libre, a una buena cantidad de siestas, y a cierto dinero que podríamos usar para comprarnos discos o libros y ahora invertimos en su educación.
En este mundo posmoderno e individualista, muchas personas no resisten el verbo "renunciar". Quieren todo, porque el sistema lo promete todo. No aceptan, sino que exigen más y más, y todo al mismo tiempo. El orden de prioridades se trastoca y lo superficial pasa a ser algo imprescindible para ellos. La escala de valores se vuelve "light", con una frivolidad a la carta. Es el reino del momento.
La renuncia duele, pero su recompensa es grande. El hombre quiere todo ahora, porque así es su naturaleza, pero la apuesta al futuro también vale, y en su nombre es que dejamos de hacer ciertas cosas. Se trata de tener mucha paciencia y proyección al futuro, con las lecciones que nos ha dado el ayer.
La fábula "La Cigarra y la Hormiga" es un ejemplo de lo que digo (Samaniego también la escribió en verso). La primera se gastaba todo su capital mientras la segunda almacenaba comida para el invierno y renunciaba al despilfarro del puro presente. Cuando el frío llegó, la cigarra fue a pedirle alimento a la hormiga, y ésta le dijo burlonamente: "Baila ahora como lo hacías cuando yo trabajaba". No me simpatiza esa actitud de la hormiga, aunque comprendo su revancha frente a una cigarra vaga y atorrante.
Queramos o no, todo el tiempo estamos renunciando a algo. Y por eso, renuncio a seguir escribiendo para dedicarme a hacerle morisquetas a Pedrito.
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TEMAS: FILOSOFÍA CASERA
3 de marzo de 2008
TRABAJAR UN DOMINGO
Pisar el microcentro porteño en una tarde lluviosa y oscura de domingo no es recomendable para temperamentos depresivos. Poner la llave en la cerradura de la oficina y entrar a ella en el silencio más vacío y solitario es lamentable para espíritus inquietos. El click de la computadora que se despereza suena como una risotada cruel de ese monstruo sin rostro llamado sistema.
He trabajado varios domingos en lo que llevo recorrido de mi vida laboral, pero no he podido acostumbrarme a ir a trabajar en remera y zapatillas, lo cual puede ser más cómodo pero recuerda inevitablemente que estamos haciendo algo que no deberíamos, porque los domingos son para descansar.
El subte luce como una mezcla de paseanderos felices (o no tanto), bohemios sin rumbo, vendedores que en la semana no han cubierto su cuota esperada y laburantes que buscan comprensión. "Sí, hago patria y trabajo los domingos".
Hubo un feriado memorable en la Argentina, el del último 9 de julio, cuando el Obelisco tocó la nieve. Yo la vi en la mismísima Plaza de Mayo, y el tiempo dirá si fue algo digno de contar a los nietos o tan solo el primer capítulo de un clima nuevo. Pero ese día, en la gris culminación de mi trabajo, el blanco invernal fue un guiño del cielo a otro feriado en que había tenido que ir a la oficina.
Trabajar un domingo es feo, pero no tener un ingreso y ver a los hijos con hambre, desde ya, es mucho peor. "Siempre te podés comparar con alguien que está peor", me dijo alguien una vez. Es verdad.
En todo caso, no es en eso en lo que pienso cuando voy a trabajar un domingo, sino en el día que me darán en compensación. Y entonces se me ocurre que soy un afortunado que en un día cualquiera de la semana verá a los demás yendo a trabajar mientras se toma el tren para irse a mirar el río con un libro bajo el brazo y el celular apagado.
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TEMAS: FILOSOFÍA CASERA, OCIO
6 de febrero de 2008
PACIENCIA
Hace varios años ya, en la época en que hacía guardias de fin de semana para vender departamentos, sucedió que había unos interesados en el que había mostrado el domingo anterior. Habían llamado a la inmobiliaria y los números danzaban en la negociación, en la que yo ni siquiera tenía parte. Ante mi ansiedad por el resultado del proceso, una vendedora experimentada me reveló con voz solemne: "La paciencia es una virtud de raíces muy amargas pero frutos muy dulces".
El departamento se vendió y yo cobré mi comisión.
Suelo recordar aquella frase cada vez que me encuentro en una situación en la que ansío algo profundamente y no termino de conseguirlo. Estos últimos meses han sumado, y siguen sumando, otro capítulo en la historia de mi impaciencia crónica. Mi señora madre me dice: "Paciencia", y una vez más intento calmar mi bronca y mi ansiedad, antipáticas compañeras de tren rumbo a la vorágine cotidiana.
Todos tenemos metas que no hemos alcanzado en los plazos que nos habíamos fijado, y seguimos buscándolas, luchando por ellas y frustrándonos cuando los avances son escasos. Entonces tenemos tres opciones: volvernos locos, resignarnos y no pelearla más, o luchar y ser pacientes. Por supuesto, la tercera, que es a mi juicio la correcta, es la más difícil.
Por ahí he leído que lo que uno desea profundamente inevitablemente sucederá. No coincido del todo con ello, pero sí en gran parte. El secreto, en todo caso, está en luchar contra viento y marea, emperrados en que lograremos lo que queremos y con la vista clavada en ese horizonte escurridizo. Pero con paciencia.
Conrado Sabatini, un ex compañero del Citi, solía hablar conmigo de estas cuestiones. Una vez le dije que había que poner pasión en todo lo que se hacía, porque de esa manera se vivía más intensamente la vida. Y él me contestó: "Sí, todo muy lindo, pero ¿qué pasa si no conseguís lo que querés?". A unos doce años de aquel diálogo, le contesto: "Entonces hay que usar esa pasión para luchar aún más por conseguirlo".
La paciencia es una virtud extraña, silenciosa y exigente. Lo pide todo, y no da nada. Se recubre de un silencio implacable y una indiferencia aparente frente a nuestro ruego interno. Pero cuando por fin da, lo da todo de un saque, como la caballería que siempre llegaba tarde pero liquidaba el pleito en tres minutos. Y entonces la vida nos invita a tomar un café con ella, y el mundo entero nos sonríe porque al fin hemos llegado a aquella meta que tanto anhelábamos en noches de insomnio, en suspiros rebeldes, en caminatas eternas.
Y en medio del festejo, la señora paciencia nos mira, superada y serena, y nos espeta: "Yo te lo había dicho".
Felices los que creen sin ver.
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TEMAS: FILOSOFÍA CASERA
6 de noviembre de 2007
EL SÍ VALE MÁS QUE EL NO
En el blog de Alejandro Rozitchner me topé hace unas semanas con una columna muy buena sobre el pensamiento crítico. Recomiendo fervientemente su lectura, y también la de los comentarios que surgieron de ella.
Ese texto me hizo pensar en escribir algo sobre ese tema, que venía rumiando hace unos cuantos meses.
Observo con cierta tristeza que el afán de criticar todo negativamente, de destruir con la palabra, de instalarse en la comodidad del nihilismo pasivo, se hace hábito en muchas personas enojadas con todo. No es que esté en contra de la mirada crítica frente a la realidad cotidiana. Por el contrario, la considero imprescindible, empezando por la autocrítica. Pero creo que solo es valiosa si se completa con un acto de propuesta, de afirmación, de valentía y pasión por la vida. Al fin y al cabo, no nos gusta lo que vemos pero podemos seguir navegando en pos de lo que creemos bueno para nosotros y nuestros prójimos.
La rebeldía por la rebeldía misma es, a mi juicio, un llenar pozos en la arena con agua de mar. Es un acto placentero que no tiene mayor sentido que el de la autoindulgencia que, refugiada la mente en una cómoda torre de marfil, observa y critica todo, pero no aporta nada y mucho menos se entusiasma por algo.
Siempre me gusta ver a alguien contando sus proyectos, sus ilusiones, sus sueños, a pesar de los obstáculos que inevitablemente se presentan mentalmente en su cabeza y también en la del interlocutor. Cuán distinto es mirar la vida con amor, porque de eso se trata, de un sentimiento positivo que pese a saber lo difícil y lo mal que puede estar todo, se lanza igual a cambiarlo o a convivir con lo bueno de esa jungla impiadosa.
La mirada que uno tiene sobre su pasado personal es un caso concreto de lo que trato de expresar. Las personas que no quieren cumplir años, que no soportan mirar hacia atrás y hacer balance, tienen una evaluación negativa de lo que ha sido su vida y no rescatan sino algunas migajas de una breve fiesta que los inclina a sumergirse en el arrepentimiento o el resentimiento. Es seguro que la vida ha sido cruel con muchas personas, por culpas propias o ajenas, pero en todo caso siempre se puede apostar al cambio, al futuro incierto que depende en una gran parte de uno.
La diferencia entre una mirada negativa y una mirada positiva de la vida, el pasado, el futuro o la autobiografía se observa claramente en las lecturas, en las opiniones, en las posturas y en las palabras más usadas en el vocabulario de cada quien.
Los sajones tienen un dicho: "Each cloud has a silver lining". Cada nube tiene un reborde plateado. Y tras ella se oculta, tal vez, un sol inmenso.
Cuestionar todo puede ser bueno, pero no basta con ello. Hay que aflojar un poco con la crítica y buscarle la vuelta a algunas cosas que no podemos cambiar. Nada como el pensamiento positivo que iza las velas y avanza bajo nubarrones amenazadores, frente a una Tierra que parece plana pero termina siendo redonda porque nos animamos a descubrirla después de cuestionarla.
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TEMAS: FILOSOFÍA CASERA
11 de septiembre de 2007
EN EL DÍA DEL MAESTRO
Además de celebrarse el cumpleaños de mi amigo Pablo Palazzi, el 11 de septiembre es en la Argentina el Día del Maestro. La elección de la fecha se inspiró, como sabe cualquier criollo de ley, en Domingo Faustino Sarmiento.
Al hablar de los maestros, uno se proyecta hacia el pasado y piensa en los profesores que tuvo en el colegio, aquellos de la tiza y el pizarrón, o en tiempos más recientes, el marcador y la pizarra. Surge entonces el vozarrón de Héctor Zippili, que hoy debe estar contento con el presente de Tigre en Primera, o la tardía confesión de Fernando Fabre, profesor de Dibujo que le dijo al Nono que no debería haberlo mandado a examen.
Sin embargo, los maestros que cada quien tiene en su biografía reconocen diversos orígenes. Es sabido que no todo se aprende en la escuela, ni mucho menos. La familia es la primera institución donde una persona se socializa y empieza a armar su propio esquema de valores y conocimientos. Los padres son, o deberían ser, los maestros más genuinos para un niño. He sido afortunado en ese terreno.
En segundo lugar tenemos a los hermanos, que comparten secretos y muchas veces opinan o casi deciden sobre cuestiones que un pequeño, o un adolescente, no plantea ante sus padres. Una vez, por ejemplo, le conté a mi hermano que había dicho una mala palabra en el colegio, y él usó esta confidencia durante algún tiempo para que yo hiciera lo que él quería, so pena de que el secreto fuera revelado a nuestros papás. Así aprendí que hay que elegir muy bien a quién le cuenta uno sus secretos, y en qué circunstancias.
En otra ocasión, mi hermana Teresa obtuvo de mí la revelación de dónde se escondían mi hermano y mi primo Carlitos, con la promesa de un caramelo que aún hoy sigo esperando. Recibí, por un lado, el mote de traidor, y por el otro el de... mejor no pensarlo. Aprendí pues que la lealtad jamás debía ser quebrada, y sigo sosteniendo este principio.
Del resto de la familia puede aprenderse mucho. Abuelos y tíos son una referencia insoslayable. Y los primos pueden ser hermanos. Más adelante, uno aprende también de los sobrinos, y a través de ellos se actualiza debidamente.
Qué decir de los hijos. Mis dos pequeñas, con sus abrazos y sus llantos, enseñan a ser papá. Son las titulares de una de las cátedras más importantes que alguien puede cursar en el camino a la sabiduría.
Los amigos también son una fuente de enseñanzas. Por eso tener muchos amigos es tener muchos maestros, que ni siquiera se proponen como tales pero lo son involuntariamente, aunque sea con experiencias que nos dejan lecciones de lo que puede ocurrir si hacemos tal o cual cosa, o si dejamos de hacerla.
De mis amigos he aprendido muchísimo, y lo sigo haciendo sin que ellos se percaten del todo. El Nono, por ejemplo, me dice que él me da apenas sugerencias. Yo los tomo como consejos, y hay un leve matiz en la elección del término, que distingue la opinión de la sabiduría. Él fue quien me enseñó una vez que lo que yo no escribiera no lo iba a escribir nadie, y entonces escribí aquella carta y ahora escribo este blog.
Podría enumerar por lo menos un valor, un hábito o una actitud que he aprendido de cada uno de mis amigos. Tres muestras al azar sirven de ejemplo:
De Arteche he sabido valorar la escucha, el silencio compañero que no necesita decir nada. Del Fósil he aprendido lo importante que es saber reirse de uno mismo. Con el Capitán Escarlata he hecho un posgrado en humildad.
Lamentablemente, las lecciones que los amigos dan gratis no son garantía de que el alumno sepa llevarlas a la práctica.
Los maestros también pueden ser los compañeros ocasionales de trabajo, o el portero, o un taxista en la inmensidad de la noche. Siempre, siempre, hay que estar alerta.
Aún más: Hay personajes históricos, o escritores, o artistas, que nos enseñan desde su biografía, sus frutos y sus textos. Ya he hablado de ciertos libros que marcaron a este servidor.
Es muy importante saber que en determinadas situaciones uno ha sido aprendiz de otra persona. Mi prima Dolores me enseñó a andar en bicicleta, Valentín fue un modelo para mis ansias de coleccionista de discos y un tesorero, Fernando Andía, me enseñó a hacer la caja en el Citibank, en mis primeros días de cajero.
Otros nos enseñan, sencillamente, a vivir. Luis ha sido uno de ellos. Paula, Sofía y Valentina me dan lecciones diariamente.
En cambio, hay cosas que aprendemos solos, a los golpes, como exitosos autodidactas. Hay que arrancar de cadete, porque la vida es un aprendizaje constante. El fracaso es un gran maestro, aunque tampoco es cuestión de que él se convierta en nuestro profesor particular.
Los maestros siempre están allí, listos para acudir a nuestra consulta en caso de dudas inevitables, desventuras inesperadas o decisiones riesgosas.
Hoy alzo mi copa, entonces, por todos mis maestros. Por los que se saben acreedores de ese agradecimiento y por los que ignoran sus propios méritos. Todos ellos son protagonistas de estas líneas, y de los pensamientos que hoy las surcan, en la noche fresca que anuncia primavera. Salud a todos ellos, y gracias siempre.
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TEMAS: FILOSOFÍA CASERA, VALORES
11 de agosto de 2007
¿ALGUIEN TIRA LOS DADOS CON NOSOTROS?
¿Somos libres o somos títeres de un Gran Titiritero?
La libertad es una cuestión sobre la que los hombres se preguntan hace mucho tiempo ya, y no pretendo resolverla en estas pocas líneas. Tan solo dejar algunos apuntes que se le ocurren a un amateur de estos dilemas.
El protestantismo, según Max Weber, da impulso al capitalismo porque le asegura que si le va bien en lo que a prosperidad económica se refiere, eso es una señal de que Dios le tiene reservado un destino en el Cielo. La acumulación es, entonces, una vía para asegurarse la vida en el paraíso. Pero entonces, la libertad no existe, porque en el fondo ya estamos condenados al éxito o al fracaso.
Partiendo de la base de que Dios existe, la pregunta es: Si Dios sabe dónde vamos a terminar, estamos predestinados. Porque Él podría no crearnos debido a nuestro destino fatal, pero igual nos crea. ¿Se divierte con nosotros? Yo pienso que no, y creo que esa es la mayor prueba de que somos libres.
En todo caso, Dios sabe qué nos va a pasar si hacemos tal o cual cosa, pero somos nosotros los que decidimos hacerla. Si me cruzo a la mujer de mi vida en un colectivo, soy libre o no de hablarle, y ella es libre de darme su teléfono. ¿O acaso no hay personas que han dejado pasar el tren y aún no se han dado cuenta? ¿O acaso no tomamos decisiones equivocadas con nuestra libertad, y las remediamos después?
El argumento de que Dios sabe qué nos ocurrirá mañana no se sostiene porque Dios no se maneja con categorías temporales, que son convenciones humanas. El tiempo es uno de los grandes misterios del hombre, y justamente porque es un misterio y no podemos entenderlo es que no podemos tomarlo como argumento para responder a otro misterio, como es el de la libertad.
Si Dios no existe, o para simplificarlo aún más, si no existe un Absoluto, quedamos solos con nuestra libertad. No parece haber nada externo que condicione nuestras decisiones, pero sin un Absoluto la vida pierde sentido, y por ende la noción de libertad carece de sustento. De todas maneras, como sostiene Jean Guitton, todo el mundo cree en un Absoluto, y el verdadero problema es si ese Absoluto es personal o no.
Si la libertad no existe, no existe el mérito, ni tampoco existen el bien y el mal, porque las personas no obran conforme a criterios morales, sino guiados por un destino irrevocable. Si esto es así, no tiene sentido denostar a Hitler o Stalin, porque ellos no fueron libres de hacer lo que hicieron. Sencillamente, estaban predestinados a hacerlo.
Al mismo tiempo, si no existe la libertad tampoco existe la verdad, porque es la verdad la que nos hace libres (y la que determina la existencia del bien y el mal). Si no conocemos la verdad, no podemos tomar decisiones sobre bases sólidas, y actuamos guiados por la intuición, el capricho o el azar. Pero no tenemos todos los datos necesarios para decidir con libertad completa, y entonces la libertad está necesariamente asociada a la verdad. Aún si tomamos la decisión equivocada, en muchas ocasiones sabemos que la estamos tomando, pero preferimos satisfacer otros impulsos o deseos, y lo hacemos porque somos libres.
Si el hombre no es libre, tampoco es persona, porque en la noción de "persona" está incluida la de elección. El hombre elige, y esto es lo que lo diferencia del animal, que se guía por motivos irracionales y no tiene una inteligencia capaz de aproximarse a la verdad.
La respuesta a si somos libres o no abarca necesariamente todas nuestras decisiones. O existe la libertad o no existe. Pero la respuesta no varía según las circunstancias, porque la libertad es un concepto que está más allá de la decisión a la que nos estemos refiriendo. Lo que varía es el grado de libertad del que disponemos, pero el concepto está siempre presente.
Víctor Frankl escribió en “El hombre en busca de un sentido” que en Auschwitz él se sentía más libre que sus guardianes, porque internamente él tenía libertad para pensar lo que quería, y para elaborar una visión hacia el futuro, en el que él se veía dando conferencias sobre la teoría psicológica que estaba pergeñando en esos días tristes. Sus guardias, en cambio, obraban como autómatas y carecían de libertad para pensar otra cosa que no fuera el manual de instrucciones del nazismo. Él era, entonces, más libre que aquellos que le pegaban, lo insultaban y lo humillaban. Frankl destacó el hecho de que el hombre fuera capaz de generar un lugar tan siniestro como Auschwitz y al mismo tiempo ir a la cámara de gas recitando el Padrenuestro, como él mismo había visto. Esa es la libertad humana.
Estas reflexiones, que solo buscan expresar ciertas aproximaciones un tanto rústicas sobre un tema que sin dudas está lejos de resolverse en la mente humana, surgieron mientras me comía una milanesa a la napolitana con el Nono, a quien dedico estas líneas libremente.
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TEMAS: FILOSOFÍA CASERA
4 de agosto de 2007
ACERCA DE LA SOLEDAD
Hay ciertos sentimientos que acarician el alma en muchas ocasiones, y la rasguñan en otras. La melancolía es uno, con esa tristeza dulce que invade el corazón al toparse con aquellas pequeñas cosas "que nos dejó un tiempo de rosas en un rincón, en un papel o en un cajón".
La soledad es otro sentimiento de esos, y vaya paradoja, es una compañía más de las muchas que uno puede tener. En todo caso, la compañía no es ella sino uno mismo. Y esto puede generar tristeza o alegría.
Suelo pensar que la soledad en sus dosis justas es conveniente de vez en cuando (y ni hablar como alternativa a una mala compañía). De hecho, todos tenemos un espacio interior en el que estamos solos, y es necesario que así sea.
Cuando una persona descubre que a pesar de todo no la pasa tan mal consigo mismo, entonces ha descubierto un amigo que lo acompañará toda su vida, cotidianamente o de tanto en tanto.
No obstante, la soledad genera depresión en muchos espíritus, decaimiento en los fervores de la mundanal batalla, rendiciones incondicionales, silencios de hielo donde solo habita un nativo refugiado en su iglú sin ventanas, a la espera de un sol.
El solitario obligado sospecha que alguien le ha jugado sucio y lo ha dejado sin cartas. Otros tienen lo que él debería tener también. Otros son oídos, mirados y queridos, pero él (o ella) no. Oye hablar del amor, de la amistad, del compartir, de la primavera y de una fiesta de cumpleaños. Pero solo lo oye, y solo sigue, porque a él se le niegan esos recreos de la vida.
La soledad no tiene buena prensa, y no es reconocida como debería serlo.
Existe otro tipo de soledad, que es la del incomprendido. Esta es una soledad más sutil que la sentimental, porque es menos visible (aunque en las cosas del corazón, las apariencias pueden ser muy engañosas antes de las tormentas).
Alguien dijo que lo que pasa es que los locos son ellos y no se dan cuenta. Jesús el Nazareno sufrió la incomprensión de todos, o casi. Hasta de Pedro, que era su mejor amigo y lo negó tres veces. A Leonardo Da Vinci lo tildaban de mago demente o peligroso cuando hablaba de máquinas capaces de volar por el aire. Colón llegó a un continente nuevo que hoy ni siquiera lleva su nombre. Mozart fue enterrado en una fosa común. San Martín padeció traiciones, acusaciones absurdas y hasta enfermedades ocasionadas por la soledad de su misión y su gloria.
Creo que el solitario debe quererse a sí mismo como querría a quien quebrara esa soledad impuesta por la vida. Un buen libro, una caminata por la playa, plantas, un manojo de apuntes en la libreta compañera, unos versos al sueño, una cena para uno. Todo puede ser ese mimo que no llega de afuera y entonces debe venir de adentro. Y entonces, quien está solo tiene la oportunidad única de enamorarse de sí mismo, en el sentido más altruísta que el lector imagine.
De todas maneras, esté alerta el solitario, porque cualquier tarde de éstas una soledad ajena puede desbaratar sus mejores planes.
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