En este humilde espacio había escrito sobre mi debut en el fútbol de mi club, cuando contaba jóvenes 17 años, y mi retiro de ese ámbito a los 29. Excepto en mi despedida de soltero en 2002, no había vuelto a jugar el verdadero fútbol, que es el de la cancha grande. Sí juego un torneo todos los jueves, pero en cancha de 5, y hace varios años.
Hace cosa de un mes, cuando fui a ver a Paula, Sofía y Valentina competir en un club de patín de Ramos Mejía, me fui a recorrer el predio con Pedrito y descubrí una cancha de fútbol detrás del gimnasio. Toda de césped, bastante castigada, pero lista para calzarse los botines y echar a correr tras la blanca redonda. Me metí allí con él, le mostré los arcos, el círculo central, y pateé una pelota imaginaria hacia el arco local. Algo se me movió ahí adentro, donde se cuecen las emociones. Nada dije.
Hoy me levanté para irme a las ocho de la mañana al club a jugar al tenis con mi amigo Daniel. Desayuné frente al Río de la Plata, casi solo, leyendo un cuento bastante trágico de Mujica Láinez, de su obra "Aquí vivieron". Después llegó Daniel y jugamos una hora y media, para tomarnos algo en la terracita, otra vez frente al río color de león. Más tarde llegó mi familia, almorzamos, jugamos en el arenero, paseamos un poco. Hasta allí, un domingo redondo. Me fui al gimnasio a hacer un rato de fierros para estirar los músculos. Y al volver, Daniel me tiró la frase mágica: "Nos invitaron a un partido".
Varios veteranos del club (hablamos de mayores de 35) se juntan a jugar en una cancha de CUBA, y Daniel preguntó. No demoraré al amigo lector: entramos en el segundo tiempo, uno para cada lado. Y al igual que en el día de aquel debut -y también con unas Topper de emergencia-, en la primera que tuve le pegué de afuera del área un latigazo de zurda que reventó el travesaño. Esta vez no fue gol: Mala suerte, pero me sentí vivo y corrí, regulé el aire, hice los relevos, hablé, y festejé una victoria por 4 a 1 que cuando entré era un empate 1 a 1.
"Dame tu mail, y te invito", me dijo Álvaro, el organizador.
Y hete aquí que el tobillo me doblé y lo tengo en hielo, pero no me importa nada. Soy feliz.
Esta vez, desde el costado de la cancha me observaban la mejor mujer del mundo y mis tres hijos, que son nuestros. Ahora, frente al teclado, y mientras los pequeños duermen, sigo festejando mis 40.
26 de septiembre de 2010
EL DÍA QUE VOLVÍ A LA CANCHA GRANDE
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6 de julio de 2010
NO NOS MINTAMOS MÁS
"Sudáfrica" también existe, escribí hace cuatro años, y creí -repito, creí, no pensé- que este podría ser el Mundial de la Argentina. Porque había materia prima, porque estaba Messi en plenitud, y porque el tiempo pasado desde aquella final perdida con Alemania ya parecía demasiado. Pero no pudo ser: Grondona se encargó de contratar a Maradona para darle pan y circo a la gente, y rechazar una vez más un camino de mayor profesionalización de la Selección.
Hay explicaciones tácticas y bien futboleras para este nuevo fracaso -sí, fracaso- de la Selección. Pero el problema es de fondo, y el recibimiento de Maradona y los jugadores por parte de miles de personas en Ezeiza habla de una forma de ser que se planta en necesidades emocionales sin lógica racional. Es que Maradona reúne las aspiraciones de muchos compatriotas, que tienen prioridades distintas de las del mundo exterior, hostil a ellos e implacable con las debilidades propias, como se encargaron de mostrar los jugadores alemanes.
Si Pekerman hubiera perdido de esta manera en el Mundial anterior, nadie le habría pedido que se quedara. No es un clamor racional, sino una expresión de amor incondicional a un ídolo que encarna cualidades colectivas del ser argentino. Nos guste, o no.
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29 de mayo de 2010
PRIMERO DE SAN LORENZO

Esta mañana mientras desayunábamos Sofía me preguntó atinadamente si me importaba más Argentina o San Lorenzo. Yo le respondí sin dudar que primero estaba el Ciclón, y después la selección. Creo que los futboleros de alma, en general, disfrutan más cuando su equipo sale campeón que cuando Argentina gana un Mundial. Y los mejores recuerdos son los del propio equipo. En mi caso, el día más feliz de mi vida futbolera fue el 28 de junio de 1995, cuando San Lorenzo dio la vuelta en Rosario en una definición épica y una peregrinación de fe a esa ciudad.
Los triunfos mundialistas suelen generar muchos hinchas "golondrina" que brotan de las baldosas y festejan en las calles como si siempre hubieran seguido de cerca el devenir de la celeste y blanca. Eso está asociado al nacionalismo repentino que muchos sienten ante el fútbol, seguramente la actividad en la que mejor nos va colectivamente.
El propio equipo, en cambio, es más exclusivo. El hincha comparte su alegría con menos personas, y quizás allí radica, también, el orgullo exacerbado de saberse perteneciente a una elite que no recibirá por un tiempo las pullas ajenas. Nunca falta el desubicado que aun cuando uno celebra logros propios intenta opacar esa alegría con cargadas fuera de lugar, pero eso es problema del cargoso, que intenta resolver su bronca apagando la felicidad del otro.
Lo dicho no es obstáculo para que si la Selección va avanzando en el Mundial vaya a festejarlo como nunca. Pero siempre me sentiré más identificado con la azulgrana que con la celeste y blanca, dentro de un rango muy alto en ambos casos.
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29 de noviembre de 2009
BASTA DE APO EN TV
Hay muchos periodistas deportivos que son desastrosos, porque no saben usar el idioma español, porque no trabajan, porque se creen más de lo que son o sencillamente porque no saben nada de fútbol. Alejandro Apo es uno de ellos, pero su presencia en los partidos importantes de la fecha, como el San Lorenzo 3 - Boca 0 que acabo de ver y festejar, es una verdadera molestia para el televidente.
Alejandro Rutschi -tal su verdadero nombre- es ideal para ir a tomar un café y escuchar historias de Buenos Aires -algo que a él le ha servido para su automarketing- pero en términos de fútbol no aporta nada. Dice lo que cualquiera de nosotros ya sabe, sale con anécdotas que nada tienen que ver con lo que está pasando, y construye un personaje simpático pero inútil para quien quiere escuchar un comentario que sume algo al espectáculo.
Después de su larga ausencia en transmisiones por TV, creía que no volvería a sufrirlo, pero el autodenominado "Fútbol para Todos" lo resucitó y nos puso una mochila sobre nuestros cansados hombros de hinchas. Él hablará muy florido y evocará tangos viejos, pero como comentarista de fútbol no aporta nada técnico o táctico que el hincha no sepa ya.
Apo ha logrado exhibir un personaje bien porteño, burrero, bohemio y entrador, de esos que te hacen pasar un buen rato contando anécdotas de "los muchachos de antes" mientras el café humea bajo sus barbas, con frases inevitablemente simpaticonas como "La vida consiste en que todas las biromes que están cerca de los teléfonos no funcionan" o también "Me hice más hincha de la amistad, aunque correr el riesgo del amor vale la pena". Y ante el nivel lamentable del periodismo futbolero argentino parece que eso lo ubica en condiciones de liderar transmisiones de nuestro entrañable deporte.
Si "Apo" Rutschi se limita a decir que San Lorenzo avanza y busca el cuarto gol, eso no me aporta absolutamente nada a lo que estoy viendo, y si además lo dice con esa voz cavernosa y ese tono de barra de Florida Garden, siento que me están tomando por gil. Una cosa es contar buenos cuentos y otra es saber de fútbol.
Señores: Por favor, basta de Apo en el fútbol por televisión. A algunos les gustará, y por supuesto los respeto, pero a mí no y no me voy a autocensurar.
Ya está, ya me descargué, aunque no dudo de que muchísimos amigos míos se identificarán con lo que aquí dejo expresado.
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19 de noviembre de 2009
VERGÜENZA Y ROBO EN FRANCIA - IRLANDA
Francia se clasificó para el Mundial de Sudáfrica 2010 con un gol tramposo otorgado por un árbitro sueco que desprecio. Thierry Henry, el delantero del Barcelona, frenó un centro con la mano y reacomodó la pelota embolsándola también con la mano para tocarla a su compañero, que la empujó a la red. Con ese gol en el alargue, Francia empató el partido y aprovechó su victoria en Dublin para clasificar.
Irlanda se quedó afuera del Mundial con uno de los robos más grandes que he visto en mi vida futbolística, comparable al de Maradona con la mano a los ingleses -aunque les duela a los maradonianos ciegos-. En este último caso, el segundo gol del Diego eludiendo a seis ingleses compensó -en parte- la mentira del primer gol, aunque no lo justificó.
En el caso de Francia - Irlanda, ese gol clasificó a Francia, es decir que el efecto es mayor. Es hora de que el árbitro tenga un informante por audífono que le marque la decisión en ciertas jugadas. Todo el mundo, hasta el hipócrita Henry que argumenta no haber sido el árbitro que otorgó el gol, sabe que habría que haber anulado la jugada y dar tiro libre para Irlanda por mano del francés.
Si en lugar de pasarle a Irlanda, le hubiera ocurrido esto a la Argentina ¿qué habría dicho Maradona en la conferencia de prensa? ¿Qué se habría dicho en los corrillos de las oficinas argentinas, siempre propensas a ver conspiraciones por todos lados?
Una reflexión para hacer los deberes: cuando jugamos un torneo en el club o donde sea ¿corregimos al árbitro las decisiones que sabemos equivocadas y nos benefician?
Lamento inmensamente este atraco, porque siempre quiero que gane Irlanda y por la injusticia en sí misma, aunque esto no quedará en el olvido. Francia y el señor Platini -prócer del fútbol galo y actualmente acomodado en la FIFA- tienen una mancha grande de trampa e hipocresía en su historia futbolera.
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16 de noviembre de 2009
TU MUNDO Y EL MÍO: NUESTRO MUNDO
Alguna vez había escrito unas líneas por el centenario de San Lorenzo. En la tarde de ayer sumé otro capítulo en esa historia al ir por primera vez a la cancha con un hijo mío. En este caso, Sofía.
Los enanitos te dan sorpresas: Iba por mi segundo plato de ravioles y le pregunté si quería ir a la cancha conmigo, y de forma inesperada me dijo que sí. Así que allá fue, a sus cinco años, igual que yo en aquella lejana tarde en que mi papá me llevó al Viejo Gasómetro y San Lorenzo también perdió. Un amigo mío y su papá nos acompañaron.
Valentina se quedó medio ofendida, pero le prometí que más adelante la llevaría a ella también. Pedrito lloró sin consuelo cuando lo saqué suavemente del ascensor y le dije que todavía era muy chico. Se quedó muy enojado, pero él tendrá muchas tardes de gloria. En acto de protesta, se durmió una siesta desde las cuatro de la tarde hasta las nueve de la noche, es decir, negó el partido. Valentina, entonces, tuvo a Paula para ella sola durante toda la tarde: nada mal.
La situación era más importante de lo que podría parecer. La cancha había sido siempre para mí un ámbito de soltería, de bohemia, de íntima adrenalina. Ayer, al verme en esa platea con mi hija mayor, me examiné padre y ya señor, aunque nunca dejemos de ser niños.
Sofía me había preguntado ilusionada si saldríamos por la tele, y Paula a la noche le dijo, como para darle el gusto, que había visto a una figura chiquitita en la tribuna, que seguro que era ella. Pues bien: hoy me enteré de que me habían enfocado bien de cerca por Canal 7, aplaudiendo un homenaje a los campeones del '59. Mi hija tuvo su milagrito.
Cuando entraron los equipos, Sofía tiró un montón de papelitos y le mostré la inmensa bandera de San Lorenzo que abría la hinchada; la observó con los ojos bien abiertos. Al empezar el partido, se asustó un poco con los aullidos que salían de las gargantas ajenas, pero a upa de Papá se sentía protegida del mundo entero.
El partido vino mal barajado, fue una de esas tardes en que nada sale bien. Sofía me pidió ir a tomar agua, y me di cuenta de que en los puestitos no venden agua sino solo gaseosa, que a ella no le gusta. Le pedí que fuera paciente, que después del primer tiempo íbamos a ir a buscar. "¿Qué es el primer tiempo, Papá?", me preguntó. Y claro, el término "primer tiempo" no dice nada al que lo escucha por primera vez. "Es la primera parte del partido", le expliqué.
A los cinco minutos me preguntó quién era el de azul. Le dije que era el árbitro. "¿Y para qué está con los jugadores", me preguntó. Y tenía razón, hay árbitros que a veces sería mejor que ni entraran a la cancha. Después vio la ambulancia que está siempre en una esquina de la cancha y se preocupó (Sofía tiene terror a los médicos). Le expliqué que estaba ahí solo por precaución, porque había mucha gente y alguno se podía sentir mal. Creo que se quedó tranquila. El cochecito para atender a los jugadores lesionados también le llamó la atención.
En el entretiempo le compramos unas pastillas Sugus y miramos un poco los productos de Cuervomanía. Después nos volvimos a sentar para ver el sombrío segundo tiempo. "Quiero sacar fotos", me decía la pequeña, y así lo hicimos, con la hinchada de fondo. Me pedía bajar al campo de juego, y le dije que no se podía. "¿Y los jugadores por dónde salen entonces?", me preguntó, cándida.
San Lorenzo jugaba cada vez peor y mi amigo, harto de tanta incompetencia futbolera, arrojó su vaso de Coca al vacío. Sofía me susurró al oído: "Se mojó toda la espalda". Después siguió juntando papelitos y tirándolos de nuevo. Finalmente hizo un bollo con ellos para llevarlos a casa. "Para hacer un collage", me dijo.
"Te lo dije 40 veces, Papá", me recordó Sofía, "los otros equipos también pueden ganar". Mi ánimo abatido por el 3 a 0 inapelable le respondió: "Sí, Chochi, pero yo quiero que gane San Lorenzo".
En un momento se quejó, tan fina: "Yo no vine para escuchar malas palabras, Papá". Ensayé una explicación: "Es que la gente se pone muy nerviosa, Chochi". Más tarde me dijo que nunca más iba a volver a la cancha por las groserías ajenas. "Todos decían malas palabras menos vos". Tenía razón, aunque espero que vuelva, y que la próxima vez sea victoria. "A veces se pierde, Chochi, y hay que estar en las buenas y en las malas", fue la moraleja de padre a hija.
Después miró a todos los de Independiente que se burlaban de nosotros y me dijo: "Tomás va a venir y les va a pegar a todos esos". Tomás es su primo mayor, de 18 años.
Salíamos del estadio y me pidió que le comprara una pulserita de San Lorenzo. "Hoy no", le contesté, "si te la compro después de este partido va a tener una mufa encima que ni hablar". Le prometí que un día iríamos al Cuervomanía de la avenida La Plata -que ya conoce, y por el cual pasamos de regreso a Colegiales- y tendría su pulserita azul y roja.
Cuando ya llegábamos a casa le pregunté qué le había gustado más de ir a la cancha: "Los caramelos Sugus", me contestó. Y a la noche, antes de irse a dormir, me dio un largo abrazo, muy contenta.
Ayer por la tarde perdimos 3 a 0, pero ese hincha enloquecido de otrora, que se colgaba del alambrado y lloraba bajo la lluvia, volvió de la cancha extrañamente feliz. La ternura inundó el Nuevo Gasómetro, por lo menos para mí.
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11 de agosto de 2009
VIGGO Y BORGES, UNIDOS POR EL CICLÓN
Imperdible nota a Viggo Mortensen en La Nación con motivo del lanzamiento de una colección de poesía argentina contemporánea por parte de la editorial que él dirige.
Rescato un par de respuestas suyas:
-Fútbol y poesía ¿dónde convergen?
-En el Bambino Veira, por ejemplo.
-¿Por qué de San Lorenzo?
-Porque nací.
-Borges era un admirador de la mitología escandinava. ¿Leyó su obra?
-Le voy a contar algo que a lo mejor no sabe de Borges. Cuando él trabajaba en la biblioteca Miguel Cané, no muy lejos de San Juan y Boedo, e iba a almorzar a un café de la zona, los hinchas de San Lorenzo le insistían continuamente que tenía que hacerse hincha del Ciclón, hasta que el escritor, al cual no le interesaba nada el fútbol, finalmente aceptó llamarse "un cuervo más". Y hasta se dice que su pijama favorito era azulgrana.
Y pronto cita a Borges al reflexionar sobre su rol de hincha: "[...] Pero pronto noté que San Lorenzo de Almagro casi nunca ganaba. Entonces yo hablé con ellos y me dijeron que no, que el hecho de ganar o perder era secundario -en lo que tenían razón-, pero que San Lorenzo era el cuadro más científico de todos. Eso me dijeron, ¿sí?, se ve que no sabían ganar, pero lo hacían metódicamente."
En la foto que acompaña estas líneas, vemos al gran Mortensen junto a Cate Blanchett, en una de las ceremonias de entrega de los Premios Oscar. El hijo de la blonda actriz debe haber nacido cuervo, sin dudas.
Gracias, Viggo, Boedo es barrio de tango, cultura y San Lorenzo.
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12 de abril de 2009
29 de junio de 2008
ESPAÑA CAMPEÓN DE LA EUROCOPA
Después de 44 años, la patria de Cervantes ha vuelto a consagrarse como reina de Europa, tras ganarle a Alemania 1 a 0 con absoluta claridad. No agregaré mucho a los comentarios que el amable lector podrá encontrar en medios especializados sobre el equipo conducido por Luis Aragonés, a quien los jugadores arrojaron por el aire en los festejos. Solo expresar la adhesión de este espacio al título conseguido, y felicitar al campeón (que es, por razones de sangre, mi segundo equipo en el mundo).
Quiera el fútbol que un futuro cercano nos encuentre a los argentinos festejando como hoy los españoles. Dejo para ustedes el golazo del Niño Torres, que definió la Eurocopa. ¡Cómo estará Manolo el del Bombo!
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23 de mayo de 2008
VACÍOS, PERO DE PIE
Se fue otra Copa. Es verdad: terminó un ciclo de un equipo caro pero heroico, algunos de cuyos partidos recordaremos mucho tiempo. Pero alguna vez deberemos ganar la Copa: San Lorenzo es un grande.
Era difícil seguir avanzando en el torneo cometiendo tantos errores como cometimos a lo largo de todo el torneo. Expulsiones, un penal infantil de Botinelli, el jueguito de Orion. Y aquí me detengo: Tenemos, para mí, un muy buen arquero, aunque en esta serie fue el principal responsable de la eliminación. Los dos goles que nos hicieron eran perfectamente evitables, y en los penales tampoco apareció (aunque esto último es también mala suerte). Orion ha sido, sin embargo, el arquero de un equipo campeón, y no hay que olvidarlo. Para colmo, el árbitro anoche se equivocó fiero con la expulsión de Torres, y en la altura eso no es gratis.
Me quedo con algunos nombres para la galería: Bergessio, Adrián González, D'Alessandro y sus lágrimas espontáneas, Méndez y, pese a todo, Romeo, que torció la historia en Potosí y nunca tuvo el respaldo del técnico que un delantero necesita cuando no la emboca.
Esta Copa nos ha dejado una conclusión amarga, matizada con imágenes de logros parciales importantes, que motivaron un reconocimiento de propios y extraños, incluso en el ámbito internacional.
San Lorenzo fue un equipo raro, que en general no jugó un fútbol vistoso y por momentos fue muy efectivo, y puso hombría copera en partidos coperos. Pero había equipo para más, y la Liga era un rival accesible. Sencillamente, había que ganar de local y salir a aguantarlo allá.
Ya ganaremos la Copa, habrá que tener paciencia. Mientras tanto, las lágrimas derramadas anoche por tantos de nosotros seguirán regando esta mística de grande sufrido pero ganador, que otros tal vez no comprenden. Lo bueno es que después de haber quedado al borde de la muerte, sin cancha y en la B, un hincha de San Lorenzo ya puede soportar cualquier cosa. Como ya he dicho, el Ciclón siempre es alegría. Alegría de vivir.
Si algún cuervo le tenía excesivo respeto a la Copa, creo que en ésta se lo perdió.
No se me ocurre mucho más. El vacío no es una buena fuente de inspiración.
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16 de mayo de 2008
9 de mayo de 2008
UN MILAGRO DEL PADRE MASSA
Por segunda vez en lo que va de la Copa me sentí fuera de ella. Ya nos habían puesto plazo fijo en Bolivia, cuando el 0-2 parecía irremontable a 4000 metros de altura y lo dimos vuelta. Y en esta noche histórica, vi a Abreu gritar el segundo gol de ellos, con dos jugadores menos nosotros, y otra vez sentí que el fin del sueño estaba a solo veinte minutos de distancia.
Pero el fútbol es así, como la vida misma, y nos pinta una sonrisa donde una lágrima amagó asomar. Y Bergessio la manda a guardar por segunda vez, y corro y grito enloquecido a lo largo de la oficina, solo con mi corazón. Y entonces el llanto se hace dulce y feliz, y la Copa sigue pero todavía queda un rato eterno para que termine el partido.
Cuando faltaban diez minutos miré al Cielo y le recé al padre Lorenzo Massa. Le pedí el milagro para el pueblo azulgrana, y los delanteros de River empezaron a fallar cuanta pelota tuvieron delante del arco vacío. Llegó el final, y no fue un sueño. El Ciclón sigue vivo de la mano de Pedrito, este bebé que nos ha sido dado y desde su cuna me recibe cada noche, en paz absoluta, sabedor de un futuro azulgrana que yo ignoro.
Gracias, Papá, por hacerme de San Lorenzo. Gracias por darme este azul y este rojo pegados a mi piel. Déjenme que esta noche duerma con esta camiseta puesta y sueñe con más alegrías centenarias.
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1 de abril de 2008
100 AÑOS
San Lorenzo cumple 100 años y yo bendigo el día en que me hice para siempre de este club.
Mi primer recuerdo asociado al Santo de Boedo se ubica en el Viejo Gasómetro, allá por el 76, en una tarde elegida en que mi papá, oriundo de Barcelona como tantos cuervos, nos llevó a mi hermano y a mí a ver gratis el segundo tiempo de un partido contra Rosario Central, que perdimos 4 a 3. La única imagen que guardo de ese partido es de Kempes pateando un penal. Tengo El Gráfico de esa fecha. Atrás habían quedado el bicampeonato del 72 y el Nacional del 74, que yo no había vivido claramente por ser apenas un niño, casi bebé. En mi guardarropas infantil latía una camiseta azulgrana de piqué fino, que llevaba al campo de deportes del colegio en eventos especiales, con orgullo.
Mi segundo recuerdo del Ciclón es de aquella tarde negra del 82 en que me enteré por radio de que habíamos descendido. Para un alma sin suelas gastadas como la mía, aquello era incomprensible. Quise llorar. Y al año siguiente, escuché todos los partidos de sábado con Fernandito en la terraza, a través de la portátil naranja donde sonaban el Parnisari Gol y la Guadaña de Guillermo Nimo, o el relato de Jorge Bullrich. Si ya me había bautizado en el desaparecido Gasómetro, ese año de partidos de ascenso me enamoré de San Lorenzo, como quien aprende a vivir en la mala para más adelante disfrutar las buenas.
Y las buenas vinieron, después de años de paseo por canchas alquiladas y Liguillas ganadas que apenas nos servían para gritar goles. El 93 fue el año de la cancha propia, y el 95 el del milagro en Rosario. Jamás había experimentado algo como esos instantes después de terminado el partido en que San Lorenzo se coronó campeón después de 21 eternos años. Subido a un paraavalanchas y envuelto en una bandera azul y roja que ondeaba al viento, gritaba y lloraba feliz. No podía hablar, porque nadie me había explicado cómo era salir campeón después de años de recibir burlas en silencio. En el largo abrazo con mi hermano me abracé a la vida del hincha feliz.
Después vinieron otras vueltas: la del 2001, en la sombra pero con el alma llena de luz por la también milagrosa aparición de Paula, la Mercosur de enero de 2002, la Sudamericana de diciembre de ese año, y la última acá nomás, en julio 2007.
San Lorenzo es barrio de tango, es cuna de españoles exiliados, es un cura repartiendo camisetas a los niños de su capilla, es una multitud de nombres célebres alrededor de una pelota azul y roja que empezó a rodar de la mano del Padre Massa y María Auxiliadora.
San Lorenzo es el dueño de una gran parte de mis alegrías, y también de mis tristezas. Porque quien solo entiende el amor en las buenas, no entiende nada. Y quien no ha llorado por el fútbol se ha perdido una hoja de la biblia existencial que nos marca el camino de la plaza, el patio, la baldosa y los dos buzos sin travesaño.
San Lorenzo es el Ciclón de Boedo, los Carasucias, los Matadores, el Terceto de Oro, los Camboyanos. Es una cabeza pegada a una portátil clandestina cuando Papá pensaba que estábamos durmiendo. Es una rateada de la facultad para ir a la cancha de Ferro con los libros, y es la tarde destemplada en que festejan otros, porque el fútbol es así y mis amigos también pueden celebrar por sus colores. Es un viaje solitario a Córdoba o La Plata. Es la toalla, el calzoncillo, los gorros desflecados, la taza y el babero, los muñecos y las medias que me trajeron los Reyes Magos y conservo. Es la corbata azul y grana en el casorio, y el muñequito de torta de Tío Carlos, y la suelta de globos azules y rojos desde el balcón. Es apurar los ravioles para tomarme el 150 o el 59 o el 102. Es mi mamá aceptando mi silencio de plomo y mi falta de apetito a la vuelta de una derrota, y es ella de nuevo riendo con mi cántico feliz de cuervo triunfante. Es un chori con el Piti en Luna y Los Patos, y es un bondi con el Coco a la cancha de Español. Es Fernandito, es el Pibe, es mi primo Paco, es Pedrito que quiso venir justo este año, y sus hermanitas que bailan conmigo, y los sobrinos y los ahijados, que sienten y entienden cómo es esto. Es Marcos que viene feliz a decirme que ya no es del otro equipo, que quiere ser del Ciclón. Es Paula, que supo con quién estaba el día que la llevé a la cancha.
San Lorenzo es gritar bajo la lluvia en la popular, con el gorrito en visera todo roto, y es un policía diciéndome: "Estás flaco, Julio" en la puerta de Huracán. Es una maldición al aire en el Gayinero, y una música repetida en la Bombonera. Es colgarse del alambrado ante los tablones de Ferro o rodar por los escalones gritando un gol en la popular de Independiente. Es envolverme en la bandera que un desubicado quería quemar en el casamiento de mi hermano, y es la espera callejera para irrumpir en el segundo tiempo. Es la noche oscura de corridas en la Boca, cuando dudé de si seguir yendo a la cancha, y la tarde azul y roja en el Gigante de Arroyito. Es dormir envuelto en una bandera, con la cara sonriente y paz en el corazón. Es gritar un gol en el último minuto corriendo por una vereda de Palermo o Villa Urquiza, y es agarrarse sarampión en un abrazo de gol con un hincha sin nombre.
Felices 100 años, Ciclón, y gracias por darle tus colores a mi vida.
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23 de enero de 2008
24 de noviembre de 2007
¿QUÉ HACER CON UNA DERROTA?
¿Qué hacer cuando uno pierde una final que tuvo que jugar por cuestiones del reglamento, después de ganar dos torneos y sacarle trece puntos al que nos acaba de ganar? ¿Qué hacer cuando la gente nos abraza y nos dice que nuestro equipo era el mejor, que ganamos el condenado campeonato moral y que somos unos caballeros que se bancaron el naufragio sin pegar una patada? Y entonces por dentro uno siente una carcajada rabiosa de ironía que atenaza el alma y ahoga el corazón en un suspiro insoportable. Porque está todo bárbaro, pero hemos perdido y queríamos ganar.
Las finales no se pierden, y si el propio equipo es el mejor, menos aún se pierde el único partido que no se podía perder. ¿Cómo le explicamos a nuestra alma de hincha que no hay que estar tristes, que competimos, que jugamos con personas fabulosas y nos divertimos aunque perdiéramos la maldita final?
Él nos dirá: "A mí no me engañen, no estoy para bromitas". Y tendremos que hacer silencio ante la insobornable realidad de que tenemos el ánimo como un trapo de piso porque nos habíamos puesto la camiseta para ganar la final, y no para buscar consuelos tan fáciles como vacíos.
El afuera se llena de amigos que intentan matizar nuestra bronca, y se esfuerzan en comprender cómo este tipo está tan loco que se pone así por un campeonato en el que igual la pasó bien. Y nos dicen que dejamos todo en la cancha, y pensamos que sí, que dejamos todo, y que por eso ahora estamos vacíos. Y el afuera no nos comprenderá, porque los locos son ellos.
Lo vemos al que salió tercero, con su medallita bronceada que es más linda y brilla más que la nuestra, que es la del segundo. Y es que el tercero termina el torneo con una victoria, y nosotros nos vamos envueltos en la derrota, la única en seis meses. Aplaudida, pero derrota. La medalla del subcampeón es la única que duele y pesa como la promesa que no fue.
Y entonces la cabeza insiste y nos dice: "No te podés poner así, hay cosas más importantes en la vida". Pero el corazón toma de nuevo la palabra y le responde al borde del grito: "Sí, pero estoy triste igual, no me vengas con el verso".
¿Qué se hace cuando el otro equipo levanta una copa que nos pertenecía, que jugueteó con nuestros sueños durante todo un año y ahora se ríe cruelmente de nosotros, de nuestros rostros mustios que no quieren mirar? ¿Qué hay que hacer si llegamos al hogar tras la derrota y tratamos de refugiarnos en una siesta plomiza que nos ausente de nuestros pensamientos, pero no podemos sino mirar el sol que se va poniendo y se lleva una ilusión rota con él?
El futbolero de alma comprende mis líneas. De la derrota se aprende, es verdad.
Pero es más lindo ganar.
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22 de noviembre de 2007
1 de octubre de 2007
ACÁ SOMOS EL SEGUNDO
Hice mi propia encuesta para conocer los colores de quienes visitan este blog, y los resultados me dieron al Ciclón en segundo lugar, por encima de Boca. A la derecha puede verse el estudio, que duró quince días.
En el ambiente de La Bonita, parece que somos más cuervos que bosteros.
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29 de agosto de 2007
16 de julio de 2007
OTRA PESADILLA, OTRA ESPERANZA
Otra vez. Más de lo mismo. Brasil nos hizo el favor de devolvernos a la realidad con otra cachetada.
Hablemos claro. Habíamos llegado a la final con paso de campeón. De campeón de la Copa América, que es eso y nada más. Ganarle a Estados Unidos, Chile, Perú, México...
Ganarle a Brasil es otra cosa.
Es feo escribir cuando ya está todo dicho. Pero es peor si uno lo dijo antes.
La defensa argentina tiene un problema estructural, le hacen goles de manual hace tres mundiales y seguimos sin resolverlo.
Ayala pasó de largo frente a Julio Baptista como lo había hecho frente a Bergkamp hace 9 años, en Francia. Es inadmisible que a los 5 minutos de partido salga un pelotazo de 30 metros y Ayala, hombre a hombre, no atore al rival, deje que la reciba, la acomode y saque el tiro frente al cual Abbondanzieri no amaga siquiera a reaccionar.
He oído por ahí que el planteo de Dunga fue brillante, que Brasil nos aplastó "tácticamente". Y pregunto: ¿Había algo de sorpresivo en el planteo de Brasil? ¿Podía sorprendernos que Riquelme y Messi tuvieran siempre dos tipos encima, que cortaran el juego y no nos dejaran hacer tres toques seguidos, que Maicon no parara de mandarse por la derecha y que Robinho se moviera por todos lados?
Abbondanzieri, después del Mundial, no puede ser titular de la Selección si en el banco está Carrizo. Cambiasso tampoco si está Gago. Riquelme juega a veces, y a veces no. En los partidos importantes, no. En Boca sí, en la Selección no (y que me disculpe la mamá, simplemente trato de buscar variantes y soluciones). Verón es parte de una generación que fracasó, al igual que Zanetti y Ayala.
Acá no se trata de llevar a algunos al cadalso. Se trata de empezar de nuevo, de buscar variantes para la defensa, el arco y la conducción. Porque arriba ya tenemos de sobra (y pregunto: ¿cómo puede ser que Saviola no haya ido a Venezuela, qué tiene que hacer para que lo llamen?).
Faltan tres largos años para Sudáfrica. Hay jugadores para probar, y juveniles que van pidiendo cancha. Messi es el abanderado de lo nuevo. Hagamos el recambio natural que se espera en un país al que le sobran futbolistas. Hay motivos para ser optimistas.
Y mientras tanto, que festeje Brasil. Ya llegará la revancha, que siempre llega.
Escrito por
El Bambi
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TEMAS: FÚTBOL





