Mostrando las entradas con la etiqueta TÍO CARLOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta TÍO CARLOS. Mostrar todas las entradas

24 de julio de 2010

AQUELLAS BOTICAS DE BUENOS AIRES, POR CARLOS DUELO CAVERO

De vez en cuando paso por la esquina de Alsina y Defensa, frente a la Capilla de San Roque donde se casó mi hermana, y miro de reojo la farmacia que allí se encuentra, la más antigua de Buenos Aires. Unos tres meses atrás entré al negocio y observé que está prácticamente igual que en su fundación -o al menos eso presumo-. Estuve tentado de decirles a los farmacéuticos que mi tío había escrito una nota sobre ellos muchos años atrás, pero proseguí mi camino en silencio de cara al vértigo crudo. Ahora traigo a este rincón aquel artículo que con su habitual gracia deshiló Tío Carlos para la Revista La Nación, la cual lo publicó en su edición del 26 de julio de 1992: "Aquellas boticas de Buenos Aires".

Hace poco el mismo diario La Nación sacó en su versión de Internet una nota sobre esta farmacia, que incluye un video con imágenes de ella y una breve entrevista a su directora técnica desde 1969. Pero el texto del artículo ni se parece a aquellas crónicas coloridas de mi tío. En fin, he aquí la nota de Carlos Duelo Cavero:

Aquellas boticas de Buenos Aires

Precedieron a las farmacias en la elaboración y expendio de remedios; fueron también avanzada de cultura y escogido lugar de reunión


La historia de las boticas porteñas se pierde en el tiempo. Y la búsqueda de sucesos vinculados a ella tiene la virtud de reverdecer algunos hechos curiosos o quizá poco conocidos.

¿Sabía el lector que el doctor Bernardo Houssay, Premio Nobel de Medicina, trabajó en una farmacia de la plaza Flores, de la que fue director técnico, ya que también era farmacéutico? ¿O que Alfonsina Storni se desempeñó un tiempo como cajera en la Botica Landoni, en la avenida Cabildo 3501, hoy propiedad del doctor Alfredo Pierre, y situada en otra cuadra de la misma avenida?

Como no podía ser menos, la búsqueda se inició en la farmacia y droguería "La Estrella", que se alza en la esquina de Alsina y Defensa. Nombre prestigioso al que se suman los de otros negocios del ramo como la de don Hilario Amoedo, en Independencia y Tacuarí, fundada en 1824.

Prodigio de longevidad y fidelidad a la obra de sus mayores, esta botica de Amoedo es, sin duda, la más antigua de Buenos Aires de que se tenga memoria. Luego de prolongarse por espacio de 130 años en manos de una dinastía de Amoedo, fue traspasada a don José Salvadores y comprada, en 1930, por Francisco Boquete, cuyo hijo Rafael la regentea en la actualidad, bien que instalada en la vereda de enfrente y no precisamente en la esquina.

Las tertulias

La crónica rescata una larga lista de boticas que se sumaron con el tiempo a la de Amoedo y La Estrella. Así las de Cranwell, Catelin, Demarchi, Imperiale, Puiggari, Torres, Martiniano Passo, Antigua Rincón, El Mortero Dorado, Murray, Kelly, Nelson (integrante de la cadena de Droguería del Sud), El Fénix, Gibson, Rolón y Cía., Farmacia Inglesa Méndez -hoy Antigua Avenida de Mayo-, Lucioni y muchas más. Pocas son las que sobrevivieron.

Solo La Estrella siguió desafiando al tiempo, con su inconfundible estilo ítalo-francés. Su artíctico cielorraso fue iluminado por el muralista italiano Carlos Barberis, con expresivas alegorías femeninas representando a la botánica y a la química. Se murmuraba por entonces que una de aquellas diosas de Barberis era el vivo retrato de la hija de Facundo Quiroga, casada con un hijo de Demarchi, el fundador de la botica, que había posado como modelo para el pintor.

Aquellas boticas eran también famosas por las tertulias que se desarrollaban en la llamada rebotica o trastienda. Una de las más concurridas era la que tenía como escenario lo de Amoedo.

Frente a la iglesia

La farmacia de Buenos Aires tiene su historiador máximo en el profesor Francisco Cignoli, autor de la notable Historia de la Farmacia Argentina, que dice, en inspirado párrafo: "Junto a sus mostradores o en sus trastiendas dábanse cita, noche tras noche, los parroquianos más expectables del barrio en tertulias que se prolongaban invariablemente hasta promediar la noche, cuando el silencio dominaba en la ciudad y solo quedaba en la rumorosa botica el farolillo tras la ventana, indicador de un servicio nocturno que aun hoy conserva su tradicional y misteriosa apariencia".

Otra característica común a todas las boticas era su ubicación, preferentemente en una esquina, frente a una iglesia, de modo tal que el vecino que en caso de urgencia o apuro tenía que conseguir un remedio o consultar al boticario pudiera guiarse por el campanario del templo más cercano.

Medicina sabia

El edificio de la Farmacia y Museo La Estrella pertenece al patrimonio artístico de Buenos Aires gracias a la intervención del mismo arquitecto Peña, que intercedió ante la Municipalidad para que ésta lo adquiriese.

Los primeros boticarios de Buenos Aires fueron, sin duda, los jesuitas, que instalaron una pequeña botica frente al paredón de San Ignacio. Las crónicas coinciden en afirmar que "no existía entonces comercio de esa especialidad en la ciudad", si bien se menciona vagamente a unos padres betlemitas, encargados del entonces único hospital de la ciudad. Se recuerda que los religiosos actuaban simplemente a título de obreros médicos.

Especialistas paramédicos eran los sangradores, barberos, colocadores de emplastos, sacamuelas, hernistas y ventoseros y formaban parte del pintoresco mundo de aquella medicina comúnmente llamada sabia.

Invitado por Rivadavia, llega al país un grupo de hombres de ciencia europeos, entre los cuales se contaba un farmacéutico piamontés, químico y botánico por añadidura, Carlos Ferrari (1793 - 1859). Don Bernardino le encargó la organización del primer Museo de Historia Natural del país.

Las circunstancias se confabularon para que Ferrari -alma de boticario al fin- se decidiera un día a abrir una botica frente a dicha basílica y convento, esto es en la calle Defensa. Las transferencias del negocio se sucedieron con el transcurso del tiempo, hasta que en 1838 toma posesión de la botica don Silvestre Demarchi, un suizo pujante y visionario que da un gran impulso a la firma, incorporándole, además, una sección droguería al por mayor y un laboratorio. Son, por último, sus herederos quienes, hacia fines de siglo, resolverán mudar La Estrella -farmacia y droguería- a la esquina de Alsina y Defensa.

Vienen sanguijuelas

"Por entonces las epidemias eran frecuentes, y la prioridad de la prevención e higiene en la población daba un nuevo sesgo a la actividad farmacéutica. Un número de Caras y Caretas del 28 de octubre de 1899 hace referencia a las campañas que emprendía Eduardo Wilde para mejorar las condiciones de vida de los porteños. Una caricatura titulada "El furor sanitario" muestra al propio Wilde envuelto en una nube de humo que brota del fumigador que empuña.

"Fue aquella una época de expansión para La Estrella", comenta el doctor Fernando Malfitani, director actual de la casa y homeópata, así como lo había sido su padre, anterior propietario de la firma.

"De aquí salieron productos tan difundidos como la limonada "Roger", las píldoras para la tos "Parodi", creados por uno de los socios, y el jarabe "Manetti" para curar la indigestión. También se elaboraba aquí la célebre "Hesperidina", un aperitivo y tónico estomacal con vitamina C que trajo el norteamericano Bagley, afincado más tarde entre nosotros, y cuyo lanzamiento contó con el apoyo financiero de los hermanos Demarchi, hijos del que fuera socio cofundador de La Estrella y cónsul de Italia".

Por cierto que mirando viejos papeles dimos con verdaderos hallazgos publicitarios. Así, en "El Argos de Buenos Aires", del 1/11/1823, cosechamos esta encantadora muestra: "Han llegado sanguijuelas de Europa. Los profesores que quieran satisfacer algunas indicaciones las encontrarás en las boticas de D. Gabriel Piedra Cueva, calle de la Universidad y de D. Pedro Fuentes, calle de La Plata".

En 1826, Edmundo Cranwell, irlandés, para más señas, inauguraba su botica en Reconquista 68, haciendo cruz -cómo no- con la Catedral.

En 1856 se fundaba la Revista Farmacéutica, considerado el periódico más antiguo en su clase de América y el décimo entre los de esa especialidad en el mundo. Junto con la brillante historia del rosarino Cignoli, constituye una inapreciable fuente de documentación y consulta.

El anhelado museo

Otro logro que enorgullece a la docta casa es la creación de la cátedra de historia de la farmacia y la bioquímica, a cargo del doctor Ricardo López.

Pero sin duda la conquista más importante tuvo lugar en 1977, cuando con ocasión de celebrarse el "Día Panamericano de la Farmacia", se inauguró el Museo Argentino de la Farmacia, obra en gran parte debida a la doctora Rosa D'Alessio de Carnevale, ya fallecida, que a partir de 1930, y desde su cátedra de química analítica de medicamentos, fue aportando piezas para integrar el museo, que a menudo adquiría ella misma de su propio peculio, hasta coronar el proyecto en 1972. La doctora D'Alessio de Carnevale fue una de las primeras mujeres en alcanzar la titularidad de una cátedra en la Facultad. El museo es dirigido actualmente por el doctor Nicolás Jamardo.

Nuestro periplo concluye virtualmente como empezó: en una antigua farmacia, esta vez en la esquina de Pedro Goyena y Riglos, Caballito, propiedad del doctor Antonio Somaíni, presidente del Colegio Oficial de Farmacéuticos y Bioquímicos de la Capital Federal, que nos recibió en el ambiente en que ha desarrollado una buena parte de su vida.

"Fíjese si será antigua que cuando la compré, hace unos veinte años, entre los papeles de los propietarios anteriores encontré algunos fechados noventa años antes", cuenta.

También, explica que tuvo que hacer bajar el techo, "demasiado alto para esta época". Eso sí, está orgulloso de las reliquias que fue atesorando: una delicada balancita romana y una colección de frascos de origen alemán con etiquetas en letra gótica orladas de primorosos filetes. Estima don Antonio que en la actualidad hay en la Capital unas dos mil farmacias, y entre 400 y 500 bioquímicos, en su mayoría colegiados. "Nuestra institución atiende las obras sociales y también realiza auditorías y asesoramiento legal".

En los dos últimos años asaltaron su farmacia siete veces: "Gente joven, muy nerviosa, quizá drogados. Por eso coloqué rejas en torno del local, como si en lugar de una farmacia fuese una celda de máxima seguridad".

"Bueno -concluye-, sigamos hablando de los viejos buenos tiempos de las boticas".

1 de febrero de 2010

AMSTERDAM: "CAPITAL CULTURAL DE EUROPA", POR CARLOS DUELO CAVERO

Mi tío publicó este artículo en el diario La Prensa del domingo 24 de mayo de 1987. Hoy sería el cumpleaños de él, así que le hago el debido homenaje con esta nota que llamará la atención de Agustín Mackinlay, economista y bloguero residente en Amsterdam cuyo blog sigo con fruición y ha tenido el noble gesto de compartir un café conmigo. A él dedico, entonces, este recorte. Los pocos links han sido agregados por mí para mayor riqueza (si es que cabe el intento) de la nota.

En este espacio ya había contado una pequeña historia sobre la obra "La ronda de noche" a la que se refiere Tío Carlos. Puede ser vista aquí. Sin más preámbulos, dejo al amigo lector con el artículo en cuestión.

Amsterdam, capital cultural de Europa

La UNESCO la distinguió con este título durante 1987, y es una ciudad que merece, ella sola, un viaje a Holanda.

Por sus numerosos canales y puentes que la cruzan, se ha llamado a Amsterdam la Venecia del Norte. Pero en realidad esta lindísima ciudad holandesa poco o nada tiene de veneciana. Por otra parte es una ciudad típicamente fluvial, en tanto que Venecia es marinera por excelencia. Tampoco sus canales fueron jamás surcados por góndolas, mientras que sí lo son, en cambio, por barcazas. Torres esbeltas y edificios de techos negruzcos y cristaleras: he ahí el primer flash visual que recibe el viajero a la llegada a Amsterdam.

Pero hay que huir de los fáciles tópicos turísticos, máxime tratándose de una ciudad tan pluralmente atractiva. En plan de tener que elegir un símbolo que representara lo más característico de la ciudad, uno no sabría qué motivo tomar para el eventual poster. ¿La barca enorme convertida en mercado de flores flotante, y que navega por el Amstel? ¿Una mesita de café con su coqueto mantel y su velador? ¿La estampa de una de esas callejas angostas y tortuosas bajo el cielo lluvioso y gris? Difícil compromiso. En todo caso la UNESCO nos releva del embarras du choix al haber declarado a Amsterdam la capital cultural de Europa durante 1987. ¡He ahí el leit motiv ideal!

Ciudad de filósofos y pintores

Eugenio Fromentin, aquel cultísimo y delicado escritor francés apasionado por la pintura holandesa y belga, cuyo libro Los maestros de antaño es ya un clásico, decía que lo que Rubens es en Amberes, Rembrandt lo es en Amsterdam. Todo habla aquí, en efecto, del genial autor de La ronda nocturna, sin duda su obra más famosa y uno de los cuadros más célebres existentes en el mundo. "De ningún otro –añade Fromentin- se han dicho cosas tan acertadas ni tantos desatinos a la vez".

Empero, Amsterdam es también la casa que habitó Descartes y aquella otra en la que Voltaire se hospedó. Y, por supuesto, la patria de Spinoza, tierra fértil en filósofos, hombres de letras y pintores.

Flores y hospitalidad

En pocas ciudades del planeta como en ésta se practica una hospitalidad tan sincera y abierta. Sin preguntar a nadie de dónde viene o a dónde va, Amsterdam está siempre dispuesta a dar albergue al forastero, a otorgarle el derecho de hacer de la ciudad su propia patria chica sin necesidad de que lo pida.

Así, se recuerda cómo hace unas décadas recibió a los contestatarios o hippies que el resto del mundo había rechazado y les permitió acampar en la céntrica plaza Damm. Eso sí, con una condición: dos veces al día un camión cisterna del municipio irrumpiría en el lugar y un empleado limpiaría con una manguera a presión todo el espacio desalojado momentáneamente por los jóvenes vagabundos. La hospitalidad es una cosa y la mugre otra.

Ciudad única en Europa, sólo aquí usted puede encontrar árboles de Navidad en pleno verano y tulipanes aún en los días más fríos del invierno. Y, desde luego, todos los bulbos de tulipanes, jacintos que soñarse pueda, junto con los útiles de jardinería y floricultura más variados y sorprendentes.

Otros viajeros opinarán en cambio –sobre todo si son señoras- que Amsterdam es irrepetible porque es una especie de emporium donde los turistas fanáticos del shopping pueden gozar a sus anchas con tal de que vayan munidos de sus tarjetas de crédito o su buena provisión de dólares pues aquí se vende de todo, desde porcelanas y cristalerías hasta los diamantes más alucinantes. Porque Amsterdam es, además, la capital universal de los diamantes, y sus talladores se han ganado la justa fama de ser los mejores del mundo. Pero si el presupuesto no le alcanza para llevarse uno de esos inolvidables pero caros souvenirs, siempre puede consolarse comprando uno de los deliciosos quesos del país o, incluso si aun así no halla consuelo, varios porrones de ginebra.

Los museos le esperan

Volviendo al tema de la pintura: si París valió una misa, Amsterdam bien merece dedicarle varios días a sus museos, en los que se ofrecen algunas de las mayores obras de la pintura holandesa. Nos referimos a Rubens, Rembrandt y Van Gogh.

La popularidad de Rembrandt, el pintor de Leiden, trasciende los muros del Rijksmuseum hasta el extremo de servir su efigie como símbolo distintivo de una importante marca de cigarros y de etiqueta de bebidas y rótulo de toda suerte de negocios. Por cierto que en este museo se exponen algunas de las piezas máximas de Rembrandt, incluida La ronda nocturna, que, en rigor, originalmente ostentaba el título de La compañía del capitán Frans Banning Cocq y del teniente Willem van Ruitenburch. Es este un cuadro monumental, imponente, que Rembrandt pintó hacia 1642, cuando contaba treinta y siete años, por encargo del mencionado capitán Cocq.

La pinacoteca alberga a otros grandes artistas del siglo XVII, entre ellos Frans Hals, Jakob von Riudael, Albert Cuyp, Jan van der Meer, por citar a algunos nativos así como a otros grandes europeos, como los españoles Goya, El Greco, Murillo y Velázquez. Y cuando visite usted este museo ejemplar, no deje de admirar, por favor, las porcelanas y casas de muñecas del siglo pasado que allí se exhiben. Volverá a la infancia al instante.

En cuanto a Van Gogh, también él tiene su museo, en Paulus Potterstraat, 7. Aquí uno no sabe si empezar por elogiar los cuadros o el alarde de tecnología y cuidados que los rodea. Unos doscientos cuaros y cuatrocientos dibujos del genio de los girasoles están expuestos en este museo maravilloso dotado de todas las garantías de conservación y seguridad (a esta altura es obligado derramar una lágrima de dolor en recuerdo de los vergonzosos despojos que no hace mucho fueron objeto nuestro Museo Nacional de Bellas Artes y, más recientemente, el Castagnino de Rosario).

Tampoco debería pasarse por alto una visita al Museo Stedelijk, que posee una riquísima colección de pintura de Monet, Degas, Cezanne, Matisse, Mondrian, Kooning, Picasso y, último pero no menos importante, el inefable Chagall.

La gastronomía es también un arte

A los colegas de nuestra admirada –y seguida- Emmy de Molina les ha de interesar sin duda, como a todo gourmand que se respete, hacer un tour por el Museo Histórico Culinario (Wibautstraat, 220), situado en la misma sede de la escuela de pastelería de Amsterdam en donde pueden apreciarse algunas de las "armas secretas" que los antiguos holandeses utilizaban para elaborar su mundialmente famosa repostería.

Pocos pueblos se desayunan en forma tan copiosa como los holandeses. Allí el desayuno es toda una institución, un banquete diario cuyo menú consistente en un variado repertorio de verduras y hortalizas en crudo, café con leche, mermeladas y compotas, embutidos, quesos, mantecas, diferentes clases -¡oh, el vilipendiado pan!- de pan y, naturalmente, la deliciosa, formidable cerveza holandesa.

En cambio, fuerza es reconocer que lo mejor de la cocina holandesa no lo encontrará en sus platos típicos sino en los restaurantes de Indonesia, su ex colonia, donde es posible saborear platos del Lejano Oriente como los rijstaffel (hasta cincuenta platillos distintos, picantes en general, acompañados de bols de arroz hervido). Son también recomendables los aromáticos sambalans (verduras estofadas), los kroepeks, unos camarones deshidratados y fritos en aceite hirviendo, y los inefables loempias, inenarrables chorizos que se sirven con huevos.

El gastronómico paseo nos ha apartado de otra meta no menos seductora: la de los tulipanes, a los que posiblemente dedicaremos más adelante una nota especial.

22 de octubre de 2009

LA RECOLETA, POR CARLOS DUELO CAVERO

Mi tío publicó este soberbio artículo en el diario La Nueva Provincia del domingo 5 de marzo de 1989. "La Biela", el tradicional café que menciona, es actual esquina de encuentro entre mi padre, Pedrito y este servidor, y fue punto de reunión de mi papá, mi tío y un grupo de amigos de ellos, entre los cuales se contaba, por ejemplo, el arquitecto napolitano y argentino por adopción Clorindo Testa. Cuando mi tío se fue, le dediqué unas pobres líneas -que me guardo- en las que el gomero de La Biela preguntaba por él. Hoy me encuentro con este artículo de él que recorre ese exquisito rincón de Buenos Aires. Dice así:

Uno de los casos más singulares en los anales de la arquitectura funeraria es sin duda el del cementerio de la Recoleta, situado en una de las zonas residenciales más elegantes de Buenos Aires, el comúnmente llamado Barrio Norte, donde hasta finales del siglo XVIII solo florecían las quintas y las chacras, a la orilla misma, como quien dice, de la pampa, ajena todavía al arado y el mojón civilizador.

Lágrimas, risas y buen apetito

Pero lo que llama más la atención del turista (el de la Recoleta es un tour ciudadano obligado) es el contraste que hoy ofrece esta plaza Mitre, flanqueada a un lado por el paredón del cementerio y al otro por la mayor concentración de restaurantes que no bajan de los cuatro tenedores, presididos todos ellos por el veterano café "La Biela", así llamado en virtud de la gran cantidad de corredores y aficionados al automovilismo deportivo que allí tuvieron sus peñas y tertulias allá por los años 50/60, en la época heroica de los míticos hermanos Gálvez, Fangio y Froilán González.

Gastronomía para refinados gourmets y frivolidades nocturnas en una orilla. Cortejos fúnebres y lágrimas en la otra. Como dos territorios opuestos, separados por una suerte de tierra de nadie, una plaza con cafés en las terrazas, jubilados y niños, todos bajo el esplendoroso gomero, el ficus de la India bajo cuya copa los porteños viven su aperitivo, comen y discuten de todo lo humano y divino.

Pero el espectáculo que más llama la atención del visitante no es tanto este gigantesco árbol sino allá al fondo, el horizonte de ángeles sorprendidos en su vuelo, "congelados", como diría un director de cine o TV, detrás de los espesos muros del cementerio. Como empinados sobre los panteones y bóvedas donde duermen su sueño eterno los innumerables ciudadanos "meritorios" que un día hicieron la travesía definitiva a la otra ribera, si se me permite el exceso necrológico.

Los ángeles aristocráticos

Desde aproximadamante 1880 hasta las primeras décadas de este siglo, la Recoleta empieza a transformarse en una auténtica galería de esculturas angélicas en su mayor parte de procedencia europea. Las familias próceres argentinas, primero, y las más acaudaladas después, la alta sociedad porteña, en fin, rivalizaban por erigir a sus difuntos monumentos a cual más artístico y ostentoso. Tener una bóveda en la Recoleta (aquí están los terrenos más caros del país y quizás del continente) es como un "timbre de orgullo", un sello de distinción y solvencia.

Monumentos importados

Los ángeles escultóricos, encargados de velar el sueño eterno de tantos muertos ilustres, de tanto cher disparu, como dicen los franceses con encantadora imagen, comenzaron a sobrevolar los espacios verdes de la Recoleta hasta donde llegaba el río "color de león" cantado por Lugones, hacia las postrimerías del siglo pasado. De estilo vario, estos ángeles, no siempre de hechura acorde con su misión, fueron en su mayoría traídos de Europa, señaladamente de Italia, Francia y España.

Si bien no puede afirmarse que encierren una especial jerarquía artística, o sean siquiera de original concepción como, por ejemplo, las del parisiense Pere Lachaise, fuerza es reconocer que la Recoleta posee obras de excelentes artesanos, casi todos provenientes de Italia.

No es este el tipo de garden-cemetery, de estilo anglosajón, como abundan en Norteamérica; lugares propicios para el paseo placentero en medio de una ordenada naturaleza, como el de Mont Auburn, en Cambridge, Massachusetts, tan del agrado de las familias bostonianas del período victoriano.

La necrópolis más aristocrizante de Buenos Aires es, pues, la Recoleta, pero la de mayor extensión y capacidad es la llamada Chacarita o Cementerio del Oeste, cuyas innumerables placas significaban para nuestro inolvidable Ramón Gómez de la Serna una inagotable fuente de greguerías e ideas, algunas quizás incorporadas a su genial libro "Los Muertos, las Muertas y otras Fantasmagorías".

Mezcla de estilos

La conocida arquitecta Marta García Barrio Garsd, Máster en Historia de la Arquitectura y del Arte de la Universidad de California, señala en uno de sus ilustrativos trabajos: "El paisajismo inglés no resultó doctrina popular en el sur de Europa, particularmente en Italia. Si Buenos Aires se inspiró en el Madrid borbónico o en el París haussmaniano, su más distinguida necropolis se fue acercando en las postrimerías del siglo a algunos de los densos cementerios italiano".

Los ángeles, es ya cosa sabida, son personajes conspicuos en la imaginería popular contemporánea. Por lo general son figuras de jóvenes alados, de rostro adolescente, que se sostienen en el aire como en un milagro de equilibrio, con los pies ligeramente separados. A menudo muestran un brazo en alto en su acción de lanzarse al vacío, y en una de sus manos suelen empuñar una trompeta, heraldos del juicio final. En la Recoleta abundan los ángeles italianos, reproducidos y transportados a Buenos Aires.

Ciertos autores sostienen que la tendencia a la "feminización" del ángel se inicia durante la Edad Media, transformándolos en seres frágiles y tiernos a modo de homenaje y culto a la Virgen María.

Entre los más robustos en este cementerio de la Recoleta figuran los tres que fueron esculpidos en 1912 con destino al monumento funerario de la familia Paz, fundadora y propietaria del diario "La Prensa", ejecutados por el francés Jules Felix Coutan y que responden a un barroco tardío tradicional y en extremo académico. El ángel situado a la izquierda está apoyado en un ancla, símbolo cristiano de la esperanza, en tanto que el de la derecha sostiene a sus pies una corona funeraria, emblema que los primeros cristianos tomaron de la guirnalda romana, atributo de honor, victoria y gloria.

Lejos de las pasiones cercanas

Luego de transitar por la artesanía italiana del ochocientos italiano, el eclecticismo francés y el neogótico irlandés, llegamos al novecentismo escultórico español personificado por el maestro Mateo Inurria y Lainosa, nacido en Córdoba, Andalucía, en 1869, y autor de importantes trabajos de restauración en la Mezquita de Córdoba. A Inurria, que se inscribió en la escuela humanista idealizante inspirada por el gran Manolo Hugué, se debe un Cristo soberbio hierático, emplazado en el monumento al pionero don Ángel Velaz. Es una estructura arcaica, de belleza estremecedora.

Grandes personalidades de la historia argentina, políticos, militares, religiosos, artistas, escritores; ardorosos contendientes en la vida pública, enemigos irreconciliables, federalistas y unionistas, víctimas y victimarios, encontraron finalmente la paz definitiva en este pedazo de tierra al amparo de las pasiones, bajo las alas de estos ángeles de piedra y mármol en vigilia permanente.

Jorge Luis Borges escribió una certera poesía, labrada sobre una placa en la bóveda de la familia de Diego de Alvear. La dedicó a su amiga Elvira de Alvear, noble y fina dama que hizo de espíritu un culto, y cuyos últimos versos dicen:

Todas las cosas la dejaron, menos
una. La generosa cortesía
la compañó hasta el fin de su jornada,
más allá del delirio y el eclipse,
de un modo casi angélico. De Elvira
lo primero que vi, hace tantos años,
fue la sonrisa y es también lo último.

Tributo de amistad, elegía justa, de uno de los argentinos más grandes que, sin embargo, quiso morir y descansar lejos de su patria, en la añorada Ginebra de su juventud.

Nota: Las fotos y los enlaces fueron agregados por mí. Un último consejo: No dejes de ver, amigo lector, la colección de fotos que un tal Andrés28 publicó en un foro al que llegué investigando un poco. No tiene desperdicio, y de ella he seleccionado las que usé aquí, excepto la del majestuoso amigo que sigue esperando a mi tío para darle su fresca sombra, e ilustra el final de estas líneas.

23 de septiembre de 2009

DE TESOROS FABULOSOS HUNDIDOS EN EL MAR, POR CARLOS DUELO CAVERO

En el siglo XVII, en España, ya se habían desarrollado técnicas y equipos para la búsqueda y recuperación de galeones, como lo revela un interesante manuscrito conservado en el Museo Naval de Madrid

El tema de la búsqueda de galeones hundidos en el fondo del mar con sus correspondientes cargas preciosas, estaba circunscripto hasta no hace mucho al ámbito de la literatura de ficción, del género de la aventura. Ya no es así. De un tiempo a esta parte ha pasado a ser noticia de gran actualidad que suele aparecer en las primeras planas de los diarios y, a menudo, en los informativos de la televisión.

Ante esos buceadores rebosantes de alegría que sin ningún pudor muestran los frutos de sus pesquisas submarinas -lingotes de oro y plata, joyas y monedas, que ascienden a menudo al total de varias deudas externas- uno, la verdad, tiene la sensación de haber perdido lamentablemente el tiempo, y se culpa por no haber nacido con "l'esprit de l'aventure", e incluso, si nos apuran, por no ser un hombre rana, dicho sea sin segundas intenciones.

Los galeones

Una mañana de julio de 1985 los diarios nos sirvieron con el desayuno los alucinantes relatos que el norteamericano Mel Fisher había hecho sobre el rescate del tesoro del galeón español "Nuestra Señora de Atocha", naufragado en los cayos de la Florida cuando transportaba a España lingotes de plata y otras menudencias por el valor de 400 millones de dólares. Una historia digna de James Bond, pero verídica.

Este ha sido sin duda el rescate submarino más espectacular hasta el presente. Se explica que el tal Fisher -que en rigor debiera llamarse Fisherman, o sea pescador- apareciera junto a sus buceadores ante las cámaras haciendo un alarde de espuma de champán francés sobre la cubierta de su navío.

En estos días nos enteramos por los mismos medios de que un enjambre de buzos y hombres rana especializados en esta lucrativa actividad, localizó finalmente los restos de otro muy buscado galeón, igualmente español, pero mucho más importante que el "Atocha", que probablemente sea "Nuestra Señora de la Maravilla" -¡y vaya si le queda bien el nombre!- naufragado en las Bahamas en 1656 con un argamento cuyo valor no baja de los 1.600 millones de dólares. Del botín reflotado uno ya se conformaría solamente con poseer la esmeralda de 49,5 kilates que -aseguran- contenía uno de los cofres recobrados. La piedra preciosa está justipreciada en un millón de dólares.

La búsqueda de galeones hundidos en las profundidades abismales de océanos y mares del planeta no es cosa de hoy, ni siquiera de ayer. Ya en el siglo XVII se aplicaban técnicas por entonces muy afinadas para intentar el rescate de los tesoros sepultados bajo las aguas. En el Museo Naval de Madrid se conserva un valioso manuscrito debido a don Pedro de Ledesma en el cual éste explica detalladamente cómo a la sazón se ubicaban los galeones españoles perdidos en accidentes propios de la navegación o a causa de los ataques de los piratas, ingleses y holandeses principalmente, que merodeaban por los mares del Nuevo Continente.

Un curioso personaje

El mencionado manuscrito, no hace mucho salido a la luz pública gracias a la inquietud y generosidad de la profesora Lola Higueras, jefa de investigación del Museo Naval de Madrid, encierra un valor documental inestimable ya que aporta datos significativos para el enriquecimiento de la historia de las exploraciones marítimas y la labor de los estudiosos del tema.

La profesora Lola Higueras piensa que el tal don Pedro de Ledesma probablemente sea el mismo personaje que por aquella época -inicios del siglo XVII- era secretario del Consejo de Indias, primero con Felipe III más tarde, hasta noviembre de 1622, con Felipe IV.

Los frecuentes siniestros de las naves de la Corona Española que hacían viajes regulares entre el Nuevo Mundo y la Península Ibérica, ya fuera por acción de las flotas de naciones enemigas o por los cañonazos de los filibusteros, tuvieron la virtud de aguzar el ingenio de la gente de mar para ubicar las embarcaciones y recuperar los tesoros con ellas hundidos.

Un documento "delicioso"

A través de las descripciones de Ledesma, en las que campea un tono deliciosamente ingenuo, el lector puede apreciar hasta qué punto es falsa la tan difundida imagen que pinta al español negado para todo cuanto pertenezca al reino de la inventiva y la técnica. Las cinco preciosas láminas -de un naif encantador- que ilustran y dan realce al documento, fueron realizadas en tinta sepia con una liviana aguada en azules, y tienen la calidad de un cuadro. Una gran parte de la obra de una sorprendente nitidez se debe, pues, a la impecable profesionalidad del fotógrafo Orónez.

Por cierto que alunos pasajes del manuscrito, dividido en dos partes, son de una prosa refrescante, de sabrosa y amena lectura. Así, por ejemplo, el autor dice en nota al pie de una de las láminas: "Esta invención hice yo el año 1623 en los cayos de Matacumbé para buscar los planos de los dos galeones con la plata, "La Margarita" y el galeón de don Pedro Pasquer. Hallé el uno a tres brazas". Alude -dice la profesora Higueras- al galeón "Santa Margarita" que varó y se destrozó en uno de los temibles cayos de los Mártires.

A propósito de las arriesgadas expediciones de búsqueda y rescate en aquellos lejanos tiempos, Lola Higueras comenta en el trabajo que le publicó el excelente semanario de Barcelona "Jano - Medicina y Humanidades": "Es evidente que estos pioneros de la inmersión debieron sufrir gravísimos percances durante su trabajo, aunque la propia naturaleza del mismo provocaría una rápida y dramática selección de hombres especializados, dotados y adaptados para sobrevivir a las inmersiones en estas condiciones". Y más adelante agrega: "Si pensamos que el hombre puede trabajar y habitar hoy hasta los 500 metros en las profundidades marinas de forma habitual, y que es capaz con ingenios teledirigidos, de explorar y explotar los recursos de los océanos hasta los 5.000 metros de profundidad, estaremos en situación de valorar el avance humano en este reto apasionante por dominar las profundidades marinas".

***

A los navegantes de hoy, provistos de una afinadísima "parafernalia" de mapas, radares, sonares, rutilantes equipos de buceo, etcétera, los ha de animar sin duda la lección de coraje y empeño que les legaron sus antecesores, aquellos bravos buzanos del siglo XVIII, a pesar de los escasos y precarios medios con que contaban.

Virtualmente saqueados y degradados los recursos terrestres, la raza humana dirige hoy su mirada esperanzada al mar que no solo alberga en sus profundidades tesoros de galeones hundidos sino algo mucho más codiciable y duradero: riquezas energéticas y posibilidades alimenticias fabulosas. Del hombre depende en definitiva que esta excitante aventura submarina no se convierta en una desordenada e irresponsable explotación como la que ya aflige a nuestro castigado reino terrestre.

Publicado en "La Nueva Provincia", domingo 15 de febrero de 1987. Nota: La ilustración y los enlaces son agregados míos. Dedicado a mi adorada prima Carolina, que hoy cumple felices años.

3 de enero de 2009

EL CLUB DE LOS QUE NO TIENEN PRISA, POR CARLOS DUELO CAVERO

En estos días en que las celebraciones se prestan a encuentros familiares y lánguidas tertulias con amigos, el reloj, tirano él, se rebela contra nuestra pachorra e intenta apurar las sobremesas y escupir el placentero asado de la plática. En este ambiente, cobra actualidad un artículo que publicó mi tío Carlos en La Prensa el 3 de marzo de 1988. Este club al que él se refería en su nota, con el cual me identifico y al que mi amigo Arturo se habría afiliado seguro aunque sin prisa, me trae a la memoria mi etapa de cajero en el Citibank, cuando nuestro grupo de tareas se hacía llamar "Los Sin Apuro".

El mote autoimpuesto, del cual fui autor intelectual, se debía a que no entrábamos en el vértigo sin sentido del recuento monetario y repasábamos los fajos de billetes tranquilamente, mientras charlábamos del último clásico del fútbol argentino, de las mejores bandas de rock o de alguna anécdota de la noche porteña, y cada 45 minutos cambiaba de lado el cassette de turno. Eso sí, éramos los mejores cajeros, y trabajábamos igual o más que los demás.

A Arturo va dedicado este artículo de mi tío, entonces, que dice así:

En medicina hay una enfermedad cuyo cuadro está caracterizado por la imperiosa necesidad de mover las extremidades inferiores que experimenta quien la padece. Es el "síndrome de las piernas inquietas", que también podría ser el título de una novela de misterio. Se manifiesta sobre todo esta enfermedad por los síntomas sensitivos de naturaleza sumamente desagradable, localizados casi siempre en el interior de las pantorrillas, no en la piel, que provocan en el paciente una apremiante necesidad de movilizarse, caminar, incluso de correr o andar de un lado a otro continuamente.

¿A dónde vamos?

El síndrome de las piernas inquietas o el anxietas tibiarum, como también se la denomina, parece atacar a la mayoría de los habitantes de Buenos Aires. Basta dar una vuelta por el centro para poder apreciarlo. La gente camina como víctima de este extraño síndrome, a veces atropelladamente, pisándose los talones, sin que las luces de los semáforos ni el paso de los vehículos logren detener su marcha.

La obsesión de la prisa en todo, el agresivo dinamismo de las relaciones sociales, de los negocios, de las comidas rápidas -los lamentables fast food- se han adueñado de los menores actos de la vida cotidiana haciendo de la existencia un vértigo permanente. Y quien dice "piernas inquietas" dice autos superveloces, motos como exhalaciones, aviones supersónicos.

- Este fin de semana volví de Pinamar en tres horas y media -se ufanaba un compañero de trabajo- Salí a las nueve de la noche y a la una estaba durmiendo en casa.

Lo cual no impidió que a la mañana siguiente llegara tarde a la oficina. ¿Para qué la proeza? ¿Para que en un segundo fatal el próximo weekend se la destruya un caballo suelto en la ruta o una bicicleta sin luces traseras?

Dos grandes escritores franceses, Gide y Proust, al condenar la manía de la prisa, del perpetuo movimiento, de la propensión a "estar en el ruido" diríamos hoy, coincidieron en una cita de otro francés, egregio pensador: Blas Pascal. "Todas las desgracias de los hombres -dijo el padre de las Pensées- provienen de una sola fuente: no saber quedarse tranquilos en una habitación".

Los hombres quietos

En Londres existe desde hace varios años un club compuesto por caballeros de buen juicio y fino espíritu: "el club de los que no tienen prisa". En los estatutos sus fundadores puntualizan que la velocidad y el dinamismo están realizando una labor destructiva contra la humanidad. Los flemáticos socios de la simpática institución no quieren saber nada de urgencias. Se atrincheran en los mullidos butacones con su whisky o su sherry y resisten estoicamente los embates de la locura que reina afuera. Para ellos toda prisa tiene un fondo de esnobismo (de S.Nob., abreviatura de Sine Nobilitate, sin nobleza), de inutilidad.

Clubs para todo

Los ingleses siempre se distinguieron por sus clubs a menudo excéntricos, y el de "los que no tienen prisa" no es por cierto el más singular. Uno de los más antiguos fue el Club de las Cabezas de Ternera (Calves Head Club), republicano, que se formó en la época de Oliverio Cromwell. Sus socios, tan sacrílegos cuanto irreverentes, se reunían en un banquete cada 30 de enero, aniversario de la decapitación del rey Carlos I y, en conmemoración del regicidio se despachaban una cabeza de ternera como plato principal después de haber consumido otras exquisiteces tales como ostras en escabeche y lengua a la escarlata cocida en malvasía.

También hay memoria de otras asociaciones peregrinas como el club de los gordos, de los duelistas, etcétera. Pero sin duda ninguna tan sensata, atinada y razonable como el club de "los que no tienen prisa", a quienes el síndrome de las piernas inquietas no parece afectar mayormente. La vida con prisa -filosofan sus conspicuos members- es casi siempre una vida muy corta ¡Ay!


Nota del blog: Los hipervínculos que he agregado no son, por supuesto, obra de mi tío, sino que vienen a reconfirmar mucho de lo que él escribía, para lo cual se nutría exclusivamente de libros, conversaciones y saberes propios.

8 de noviembre de 2008

DE REPENTE, OLOR A CAMPO EN LA VUELTA DE LA ESQUINA, POR CARLOS DUELO CAVERO

Tal como había prometido unos días atrás, cedo al amigo lector el sereno placer de leer artículos escritos por mi tío Carlos en distintos diarios y revistas. El que sigue es el primero que he seleccionado. Fue publicado en El Cronista el 20 de noviembre de 1989.

La ilustración no es de la nota original, por supuesto, sino que es la severa pero pintoresca imagen de mi tío cuando era apenas un purrete. Ese retrato será el que acompañe graciosamente sus notas, con el mismo aire de picardía que él les imprimió siempre. ¡Cómo se habría reído de haberse visto en esta foto, así expuesto a la luz de la Internet que no conoció! En sus hijos dejó el legado y el apellido de un hombre bueno.

De repente, olor a campo a la vuelta de la esquina

A pesar del progreso de la ciencia y el avance tecnológico, los yuyos y los yuyeros siguen ocupando un lugar importante en la vida diaria. Y no solo como un tributo rendido a la nostalgia. Porque muchas veces con yuyos se consiguen resultados que no garantiza la ciencia.


Las herboristerías o yuyeros, si lo prefieren, han crecido como hongos en los últimos tiempos. Uno va caminando por esas calles de Dios y de pronto le llega como una vaharada de sierra y campo. Una mezcla de aroma de tomillo, albahaca, boldo, peperina y qué sé yo cuántos perfumes más. Señal de que por ahí anda un herbolario, que es como antaño se llamaba a los yuyeros.

Adoro el olor de esos negocios; sobre todo me encantan los que son viejos y destartalados, generalmente situados en las proximidades de alguna feria, atendidos por sus propios dueños que acaso provienen de varias generaciones atrás. Entrar en esos locales es para mí como meterme en el mundo del Galdós de "Fortunata y Jacinta". Huelen también a "la recherche du temps perdu", a Dickens y un poco, quizá, al Fernández Moreno de la "Guía caprichosa de Buenos Aires", ese libro injustamente olvidado.

Recuerdo que en la moruna ciudad de Granada donde viví "illo tempore", había un viejo boticario que practicaba la farmacopea galénica y sabía reconocer las plantas medicinales por sus olores, como si se tratase de vinos añosos. Este boticario tenía alquilado un piso encima de su farmacia, una de esas farmacias con rebotica y su colección de potes de porcelana y almireces o morteros de los tiempos en que las píldoras se preparaban a mano y si usted se descuida incluso se aplicaban ventosas y sanguijuelas. Y recuerdo que aquel boticario de zarzuela, pues era la mismísima estampa del personaje de "La verbena de la Paloma", cuando caía enfermo le decía a su mujer: "Mira, Pepa. En caso de gravedad, a mí de lo de abajo nada. A mí dame cosas que huelan bien".

Es que el hombre era un convencido de que las cosas que realmente curaban eran las que huelen bien. Y quién sabe, en definitiva, no será ese el futuro de la farmacopea: los productos de olores agradables y nombres tentadores, sensuales, de flores, especias y frutas. Aromas con reminiscencias de infancia y adolescencia, de largas vacaciones -¡oh, aquellas de tres meses en el campo!- con sabor a verbena, a espino blanco y a retama.

Suelo quedarme un rato charlando con algún yuyero en mis vagabundeos por la ciudad y a veces me invento dolencias simplemente para que me reciten su ciencia misteriosa y brujeril. Entonces, ellos desgranan los nombres de mixturas mágicas que curan desde una simple gripe hasta una colitis o un "stress". El abrótano o artemisa defiende el pelo contra su caída (me enteré demasiado tarde); el árnica sirve contra los golpes; la yerbabuena olorosa depura la sangre. ¿Qué milagros en fin no obrarán esas hojas, esas raíces resecas de formas caprichosas que a menudo saltan del botiquín doméstico a la cocina, para condimentar una sopa o una fabada, siempre con feliz resultado?

Por ejemplo, la pimienta de Cayena o pimienta roja es de uso frecuente en no pocos hogares. Una vez sorprendí a un vecino mío tomándose un "té" de esa violenta especia sin pestañear. Como yo lo contemplase asombrado, me dijo casi disculpándose: "Es que he pescado un resfrío terrible". Excuso decirles que en ese preciso instante yo también me puse a traspirar copiosamente.

Pero si hay una planta que merezca el Premio Nobel de Medicina ella es indudablemente el humilde ajo. Miles de años antes de que asomara al mundo el Dr. Fleming, el ajo ya se usaba para matar los gérmenes nocivos. Y me dicen (no lo he comprobado personalmente) que el perejil es estupendo para un montón de cosas. Se cuenta que un día introdujeron un ramito de esa hierba fina en una IBM y se descubrió que además de servir para elaborar un sinfín de salsas, el perejil es riquísimo en vitaminas A y B. Pero a mí, qué quieren ustedes, las vitaminas me gustan más en vivo y en directo.

A propósito: algún día tengo que volver a Médanos, la capital del ajo argentino. ¡Y qué ajos!

31 de octubre de 2008

TÍO CARLOS

Resulta ser que entre los muchos regalos que mis padres me dieron estaba el Tío Carlos. Es decir, un tío que escribía de mil maravillas, leído y tan español como el Ebro o la Alhambra, al igual que su hermano Fernando, mi papá.

Carlos Duelo Cavero fue uno de los precursores de la comunicación empresarial en la Argentina, según me ha dicho más de un conocedor del rubro. Pero además de eso, y de ser uno de los fundadores de la Logia del Guiso, escribía colaboraciones en diarios como La Nación, La Prensa, El Cronista o Tiempo Argentino.

Mis primos tienen la colección de sus artículos y me he hecho de una pila de ellos, con el objetivo de compilarlos y digitalizarlos. Esta tarea me permite leer sus escritos y disfrutar de su prosa aguda y nutrida en torno a temas de los cuales, como vengo a descubrir ahora, también me he ocupado en este espacio. Hablo de Van Gogh, de Buenos Aires y de Cristóbal Colón, por citar algunos ejemplos. Claro está que no gozo de los recursos para dotar a estas líneas del rico vocabulario que él manejaba. Uno hace lo que puede.

Cuando tenía unos diez años, fascinado por los policiales de Agatha Christie, empecé a escribir un libro de misterio ambientado en el hotel de Pinamar donde solíamos pasar el Año Nuevo. A Tío Carlos le entregué mis folios para que los mirara, y recuerdo cómo le divertía el hecho de que usara apellidos anglosajones para mi proyecto de novela. Nunca terminé esa obra, pero conservo con afecto sus primeras setenta páginas, como testimonio de mi imaginación infantil.

Me gustaría homenajear esa presencia de Tío Carlos en mi biografía copiando en este rincón algunos de sus artículos, con el debido permiso de mis queridos primos, sus herederos. Por eso, amigo lector, te invito a pasar por acá uno de estos días para gozar de una lectura sana, finamente irónica y del todo provechosa. Si alguien conoce a mi tío a través de estas líneas, tendré otro motivo entre muchos para sonreir.