No es la primera vez que en este espacio rindo homenaje a un artista menos conocido pero igual de valioso que Caravaggio, quien fue su maestro. Hace ya un buen tiempo, lo aproveché para ilustrar ciertas reflexiones sobre las incómodas visitas al dentista. Algo que el pintor al que hoy me refiero debe haber padecido (y sin anestesia), habida cuenta de la cruda imagen que dejó de ese oficio.
El cuadro que hoy traigo a este rincón es de 1623 y pertenece también a Gerrit van Honthorst. En él repite el esquema de contrapunto entre luces y sombras, aprendido de Caravaggio y usado también por Rembrandt con maestría. Sus obras se asientan en este estilo, con el cual realza dentro de cada obra aquellos puntos que quiere destacar.
Un estudio del paralelo entre ambos artistas, que debe existir pero no conozco, suena muy interesante. Por ejemplo, una comparación entre las visiones que ambos tuvieron sobre el hijo pródigo del Evangelio. Van Honthorst refleja el momento de jolgorio del personaje en cuestión, con una primera obra en 1622, y me pregunto por qué razón (si por alguna identificación personal, por el afán de superarse o por el mero gusto por el tema), insiste con otra versión, aunque en el mismo tono, en 1623. Rembrandt pinta también al hijo revoltoso, pero en la conclusión de la historia, que es el regreso a los brazos del padre que todo perdona, un cuadro que se calcula fue pintado hacia 1666, es decir, unos cuarenta años más tarde que los de Van Honthorst.
De la misma manera, ambos pintaron otro tema bíblico recurrente, al que nos referimos unas semanas atrás: la negación de Pedro. Von Honthorst omitió la tremenda mirada de Jesús a su discípulo, mientras que Rembrandt la remarcó. Otras escenas del Evangelio también ocuparon la atención de los dos maestros, como por ejemplo, la adoración de los pastores al Niño Jesús.
El cuadro que ocupa hoy el lugar protagónico se encuentra en el Rijksmuseum, y muestra a un violinista asomado a una ventana, con una copa en su mano derecha. Sus mejillas enrojecidas sugieren que el vaso no es el primero. En su mano izquierda, un violín se muestra como complemento de su alegría. Su brazo corre la cortina que lo deja asomarse a la ventana y dirigir al espectador una mirada cómplice y festiva.
Los cuadros que tienen a la música por coprotagonista se repiten en la trayectoria de Van Honthorst. Ejemplos de ellos son "Concierto en un Balcón" (1624), "El Concierto" (1626 - 1630), "Grupo Musical en un Balcón" (1622), o "Cena con Música de Laúd" (hacia 1617).
Van Honthorst nació en Utrecht (Holanda) en 1590, y murió en la misma ciudad en 1656. En el Art Renewal Center, una muy recomendable enciclopedia de pintura en Internet, en la que escriben numerosos críticos de arte y se habla del "vacío del arte moderno y posmoderno", puede encontrarse una buena descripción de Van Honthorst, que es en realidad una repetición de un artículo anónimo de la Encyclopaedia Britannica de 1911. En el texto en cuestión, el autor afirma que Van Honthorst fue un artista mediocre pero afortunado al captar el naturalismo de Caravaggio. Modestamente, creo que este artista no fue mediocre, sino que conoció bien aquello en lo que era fuerte y lo transmitió de manera fiel, con un estilo definido.
27 de abril de 2008
EL CUADRO: EL ALEGRE VIOLINISTA, DE GERRIT VAN HONTHORST
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TEMAS: ARTE
26 de abril de 2008
EL DIARIO Y EL CAFÉ
Una de las cosas que más disfruto en el escaso tiempo libre del que dispongo es ir a mi bar amigo a desayunar leyendo el diario. Es una liturgia que aprendí de cadete, cuando me mandaban siempre a hacer un mismo recorrido por el barrio de la Boca o Barracas, y me compraba unas facturas en una panadería de la avenida Martín García. No me sentaba en ningún bar, pero gozaba ese rincón gastronómico que me había creado en un barrio extraño a mis andanzas de purrete.
Más adelante, cuando tuve algunos sobrantes de moneda, empecé a frecuentar los cafés. Y así un día me metí en el Tortoni y observé a los señores importantes que pasaban junto a mi mesa, y a las señoras que se juntaban a hablar de sus nietos con las amigas.
El café puede ser solitario, cómo no. Quien gusta de escribir tiene a las mesas de café entre sus escritorios favoritos, porque allí observa parte de la comedia humana que servirá de materia prima para sus propias invenciones. El poeta disfruta de la lluvia en una mesa de café. Y quien goza con la buena lectura también suele ser un animal de bar.
Los cafés de Buenos Aires, los de antes, tienen ese no sé qué al que creo haberme referido alguna vez en este rincón. Sus mozos de saco blanco y moño negro son los mozos que siempre quiero que me atiendan, y prefiero las mesas de mármol o madera a las de fría fórmica. El café, sin azúcar, gracias. Y un diario, el que sea. Más de una vez me he ido de un bar porque no tenían un diario disponible para mi lectura.
El café es punto de encuentro. El otro día me topé con el Botón, un viejo compañero de trabajo y ferviente lector de este blog a quien bauticé con ese apodo -pese a sus quejas- porque en cierta ocasión me había mandado al frente con nuestro tesorero en cierta cuestión menor (nada relativo a dinero, aclaremos). Conversamos casi una hora y media de la vida, del pasado, el presente y el mañana, pero no arreglamos ningún asado ni reunión ni nada con vistas al futuro. Con muchos amigos, conocidos, ex compañeros y demás tipologías, es mejor así. Es la vida la que se encarga de concretar el encuentro en el momento y lugar ideales. Y si no lo hace, tal vez sea por alguna razón valedera. Mientras tanto, saben dónde encontrarme.
Esta columna es un homenaje a la Oveja, un animal de bar.
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TEMAS: OCIO
17 de abril de 2008
HUMO
De repente, la ciudad que habito se ha visto envuelta en una tiniebla sutil, surgida de un incendio lejano, misterioso, casi irreal por lo ridículo. Mientras el fuego arde en las Lechiguanas del Delta, el humo invade nuestra existencia como un invitado sin tarjeta, insolente y extraño.
Uno de los cuentos magistrales que Manuel Mujica Láinez nos dejó en "Misteriosa Buenos Aires" fue "El Pastor del Río", que relataba el día en que el Río de la Plata se había retirado de la ciudad y había dejado tras de sí una alfombra de barro desolada. El agua se rebelaba contra el hombre, pero no como ahora, con un tsunami o un granizo feroz, sino con su simple ausencia, con una especie de huelga estética que dejaba huérfana a la ciudad del río color de león.
Esta irrupción del humo en Buenos Aires me ha traído a la memoria aquella historia de 1792. Es una interrupción graciosa pero trágica para algunos al fin, y casi ingenua, de la rutina que tiraniza la vida de tantos. Las rutas han sido cerradas, los ómnibus han descansado en las terminales y un aroma extraño a quemado ha llegado a nuestras narices y ha rozado molesto nuestros ojos.
Suele hablarse de una cortina de humo como un invento hecho para desviar la atención de lo importante. También criticamos a los vendehumo, esos que la van de grandes próceres y resultan vulgares impostores, creadores de fábulas sin moraleja. "Se hizo humo", decimos cuando alguien desaparece repentinamente. Así pues, el humo no tiene muy buena imagen, valga la paradoja, entre nosotros.
Pero esta vez, y al margen de las desgracias que ha ocasionado, el humo parece ser un visitante etéreo y curioso; un protagonista difuso del que se habla en oficinas, clubes y bares. Un ser sin rostro, pero tan vital como para robarle el lugar a otras noticias en las tapas de los diarios, y a otros temas más duros en la conversación con el vecino. La naturaleza siempre es noticia.
Tal vez este humo marrullero es un mensaje secreto, un retazo de un poema sin terminar que alguien descolgó de una nube y no pudo retener. Yo me huelo que esconde algo bajo el poncho invisible, y cuando al fin se retire no lograremos dar con su verdadero dueño, ese que todo maneja y se pierde, al decir de Mujica Lainez, en los pajonales de la llanura, risueño.
Poco le queda. En unos días, seguramente, lo habremos olvidado en medio de las preocupaciones terrenales y crematísticas que nos marca el almanaque. El viento, como el agua del río, volverá, y el humo se hará humo.
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TEMAS: BUENOS AIRES
10 de abril de 2008
EL DISCO: NYC MAN, DE LOU REED
Lou Reed es un "enfant terrible" del rock neoyorquino. Fundador de la Velvet Underground en los años 60 (con aquella tapa de disco famosa de Andy Warhol) Reed había recibido en su adolescencia, según cuentan, un tratamiento electroconvulsivo contra la homosexualidad, el cual no parece haber dado mayores resultados.
La Velvet, una banda de culto entre los rockeros que saben, llegó hasta 1973, aunque su líder ya la había dejado en 1970 para preparar su carrera como solista. Su primer tema famoso en solitario fue "Walk on the Wild Side", si bien él no lo tiene entre sus favoritos y prefiere mencionar a otros que pertenecían al disco en cuestión ("Transformer") y pasaron a un segundo plano en el aspecto comercial. "El tema que realmente me gustaba era "Hangin' Around", y esa es la razón por la que nadie me escucha", dice el compositor con ácida ironía.
Lou Reed es un personaje rico en matices, cuyas letras han recorrido temas oscuros como la heroína, la violencia en las calles y los vicios. En 2000 tocó ante el Papa Juan Pablo II, y en 2003 sacó un disco titulado "The Raven" inspirado en Edgar Allan Poe. De ese mismo año es el disco que hoy traemos a este espacio.
"NYC Man" es un disco doble que repasa toda la carrera de Lou Reed, y sus temas fueron seleccionados y supervisados en la producción por el mismo autor. Es muy recomendable para quienes quieran conocer la riqueza de este cantautor y guitarrista que ha inspirado a tantos músicos con su estilo rockero y blusero por momentos.
Dejo dos videos de dos momentos muy diferentes en la biografía musical de Lou Reed: el primero es "Vicious", un clásico en vivo, en París 1974, en sus inicios como solista. La imagen no es buena, pero hay que mirar bien la vestimenta y los gestos del protagonista. El otro video es "Pale Blue Eyes", una vieja canción que cierra los 31 temas incluidos en "NYC Man" y pertenece a la era de la Velvet. Esta versión es del año 98 y nos muestra a un "viejo Lou", más calmo y ¿maduro?.
Estas líneas están dedicadas al Capitán Escarlata, quien fue el primero en hablarme de Lou Reed.
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TEMAS: MÚSICA
1 de abril de 2008
100 AÑOS
San Lorenzo cumple 100 años y yo bendigo el día en que me hice para siempre de este club.
Mi primer recuerdo asociado al Santo de Boedo se ubica en el Viejo Gasómetro, allá por el 76, en una tarde elegida en que mi papá, oriundo de Barcelona como tantos cuervos, nos llevó a mi hermano y a mí a ver gratis el segundo tiempo de un partido contra Rosario Central, que perdimos 4 a 3. La única imagen que guardo de ese partido es de Kempes pateando un penal. Tengo El Gráfico de esa fecha. Atrás habían quedado el bicampeonato del 72 y el Nacional del 74, que yo no había vivido claramente por ser apenas un niño, casi bebé. En mi guardarropas infantil latía una camiseta azulgrana de piqué fino, que llevaba al campo de deportes del colegio en eventos especiales, con orgullo.
Mi segundo recuerdo del Ciclón es de aquella tarde negra del 82 en que me enteré por radio de que habíamos descendido. Para un alma sin suelas gastadas como la mía, aquello era incomprensible. Quise llorar. Y al año siguiente, escuché todos los partidos de sábado con Fernandito en la terraza, a través de la portátil naranja donde sonaban el Parnisari Gol y la Guadaña de Guillermo Nimo, o el relato de Jorge Bullrich. Si ya me había bautizado en el desaparecido Gasómetro, ese año de partidos de ascenso me enamoré de San Lorenzo, como quien aprende a vivir en la mala para más adelante disfrutar las buenas.
Y las buenas vinieron, después de años de paseo por canchas alquiladas y Liguillas ganadas que apenas nos servían para gritar goles. El 93 fue el año de la cancha propia, y el 95 el del milagro en Rosario. Jamás había experimentado algo como esos instantes después de terminado el partido en que San Lorenzo se coronó campeón después de 21 eternos años. Subido a un paraavalanchas y envuelto en una bandera azul y roja que ondeaba al viento, gritaba y lloraba feliz. No podía hablar, porque nadie me había explicado cómo era salir campeón después de años de recibir burlas en silencio. En el largo abrazo con mi hermano me abracé a la vida del hincha feliz.
Después vinieron otras vueltas: la del 2001, en la sombra pero con el alma llena de luz por la también milagrosa aparición de Paula, la Mercosur de enero de 2002, la Sudamericana de diciembre de ese año, y la última acá nomás, en julio 2007.
San Lorenzo es barrio de tango, es cuna de españoles exiliados, es un cura repartiendo camisetas a los niños de su capilla, es una multitud de nombres célebres alrededor de una pelota azul y roja que empezó a rodar de la mano del Padre Massa y María Auxiliadora.
San Lorenzo es el dueño de una gran parte de mis alegrías, y también de mis tristezas. Porque quien solo entiende el amor en las buenas, no entiende nada. Y quien no ha llorado por el fútbol se ha perdido una hoja de la biblia existencial que nos marca el camino de la plaza, el patio, la baldosa y los dos buzos sin travesaño.
San Lorenzo es el Ciclón de Boedo, los Carasucias, los Matadores, el Terceto de Oro, los Camboyanos. Es una cabeza pegada a una portátil clandestina cuando Papá pensaba que estábamos durmiendo. Es una rateada de la facultad para ir a la cancha de Ferro con los libros, y es la tarde destemplada en que festejan otros, porque el fútbol es así y mis amigos también pueden celebrar por sus colores. Es un viaje solitario a Córdoba o La Plata. Es la toalla, el calzoncillo, los gorros desflecados, la taza y el babero, los muñecos y las medias que me trajeron los Reyes Magos y conservo. Es la corbata azul y grana en el casorio, y el muñequito de torta de Tío Carlos, y la suelta de globos azules y rojos desde el balcón. Es apurar los ravioles para tomarme el 150 o el 59 o el 102. Es mi mamá aceptando mi silencio de plomo y mi falta de apetito a la vuelta de una derrota, y es ella de nuevo riendo con mi cántico feliz de cuervo triunfante. Es un chori con el Piti en Luna y Los Patos, y es un bondi con el Coco a la cancha de Español. Es Fernandito, es el Pibe, es mi primo Paco, es Pedrito que quiso venir justo este año, y sus hermanitas que bailan conmigo, y los sobrinos y los ahijados, que sienten y entienden cómo es esto. Es Marcos que viene feliz a decirme que ya no es del otro equipo, que quiere ser del Ciclón. Es Paula, que supo con quién estaba el día que la llevé a la cancha.
San Lorenzo es gritar bajo la lluvia en la popular, con el gorrito en visera todo roto, y es un policía diciéndome: "Estás flaco, Julio" en la puerta de Huracán. Es una maldición al aire en el Gayinero, y una música repetida en la Bombonera. Es colgarse del alambrado ante los tablones de Ferro o rodar por los escalones gritando un gol en la popular de Independiente. Es envolverme en la bandera que un desubicado quería quemar en el casamiento de mi hermano, y es la espera callejera para irrumpir en el segundo tiempo. Es la noche oscura de corridas en la Boca, cuando dudé de si seguir yendo a la cancha, y la tarde azul y roja en el Gigante de Arroyito. Es dormir envuelto en una bandera, con la cara sonriente y paz en el corazón. Es gritar un gol en el último minuto corriendo por una vereda de Palermo o Villa Urquiza, y es agarrarse sarampión en un abrazo de gol con un hincha sin nombre.
Felices 100 años, Ciclón, y gracias por darle tus colores a mi vida.
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TEMAS: FÚTBOL
22 de marzo de 2008
PEDRO
Dentro de esa obra maestra del drama humano que es la Pasión de Jesús, hay varios personajes que atrapan por los procesos que sus conciencias siguen, en paralelo al desarrollo de lo que va ocurriendo con el protagonista. Poncio Pilatos (tan posmoderno, tan lábil), Judas Iscariote, el Buen Ladrón y Simón de Cirene son actores que responden a la naturaleza humana en su estado puro, y nos representan a todos.
Pero el personaje que a mi modo de ver se lleva las palmas es Pedro, con su orgullo, su espada y su llanto. Es Pedro, con su negación y con esa mirada de Jesús clavada en él, que cada vez que oigo relatada en la Pasión vuelve a ponerme la piel de gallina. Pedro "seguía de lejos" a Jesús, porque quería ver en qué paraba todo aquello. Y así, después de haber enfundado su espada en el Monte de los Olivos por orden de su amado jefe, siguió a los romanos para ver a dónde lo llevaban y qué hacían con Él. Así se metió en el patio del palacio, imprudentemente, y fue reconocido por quienes se calentaban al fuego. Fue entonces que Pedro flaqueó y lo negó tres veces, y el gallo cantó tal como Jesús le había predicho con tristeza. Y saliendo fuera "lloró amargamente".
La negación de Pedro ocurrió porque él había seguido a Jesús, a diferencia de los demás apóstoles, que habían huido (aunque en el Evangelio de San Juan parece ser éste último quien le facilitó la entrada al patio del Sumo Sacerdote). Pedro siempre es especial, y siempre está en el límite de la humanidad. Nadie soportó como él esa mirada terrible, triste y compasiva, que lo atravesó de lado a lado y lo despidió lejos, bien lejos, a donde nadie lo viera llorar como nunca en su vida. Fue el llanto del arrepentimiento que lava y devuelve la humanidad perdida. En el torrente de ese llanto nació la Iglesia.
Pedro nos dice a todos que nuestra relación con Dios, aún más allá de la Fe, pasa por el Amor. No fue lo primero lo que le falló, sino lo segundo. Su llanto postrero no era por haber dejado de creer en Jesús, sino por haberle fallado. Tal como dice Nicodemo en sus Cartas: "Para mí, esto sigue siendo una cuestión de fe. Para él, una cuestión de amor".
Pedro es el Hombre. Somos todos, que cambiamos de la noche a la mañana, pero siempre podemos volver cuando amamos lo suficiente. Somos el que se lanza a caminar sobre las aguas, impetuoso, y al hundirse recurre a Aquél que nos mira y nos quiere, siempre. Somos el que desenvaina su espada frente a la legión de romanos armados hasta los dientes, y tiembla ante dos o tres curiosos. Somos el que grita: "Tú eres el Mesías", y luego lo niega con vergüenza de sí mismo. Y somos también el que traiciona a Jesús y tras oír el implacable canto del gallo puede ser jefe de la aventura más grande de la historia humana, porque pide perdón al otro, y se perdona a sí mismo. Somos, en síntesis, el que lucha con su naturaleza y se rebela contra ella, como Judas, pero siempre puede levantarse y reconciliarse con su conciencia para responder a ella, como Pedro.
El cuadro que he incluido arriba es "La Negación de San Pedro" (1660), de Rembrandt, que está expuesto en el Rijksmuseum de Amsterdam, a donde llegó tras ser comprado al Museo del Ermitage de San Petersburgo después de la Revolución Rusa de 1917, que liquidó gran cantidad de pinturas occidentales.
En la esquina superior derecha puede divisarse a Jesús, que mira a Pedro mientras éste acaba de negarlo ante la criada que le acerca la vela. De la luz de esa vela saldrá la negación, pero ¿Simón habría sido Pedro si no hubiera negado antes a Jesús?
A todos los lectores de este humilde espacio, deseo que tengan una Feliz Pascua.
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TEMAS: VALORES
17 de marzo de 2008
17 DE MARZO: SAN PATRICIO
Hoy es una fecha especial para todos los que somos afortunados poseedores de sangre irlandesa. San Patricio es el héroe de la verde Erin, un personaje envuelto en cierta penumbra histórica. Se le adjudica la evangelización de Irlanda en tiempos del Imperio Romano, y la serpiente que se observa a sus pies tiene su razón de ser en la tradición de que en Irlanda no existen serpientes debido a que San Patricio las echó a todas. En la tradición cristiana, la serpiente es uno de los signos del demonio.
También se dice que el trébol, símbolo de Irlanda, fue usado por el santo para explicarles a los paganos el misterio de la Santísima Trinidad.
El Día de San Patricio es festejado en varias ciudades del mundo, entre ellas Buenos Aires, que cuenta con una de las comunidades irlandesas más grandes fuera de su país de origen y también un antiguo periódico que informa sobre sus actividades.
Lamentablemente, muchas personas celebran el día sin saber realmente qué se festeja, y lo aprovechan para embriagarse y arrimar con el sexo opuesto. Cosas para las cuales no es necesario esperar a San Patricio, y por ello ridículas en este día.
En mi familia, este día se ha celebrado siempre, con alguna prenda verde y el saludo especial para mi mamá, que tuvo la deferencia de, además de darnos a luz, regalarnos parte de su sangre Irish. Esta sangre nos dotó de un sentido del humor adicional al español de nuestro lado paterno. Y hete aquí que cuando conocí a Paula y le pregunté su apellido, también era irlandesa.
En mi heladera me espera una Guinness, que comparto imaginariamente con los Patricios que conozco, como mi primo Brennan, que vive en Dublin, y también por qué no Patrick Kluivert, un fiel seguidor de este espacio. Vaya también mi abrazo de pub para la alegre familia Murphy, y por supuesto, para todos los Dolan, los Doyle y los Brennan.
Happy St. Patrick's Day.
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16 de marzo de 2008
4 de marzo de 2008
EL LIBRO: EL REY DE LA MILONGA
Este espacio ya había rendido un pequeño homenaje a Roberto Fontanarrosa en su despedida final. Hoy vuelvo sobre él para recomendar la lectura de su última obra: "El Rey de la Milonga".
A decir verdad, cualquiera de sus libros puede ser leído con la misma fruición. Todos tienen un mismo estilo y un sentido del humor agudo y sencillo al mismo tiempo, sin golpes bajos. Y quiero mencionar especialmente esto de los golpes bajos, porque de entrada nomás, el autor arranca con palabrotas o descripciones de situaciones desagradables, pero con tal humor que desarma al más recatado. Mi gusto personal siempre se ha inclinado a la elegancia en el lenguaje, pero en Fontanarrosa encuentro la excepción a mi regla.
De "El Rey de la Milonga" recomiendo, especialmente, los cuentos "Gnomos en Bariloche", "Entreteniendo a Lito", "Bahía Desesperación", "El Pensador" y "Sopapo y Milanesa". Pero todos tienen una misma línea y hacen del libro un camino parejo a través de situaciones extraordinarias que recogen la identidad argentina al cien por cien.
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TEMAS: LETRAS
3 de marzo de 2008
TRABAJAR UN DOMINGO
Pisar el microcentro porteño en una tarde lluviosa y oscura de domingo no es recomendable para temperamentos depresivos. Poner la llave en la cerradura de la oficina y entrar a ella en el silencio más vacío y solitario es lamentable para espíritus inquietos. El click de la computadora que se despereza suena como una risotada cruel de ese monstruo sin rostro llamado sistema.
He trabajado varios domingos en lo que llevo recorrido de mi vida laboral, pero no he podido acostumbrarme a ir a trabajar en remera y zapatillas, lo cual puede ser más cómodo pero recuerda inevitablemente que estamos haciendo algo que no deberíamos, porque los domingos son para descansar.
El subte luce como una mezcla de paseanderos felices (o no tanto), bohemios sin rumbo, vendedores que en la semana no han cubierto su cuota esperada y laburantes que buscan comprensión. "Sí, hago patria y trabajo los domingos".
Hubo un feriado memorable en la Argentina, el del último 9 de julio, cuando el Obelisco tocó la nieve. Yo la vi en la mismísima Plaza de Mayo, y el tiempo dirá si fue algo digno de contar a los nietos o tan solo el primer capítulo de un clima nuevo. Pero ese día, en la gris culminación de mi trabajo, el blanco invernal fue un guiño del cielo a otro feriado en que había tenido que ir a la oficina.
Trabajar un domingo es feo, pero no tener un ingreso y ver a los hijos con hambre, desde ya, es mucho peor. "Siempre te podés comparar con alguien que está peor", me dijo alguien una vez. Es verdad.
En todo caso, no es en eso en lo que pienso cuando voy a trabajar un domingo, sino en el día que me darán en compensación. Y entonces se me ocurre que soy un afortunado que en un día cualquiera de la semana verá a los demás yendo a trabajar mientras se toma el tren para irse a mirar el río con un libro bajo el brazo y el celular apagado.
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TEMAS: FILOSOFÍA CASERA, OCIO
28 de febrero de 2008
ÚLTIMAS HISTORIAS DE LADRONES
Mis primeros encontronazos con el hampa habían sido charlas de café en comparación con la semidesnudez en que me habían dejado los muchachos del Parque Thays. Pero mi cuarta experiencia fue, sin dudas, la más dolorosa.
Me habían dicho que mi seguidilla de coloridas anécdotas vería su fin cuando me casara, porque mi vida sería más tranquila y burguesa. Pero tan solo a los dos meses de ponerme la alianza de oro, me la robaron. Fue el 31 de diciembre de 2002, dos años exactos después de haber conocido a Paula en el 60 y un año exacto después de haberle propuesto casamiento en Santiago de Chile.
Volví del trabajo en el 130, a las cuatro de la tarde, y me bajé en la puerta del Club de Amigos. Crucé Figueroa Alcorta y me metí en el parque lindante con el Jardín Japonés, para ir hasta la calle República de la India, donde vivíamos. Divisé unos muchachitos que me escudriñaban a lo lejos, pero había un grupo de personas haciendo gimnasia, así que decidí esperar junto al grupo.
Sin embargo, se empezaron a acercar y contemplé la posibilidad de salir corriendo, pero pensé que quizá era toda una imaginación mía. Mas cuando el líder de ellos rodeó al grupete y me vino a pedir plata, la pesadilla siguió. Se me acercaron los otros dos y uno sacó un cuchillo y me amenazó. Yo no tenía un cobre encima, entonces me exigieron el anillo de oro. "Me casé hace dos meses, sabés lo que laburé para esto", pedí sabiendo que era inútil. "A mí en la 31 me dan cien pesos por esto", me dijo el pequeño caudillo, que paradójicamente parecía el menor de los tres. "Cortalo todo", le dijo al otro.
Mientras tanto, los gimnastas se habían cerrado como una piña alrededor de sí mismos, como un avestruz colectivo. El caudillito se mojó el dedo en saliva y lo pasó por mi alianza para que saliera de una vez. Así la perdí, y no me robaron el reloj porque ese día tenía la malla rota y no lo había llevado conmigo.
No he vuelto a hacerme la alianza. Además de que el oro está por las nubes, no me dan ganas. Quizá en unos años...
Como cierre de esta saga de asaltos, quiero relatar una pequeña victoria que recuerdo con fruición. Fue en el año 92 o 93, más o menos. Yo cadeteaba incansablemente por el centro, y ese día estaba con mi amigo Gonzalo Mayo platicando en la esquina de Diagonal Norte y Suipacha, en un kiosco de revistas. Yo estaba cruzado, no recuerdo por qué.
De repente sentimos los gritos de una señora: "¡Me robaron, mi cartera!". Y justo vi venir a un individuo corriendo hacia nosotros. Me paré como un rugbier, esperándolo, y chocamos. "Soltame", me gritó, y acompañó su gentil pedido con un insulto a mi madre. Forcejeamos, él tiró la cartera y lo solté, pero entonces vinieron dos de los buenos y le pegaron hasta cansarse. Finalmente, como diría el policía, se dio a la fuga.
La señora llegó a donde estábamos y alguien le dio su cartera. La miré como un libertador y le dije: "Ya está, señora, no pasó nada". Esperé las gracias, infructuosamente. La señora me miró ingrata y se fue como el ladrón. Y yo me retiré de escena con Gonzalo, como el héroe a quien nadie conoce y nadie agradece, mientras la ciudad volvía a la calma gracias a mí.
Además de los episodios relatados, tengo un rico anecdotario en canchas de fútbol, con policías y ladrones. Pero eso ya es otra historia, que quizás nunca relate en este espacio.
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TEMAS: ANECDOTARIO
23 de febrero de 2008
MÁS HISTORIAS DE LADRONES
Mi tercera experiencia con malvivientes (en la jerga de Crónica) fue la más traumática de las cuatro. Ocurrió en enero del 97, bajo el crudo sol del verano porteño.
Había ido a reposar mi humanidad, a las dos del mediodía, en el Parque Thays, donde antes quedaba el añorado ItalPark al que supe ir con Pablo Medici, el mismo cuyo Tren Fantasma había sabido disfrutar. Esta vez, la excursión no fue placentera. Estaba tendido en el pasto, escuchando música, y sentí a alguien que me tocaba la espalda. Me di vuelta y tenía un caño (caño = pistola) en la frente. "Dame todo y quedate quieto o te pego un cohetazo", me dijo un muchachote, mientras el compañero me sacaba minuciosamente y en diez segundos todo lo que tenía. O casi todo: tuvieron la bondad de dejarme el pantalón corto que llevaba puesto.
Lo demás desapareció con ellos rumbo a la Villa 31: remera, mochila, zapatillas, medias, pantalones largos, llaves de casa (cuya cerradura tuve que cambiar), walk-man (¡otro más!), reloj, cadenita de San Lorenzo y alguna otra cosa que no recuerdo. "Dejame los documentos", alcancé a gritarles, mas me quedé solo, en medio del parque, en cueros y descalzo pero con la dignidad a salvo...
Mágicamente aparecieron un heladero y un sujeto que había estado contemplando la escena plácidamente desde unos veinte metros de distancia. "Yo pensé que eran amigos que habían venido a saludarte", me dijo. "¿Qué amigos? ¡Eran chorros, me afanaron todo!", le contesté.
Me dirigí de inmediato, con mi aspecto ridículo, a la terminal del 17 que está ahí nomás, a ver si me llevaban gratis a la parada cerca de casa, y si no para que me dieran una moneda para llamar por teléfono a mi casa. La indiferencia fue atroz, y entonces me encaminé a las oficinas del Sistema de Tránsito Ordenado, que estaban a una cuadra de allí, a pedir ayuda. El asfalto hervía de calor, y tenía que correr como en mis competencias sobre la arena con mi hermano en Sauce Grande.
Entré y las mujeres que allí atendían me miraron con cara de susto, como si estuvieran ante un "flasher" depravado que venía a exhibir su masculinidad. "Me robaron", avisé, y se me acercó un policía.
- Qué tal, soy el principal José ¿qué problema tiene? - me preguntó en el colmo de la cargada.
Lo miré atónito y semidesnudo. "Me robaron todo en el Parque Thays", le sinteticé amablemente.
- Qué raro, porque siempre hay un patrulla ahí.
- Bueno, parece que esta vez no había ninguno.
En resumen, logré que una camioneta de las que ponen los cepos en los autos mal estacionados me llevara a mi domicilio. "Vos ahora llegás a tu casa y ya está, pero yo estoy hecho", me dijo el chofer, "ahora cuando vuelvo me rajan porque perdí la llave de un cepo". Entonces me di cuenta de que mi situación, vivo y con techo, trabajo y familia, no estaba tan mal.
Mi llegada al hogar, además de austera, fue surrealista. El portero del traje marrón me miró con sorpresa, tomé el ascensor y toqué el timbre de casa. Ver a mi madre abrir la puerta y llorar ante mis malas noticias fue peor aún. Atiné a ponerme una remera, comí algo y me fui a trabajar. Y otra vez, como en aquel primer asalto, debí soportar la sorna de mis compañeros de trabajo, esta vez del Citibank. A veces las personas se solazan cruelmente ante la desgracia ajena.
Pude hacer la denuncia en mi segunda visita a la comisaría de Retiro. En la primera, me habían dicho que el principal estaba ocupado con un homicidio en la villa a la que habían ido a parar mis pantalones. En la segunda, me hicieron actuar como testigo de una declaración por hurto en la estación de trenes. Así que después de que hube cumplido mi obligación cívica de ver cómo le vaciaban la cartera a la acusada (que no recuerdo si era culpable), me tomaron la denuncia.
Lo que más lamenté de toda esta historieta tragicómica fue la pérdida irreparable del libro que estaba leyendo en el parque, con encuadernación de las de antes: "Crimen y Castigo", de mi admirado Dostoievski. La acción de esa obra transcurre en San Petersburgo. En Buenos Aires, hubo solo crimen.
Mi cuarto asalto también fue en un parque, de día y a mano armada. Será mi próximo relato.
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TEMAS: ANECDOTARIO
16 de febrero de 2008
HISTORIAS DE LADRONES
En tiempos en que tanto se habla de la inseguridad, repaso mi biografía callejera y encuentro que es rica en experiencias con los amigos de lo ajeno.
La primera fue a los trece años, cuando andaba con unos amigos por la plaza de Las Heras y Pueyrredón. Divisamos a lo lejos un grupete que nos observaba, en el centro de la plaza. Eran las once de la noche. Cruzamos recelosos y de repente vimos que se levantaban y empezaban a caminar hacia nosotros, a unos treinta metros. Nos dimos al escape, y este servidor quedó algo rezagado, por lo cual era el objetivo número uno de los indeseables.
Corrí dos cuadras con uno de ellos pisándome los talones y el más adelantado llegó a tirarme un manotazo que me rozó el cuello de la camisa, mientras lanzaba un alarido triunfante (e irreproducible). Pero se había equivocado: en ese momento me transformé en un personaje de los dibujitos, de esos que en el aire toman carrera y vuelan dejando humito. Corrí, corrí y corrí con alas en los pies, más rápido que nunca en mi vida, y crucé Las Heras sin siquiera mirar a los costados. Solo escuché algún bocinazo poco amistoso, pero yo estaba más apurado que el molesto conductor.
Esa noche se acabó mi infancia callejera. Ya no había solo amigos y buena gente en ella. Un tiempo después me vi corriendo de nuevo con mi amigo Gonzalo por Bustamante y Santa Fe, pero esa vez ya estaba más entrenado y ni siquiera sentí que la patota que nos perseguía tuviera alguna posibilidad de alcanzarnos.
Dos años después, a los quince, yo ya cadeteaba en los veranos para ganarme unos pesos. Y en una de esas mañanas calurosas, cruzando la 9 de Julio por Paraguay con solo un Nesquik en el estómago, me interceptaron dos individuos con sonrisa de "Tenemos el dos de espadas y vos un cuatro de copas". Me exigieron la poca plata que tenía y uno de ellos me preguntó si me había quedado algo para viajar. "Te lo acabo de dar a vos", le contesté, y entonces, insólitamente, me respondió: "Bueno, te voy a prestar". Y me dio unos centavos para un colectivo. Es decir, me prestó mi propio dinero. "¿Todo bien", me preguntó en son de despedida. "¿Y qué querés que te diga?", le dije, y se alejaron felices y sin vergüenza. Llegué a mi trabajo y mi jefe se burló de mí cuando le relaté mi experiencia: "Bueno, ya tenés algo para contarle a tus amigos", me dijo. Sentí que mi jefe era un estúpido, y por piedad no escribiré su nombre aquí.
Así fue mi primer asalto serio, aunque nunca supe si estaban armados. Me inclino a pensar que no.
El segundo fue en marzo del 93. Yo volvía de la Biblioteca Nacional, muy concentrado en el bravo examen del día siguiente, por la barranca de Azcuénaga, frente al cementerio de la Recoleta. Y casi en la puerta de uno de los "hoteles" que allí se encuentran, me agarraron dos muchachotes por atrás. Uno de ellos me dobló el brazo para atrás y con el otro me tiró la cabeza para abajo, con lo cual no podía verles el rostro. Me sacaron los "wall-man" (traducción malviviente de "walkman) y la poca plata que tenía encima. Una semana después me los volví a cruzar, mi intuición me dijo que habían sido ellos los de siete días atrás, y uno me miró y también me reconoció. Di la vuelta a todo el cementerio y uno de ellos me salió al paso. "Hoy no te voy a dar nada", le dije, y solo me arrancó los auriculares y me fui. Tampoco vi arma alguna en esta segunda ocasión.
La tercera fue mucho peor, fue armada y fue también digna de risa, pero la dejo para la próxima.
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TEMAS: ANECDOTARIO
8 de febrero de 2008
8 DE FEBRERO

Felices dos años, Valentina. Hijita pícara e inquieta, dueña de una panza de crema incomparable y los rulos más revoltosos del mundo. Naciste como una elegida, porque tu dulcísima mamá se llama Paula y es bien mamá, y bien tuya.
Sofía siempre te cuidará, te guiará de la mano y alguna vez te molestará un poco para despuntar el vicio. Y Pedrito, que ya te sospecha en su blanca oscuridad, te buscará para jugar en cualquier rincón de la casa. Serás siempre la irlandesita brava, la simpática llena de gracia y picardía que acuna sueños en su altillo de cobre, y la compañera que tu hermana feliz esperó y encontró tras una siesta cualquiera.
Valentina María cumple años y el cielo está nublado, porque el sol se ha venido a celebrar a esta casa rebosante de risas y luces de colores. Soy un privilegiado testigo de cuatro milagros.
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TEMAS: FAMILIA
6 de febrero de 2008
PACIENCIA
Hace varios años ya, en la época en que hacía guardias de fin de semana para vender departamentos, sucedió que había unos interesados en el que había mostrado el domingo anterior. Habían llamado a la inmobiliaria y los números danzaban en la negociación, en la que yo ni siquiera tenía parte. Ante mi ansiedad por el resultado del proceso, una vendedora experimentada me reveló con voz solemne: "La paciencia es una virtud de raíces muy amargas pero frutos muy dulces".
El departamento se vendió y yo cobré mi comisión.
Suelo recordar aquella frase cada vez que me encuentro en una situación en la que ansío algo profundamente y no termino de conseguirlo. Estos últimos meses han sumado, y siguen sumando, otro capítulo en la historia de mi impaciencia crónica. Mi señora madre me dice: "Paciencia", y una vez más intento calmar mi bronca y mi ansiedad, antipáticas compañeras de tren rumbo a la vorágine cotidiana.
Todos tenemos metas que no hemos alcanzado en los plazos que nos habíamos fijado, y seguimos buscándolas, luchando por ellas y frustrándonos cuando los avances son escasos. Entonces tenemos tres opciones: volvernos locos, resignarnos y no pelearla más, o luchar y ser pacientes. Por supuesto, la tercera, que es a mi juicio la correcta, es la más difícil.
Por ahí he leído que lo que uno desea profundamente inevitablemente sucederá. No coincido del todo con ello, pero sí en gran parte. El secreto, en todo caso, está en luchar contra viento y marea, emperrados en que lograremos lo que queremos y con la vista clavada en ese horizonte escurridizo. Pero con paciencia.
Conrado Sabatini, un ex compañero del Citi, solía hablar conmigo de estas cuestiones. Una vez le dije que había que poner pasión en todo lo que se hacía, porque de esa manera se vivía más intensamente la vida. Y él me contestó: "Sí, todo muy lindo, pero ¿qué pasa si no conseguís lo que querés?". A unos doce años de aquel diálogo, le contesto: "Entonces hay que usar esa pasión para luchar aún más por conseguirlo".
La paciencia es una virtud extraña, silenciosa y exigente. Lo pide todo, y no da nada. Se recubre de un silencio implacable y una indiferencia aparente frente a nuestro ruego interno. Pero cuando por fin da, lo da todo de un saque, como la caballería que siempre llegaba tarde pero liquidaba el pleito en tres minutos. Y entonces la vida nos invita a tomar un café con ella, y el mundo entero nos sonríe porque al fin hemos llegado a aquella meta que tanto anhelábamos en noches de insomnio, en suspiros rebeldes, en caminatas eternas.
Y en medio del festejo, la señora paciencia nos mira, superada y serena, y nos espeta: "Yo te lo había dicho".
Felices los que creen sin ver.
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TEMAS: FILOSOFÍA CASERA
5 de febrero de 2008
NO ME GUSTA EL DULCE DE LECHE
¿Qué determina que una comida nos guste o no? Más precisamente: ¿Por qué a todos les gusta el dulce de leche y a mí no? ¿Hay alguna explicación biológica para ello? ¿O es solo una cuestión psicológica?
Suelen mirarme raro cuando se enteran de mi animadversión hacia el ilustre invento argentino, pero no puedo hacer nada con ello. No me gusta ese dulce empalagoso, y prefiero otros. He rechazado decenas de tortas, alfajores, mousses y postres varios hasta parecer caprichoso en ciertas situaciones. Pero no me gusta el dulce de leche, y la sinceridad no se vende.
Si entre los lectores hay alguien que me acompañe en el sentimiento, les ruego me lo hagan saber. Así no me sentiré tan solo en el mundo.
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TEMAS: ANECDOTARIO, ARGENTINA
31 de enero de 2008
LA VELA DE EL GRECO ENCIENDE LAS SOMBRAS
Doménico Theotocópulos, llamado El Greco, no es uno de mis artistas favoritos. Sus figuras alargadas, etéreas, siempre verticales, no son de mi total agrado. A decir verdad, las veo algo deprimentes. Siempre reina en ellas esa expresión de estoica resignación, que para mis ojos de siglo XXI seguramente pecan por una aceptación pasiva de las cosas. Pero curiosamente, ha sido en el último siglo cuando El Greco ha sido reconocido como nunca antes.
El Greco fue un caso extraño en el panorama del Cinquecento italiano. Proveniente de Creta (donde empezó Europa), se llenó de la pintura occidental en Venecia y Roma, donde pudo observar la obra de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina y criticar sus desnudos por la falta de decoro que les atribuía. Y fue allí, en la Ciudad Eterna, donde pintó la obra que hoy traigo a este espacio.
"Muchacho encendiendo una candela", o "El Soplón", tiene un antecedente inmediato en una obra de Antífilo de Alejandría, un artista y sobre todo caricaturista del siglo IV. Este había pintado, según he leído, un motivo similar. También Jacopo Bassano, un artista de la misma época de El Greco, lo había hecho como agregado en ciertos personajes de sus "Adoraciones de los Pastores" y la "Visión de San Joaquín". Me animaría a decir que el uso de la luz de esta manera también es observable en la obra de Goya que comenté hace unos días. El maestro de la luz es, sin embargo, Rembrandt.
Ahora bien, esta imagen del muchacho encendiendo la vela es algo extraña. Porque más allá del tema que da pie a la exhibición del don por parte de El Greco, la interpretación se hace ambigua, y de hecho ha tenido varias. Entre ellas, una alegoría del mal, un símbolo de libertad que sale del hombre mismo, o una muestra de lo efímero de la vida, algo que ha sido comúnmente simbolizado con una vela en muchas obras.
Como quiera que sea, El Greco tenía alguna idea fija con esto de la candela, porque hizo otras pinturas similares, hasta que se instaló en Toledo y alargó definitivamente sus figuras entre colores ácidos y hasta tétricos, en tonos que me hacen acordar a algunas pinturas de Van Gogh, como aquella vista nocturna de Toledo.
El muchacho encendió su vela, y ella sigue siempre arrojando más dudas que luz sobre la figura de El Greco.
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TEMAS: ARTE
26 de enero de 2008
EL LIBRO: LA QUE NO PERDONÓ, DE HUGO WAST
Como notará el amigo lector, he sumado a la columna de la derecha dos pequeñas secciones que se suman a "La Pecera" (para escuchar música en este blog) y "El Disco". Son "El Cuadro" y "El Libro". Estos recuadros buscan reflejar las inquietudes artísticas que rodean las horas de este servidor en su escaso tiempo libre. Transmitirlas es placentero, y pretendo que lo sea también para quien sigue estas líneas.
En esta ocasión, quiero referirme a un escritor argentino que, al igual que Mallea, ha sido bastante olvidado, al punto que sus obras no figuran en las grandes librerías. Las razones de esta ausencia son ideológicas, y dado que en este espacio evito meticulosamente la política, no ahondaré en ellas. Solo diré que este olvido es injusto y dramático como los personajes de las obras de Hugo Wast, de él se trata. Su verdadero nombre era Gustavo Martínez Zuviría. Vendió tres millones de ejemplares y fue traducido a 15 idiomas, cifras contundentes para pragmáticos.
He leído seis libros de este autor cordobés nacido el 23 de octubre de 1883, en tiempos benignos para la Argentina. El primero fue "Don Bosco y su tiempo", una obra que apenas recuerdo (aunque la memoria nos sorprenda bastante seguido). Supongo que en mi casa era un libro importante, dado que mi padre es egresado de un colegio salesiano del barrio de Almagro.
Pero los libros que sí recuerdo de Hugo Wast son los que leí en medio de mi adolescencia tranquila: la tríada que recorre la llamada "Revolución de las Trenzas", en medio de la cual los conservadores saavedristas se rebelaron contra los morenistas, más jacobinos, allá por 1811, cuando aparecían en escena los eternos conflictos entre patriotas. En esta oportunidad, eran los mismos españoles los que a través de Martín de Álzaga tramaban una conspiración que encontró a los soldados del Regimiento de Patricios alzados contra el gobierno de la Junta. Finalmente los conspiradores fueron ejecutados en Córdoba, pese a las súplicas para que el fusilamiento no incluyera a Liniers, héroe de la reconquista en las Invasiones Inglesas. Con los nombres de los sentenciados alguien formó la palabra "Clamor".
En este marco histórico, se ambientan los tres libros de la saga: "Myriam la Conspiradora", "El Jinete de Fuego" y "Tierra de Jaguares". El héroe es el sargento Chaparro, una figura militar y autónoma al mismo tiempo, casi diríamos anárquica como el gaucho, que no duda en internarse en el temible Delta del Paraná para escapar del villano perseguidor.
Más allá de lo que uno piense sobre aquellos sucesos de la historia argentina, la trama es formidable y la aventura sube en intensidad a cada página. Ideal para una mente inquieta con hambre de aventuras.
En nuestras últimas vacaciones en la playa, adquirí dos libros más de Hugo Wast que me topé en una librería de usados, en San Bernardo. Bondades de los balnearios argentinos. A cinco pesos cada uno, me compré "Valle Negro" y "La que no Perdonó", dos dramas que transcurren, el uno en un campo cordobés, el otro en Santa Fe. Son batallas de pasiones, en las cuales el lector se encuentra en un dilema entre una u otra, entre el amor o la piedad, la penitencia o el perdón sin más, la espontánea indignación o la comprensión pura y generosa.
Wast tiene un estilo cuidado y pleno de arcaísmos que simpatizan y enriquecen, en medio de tanta banalidad actual. Su pintura psicológica de los personajes, y de sus luchas internas sobre el bien y el mal, son austeras pero sin desperdicio. Me resulta parecido a Mujica Láinez, con sus descripciones costumbristas y tan detalladas, y sus eternos dilemas entre el corazón y la razón, que siempre llegan a un final sorpresivo y distante de idealismos. El lector teme un final que no sea condescendiente con sus deseos, pero al mismo tiempo lo busca con ahínco, preso de la tensa trama.
Hugo Wast merece, sin dudas, un lugar entre los escritores argentinos que mejor cuidaron la lengua en sus raíces y le dieron a nuestra literatura un manojo de relatos sin igual.
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TEMAS: LETRAS
23 de enero de 2008
19 de enero de 2008
SAUCE GRANDE
En mi infancia feliz, un lugar la representa, a 700 km de este hogar en el que escribo. Fue hace 30 años la primera vez que llegué de vacaciones a esas tierras con mi familia. Y como sucede con los recuerdos importantes, ese lugar de 177 habitantes es parte de nosotros.
Allí fue la cumbre de mi infancia, en la cima de algún médano donde cacé una lagartija por primera vez, y la contemplé emocionado, porque lo había logrado sin ayuda. Y así la dejé ir, después de firmar un pacto por el cual ella les contaría a sus colegas que un niño andaba suelto y más valía cuidarse de él. Más tarde vinieron las carreras de lagartijas, organizadas por la creativa Teresa, mi hermana. María Fe ya era más grande.
Allí fue también donde por vez primera me topé con una mulita, en medio de los médanos. Corrí a la casa para que alguno de mis hermanos viniera a verlo, pero al volver ya no estaba. Y una mañana, al volver de comprar el pan por el camino de tierra -porque no existía el asfalto allí- me encontré con una víbora, gigantesca para la mirada de un purrete de ocho o nueve años. La recuerdo perfectamente, enhiesta, con esa lengua siniestra moviéndose inquieta.
Eran las épocas del "señorcito", como me decía mi papá por la seriedad con la que parecía tomarme todas las pequeñas cosas. Cuando febrero era el mes del descanso absoluto, del pan con chocolate, de los "walkie-talkies" como avanzada de la modernidad en nuestros juegos, y de las bombitas de agua en Carnaval.
Por las mañanas alguien iba a buscar pan a "Los Primos", no a "Las Toninas", que era más caro (y parecía algo más sofisticado, con su francesa en el mostrador diciéndonos "Tesogos"). En "Los Primos" nos recibía Teresa, y un par de años más tarde Maruja. Un día apareció también una "faturería", según anunciaban las letras pintadas sobre la cal blanca. Y eran ricas esas facturas, que Papá compraba en días especiales y llevaba al chalet alquilado al señor "San Ferreiter".
Aquel balneario era el centro universal de la siesta. Pacientemente, y en silencio absoluto, esperábamos a que Papá se levantara para poder ir a la playa, o a dar algún paseo que siempre era el mismo. Estábamos solos, los cinco hermanos (y a veces mi primo Carlitos), y entonces nos hacíamos amigos entre nosotros.
A mitad del mes, Papá viajaba a Buenos Aires para no dejar la editorial sin timón, y quedábamos solos con Mamá, que nos hacía postres exquisitos, en la medida de lo posible, porque no había mucha materia prima por allí, y menos para su repostería europea.
Eran tiempos en que podíamos estar al sol todo el día, aún sin bronceador a veces, y mirar el atardecer en la playa, después de jugar al "Show de los fouls", en el que siempre ganaba mi hermano debido a mi retiro voluntario. Competíamos para ver quién duraba más caminando sobre la arena ardiente desde los médanos sombreados hasta el mar hospitalario, pero también perdía a los pocos metros. Y si estaba nublado, había deportes más conocidos: fútbol, paleta, tenis (con las Chemold de Nancy Graham) y hasta bádminton. Lo que más disfrutaba era cuando jugábamos a "Combate" con Fernandito, aunque siempre me capturara.
Nuestras peores enemigas eran las aguavivas. Nunca sufrí sus terribles latigazos, pero sí mis hermanos. Creo que Isabel era una abonada a ellos. Los recursos para atender ese ardor impiadoso no eran muchos, así que había que recurrir al estoicismo que los cinco hermanos llevamos en la sangre. Aparecían con el viento norte, porque el mar se hacía un lago y ellas flotaban amenazantes, casi invisibles. El viento sur, en cambio, era el de la furia, el del mar prohibidísimo y caótico.
Hicimos algunos amigotes, grandes o chicos como nosotros que buscaban a alguien que les recordara a la civilización. Algunos nombres me llegan de ese pasado: Meyer Goodbar, de Executives; Eric, el señor que trabajaba en Coca-Cola (no sé por qué un niño de siete años guardó en su memoria dónde trabajaban estas personas); y Ergon, marido de Karen, el danés que insultó a este pequeño disfrazado de canillita en el colmo de la embriaguez. Nuestro único eslabón con la farándula resultó ser el hijo de Mirtha Legrand, que al parecer veraneaba allí y a quien por obvias razones llamábamos Mirtho en secreto.
Con otro grupito armamos una guerra de bombitas de agua frente al inefable "Empire State" (una casa con pretencioso nombre que para nosotros valía más que todo New York), y jugábamos mucho al truco. Una de las chicas me gustaba, pero nunca lo dije; fue mi secreto hasta hoy. Caminaba por arriba de la mesa larga para llamar su atención. Nunca se enteró.
Una vez hice tronar una trompeta de cancha en la oreja de uno de ellos, y él le pegó a la trompeta y ésta a mis dientes, lo cual me dolió mucho. Es un trauma de mi niñez.
Cómo no recordar también a Constanza y Tobías. Él usaba unas sandalias extrañas, que se preocupaba en aclarar que los hombres podían llevar sin que fueran vergonzantes para su portador. Pero lo que más me impresionó de ellos fue cuando confesaron que hacían pis en el mar. Una insolencia.
En verano circulaban también, en "Garza" o "Gaviota", las revistas que nosotros mismos hacíamos a mano y cuyo único ejemplar nos vendíamos entre hermanos a precio módico. "La Montaña", de Ediciones La Sierra, era de mi autoría. "La Familia", "El Sol" y "Las Grandes Aventuras" eran las de Fernandito, Isabel y Carlos María. Teresa, creo ¿o era Isabel?, también me hacía una revistita de juegos para resolver en el Renault 12, mientras viajábamos por la ruta 3 rumbo a ese paraíso esperado todo el año.
Santiago Garrós es el nombre y apellido asociado a aquel paraje. Asados de pejerrey, interminables bromas, una sombrilla que se volaba en la playa inmensa, y la sentencia: "Vamos a tomar Mocoretá", que daba por iniciada otra velada de carcajadas y amistad.
Sauce Grande es el lugar al que siempre quiero volver, aunque no lo haya pisado en 25 años. Recorro nuevos días, llego a parajes nuevos y sonrío con nuevos rostros, pero siempre con la alegría que mamé en aquel reino lejano, el de la infancia. Es el lugar donde me rodearon siempre todos esos personajes nobles y sonrientes, casi inocentes, llenos de ese futuro que hoy vivo.
Quizás, el día que vuelva, sea mentira que Santiago y Perla se han ido. Tal vez sea solo otra broma y me esperan allá. Nos esperan a todos, sentados en la galería del Empire State, con una torta sin cocinar y una jarra de Mocoretá.
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