Antes de conocer a Paula, mis pintores favoritos eran Goya y Velázquez. Pero tras una noche milenaria en la que todo el arte sale al propio encuentro, los gustos pueden cambiar, o por lo menos sumar elementos a su equipaje. La paleta de colores se enriquece, y también las emociones juegan su rol en las elecciones artísticas. Sea como fuere, Vincent Van Gogh ha pasado a ser en estos tiempos otro de mis preferidos.
Tal vez lo que más me atrae de este creador tan especial es su permanente búsqueda de escucha para su mensaje, su crónico inconformismo ante la incomprensión de su época. En una palabra, su amor a la verdad.
Nació en Groot Zundert (Holanda), el 30 de marzo de 1853. Hijo de un pastor protestante, intuyo que la noción de culpa lo persiguió insobornable durante toda su vida. Además, otro bebé había nacido antes que él, y después de recibir el mismo nombre había muerto, lo cual púede haber agregado otro factor de tensión en la conciencia del pobre Vincent.
La década del 80 en el siglo XIX fue la del auge de los impresionistas, esos innovadores que buscaban generar "impresiones" en su público a través del uso abundante del color y la luz. Vincent conoció a Toulouse-Lautrec, Monet, Sisley, Pisarro, Degas, Renoir y Seurat, y fue influido por esa corriente en su uso del color, aunque encarnó un estilo en sí mismo y fue precursor de otros. En 1886, este grupo presentó su última exposición antes de dividirse.
Su buscada amistad con Paul Gauguin y el fracaso de ella, en 1888, es otra muestra de la soledad del genio. Van Gogh le había manifestado su admiración y lo había invitado a una casa especialmente preparada por él para que ambos pudieran pintar en medio del campo, en Arles. Pero la convivencia, después de tres meses, fue insostenible, y Gauguin se marchó y declaró que Vincent había tratado de atacarlo con un cuchillo. Van Gogh no pudo resistir la partida y se cortó la oreja. Tal vez otro signo de su sufrimiento por la falta de recepción para su mensaje.





















