29 de mayo de 2006

EL DÍA QUE COPÉ LA CABECERA

Tal como relataba en mi columna anterior, me convertí en el hincha número uno de Fénix. Me llevé una sábana vieja de mi casa y con un aerosol el Nono escribió "LA BANDA DEL MAYO-GOL", en alusión a nuestro amigo jugador. El trapo nos acompañó a todas las canchas.

En una ocasión fuimos el Gordo y yo a la cancha de Sacachispas, a la que se llegaba por un camino de tierra cerca de Ezeiza. Estaba en un pozo, de manera que uno entraba al estadio (soy generoso con el uso del sustantivo) sin subir un solo escalón, pero el campo de juego estaba por debajo del nivel de los tablones.

En el entretiempo cometí la locura de ir a comprarme una bebida al bar del club. Me encararon los locales y me pidieron que abriera la bandera porque querían verla. No solo no lo hice sino que rajé con mi amigo a buen recaudo.

Durante el segundo tiempo un dirigente se nos acercó y nos pidió que para evitar incidentes guardáramos el trapo. Así lo hicimos y el tema no pasó a mayores.

Otro día me fui solo a ver a Fénix a la cancha de Defensores de Belgrano, donde jugábamos con Ferrocarril Urquiza, que hacía las veces de local. Increíblemente, la cabecera visitante estaba totalmente vacía, porque los estoicos hinchas de mi equipo habían ido a la platea. Así pues, me ubiqué en la popular visitante, pegado al alambrado y detrás del arquero local. El árbitro dio penal para nosotros y yo le gritaba al arquero "¡Burro!". Mi amigo la mandó a guardar y yo grité, solo en la popular, el gol que nos daba la victoria final. Enfrente, la cabecera de Urquiza, casi repleta, miraba resignada y en silencio.

Esa fue la tarde en que copé la cabecera de Defensores. Yo solo, y no exagero en lo más mínimo.

Hoy, padre de dos hijas y profesional con trabajo, contemplo aquellos días con una sonrisa en el alma. Puedo decir que quien no ha transitado alguna vez por las canchas de Primera D no conoce el fútbol argentino.

24 de mayo de 2006

LA VIDA EN LAS CANCHAS DE LA "D"

En una época fui el hincha número uno de Fénix.

La razón de esto fue que mi amigo Gonzalo jugaba ahí, entonces íbamos a verlo a todas las canchas de Primera D. Por supuesto, las anécdotas son muchas.

En la cancha de Atlas, donde Centro Español jugaba de local, asistimos al primer partido. Al llegar entramos por una puertita de club que tenía a un jubilado como único control, y a su turno cada uno decía: "Fénix", como si fuéramos dirigentes. A la tercera vez el anciano nos detuvo: "Esperen un poquito, porque todos dicen "Féni, Féni" pero nadie paga". Lo contemplamos con misericordia y dejamos lo que ahora serían unos 5 pesos en boletería. El Nono, que estudiaba Periodismo Deportivo, mostró un carnet extraño y pasó. "El señor que es periodista puede pasar, pero ustedes pagan", sentenció el buen hombre.

En la tribuna nos vino a saludar la hinchada de ellos. Nos veían tan pacíficos que habían decidido hacer la amistad y compartir la tribuna, así que nos dieron la mano. Lamentablemente para ellos, más tarde nuestro amigo empató el partido en el último minuto y lo gritamos con alma y vida en el alambrado. Observamos con inquietud que a nuestras espaldas recibíamos miradas de disgusto incipiente.

Terminó el partido y nos fuimos al vestuario a festejar con los jugadores el empate de visitantes. Y al salir, recibimos de repente una lluvia de piedras desde los micros que se llevaban a la hinchada de Centro Español, que cantaba: "Cómo me gusta, el porro y el alcohol, cómo me gusta, ver a Centro Español". Tuvimos que meternos de nuevo en el vestuario a esperar que pasara la tormenta.

Ese fue nuestro debut como hinchas de Primera D.

Continuará.

22 de mayo de 2006

VERGÜENZA

Hoy vi a alguien ponerse rojo de vergüenza. La circunstancia, a mi juicio, no merecía esa reacción, pero allí estaba, el semblante enrojecido. El mecanismo por el que una persona "se pone colorada" es curioso, porque parte de una emoción intangible y se refleja en cachetes coloreados repentinamente, es decir, en una reacción física que es subjetiva.

La vergüenza puede ser propia o ajena. A veces la sentimos por algo que está transcurriendo sin que nosotros hagamos nada. Pero esa situación nos produce tal incomodidad que decimos: "Siento vergüenza ajena". Esto surge por lo que otros hacen o dicen.

La primera definición que la Real Academia Española ofrece es la siguiente: "Turbación del ánimo, que suele encender el color del rostro, ocasionada por alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena".

A estas alturas uno ya ha perdido un porcentaje considerable de la vergüenza que tenía en su infancia. Una situación que recuerdo bien fue en Bariloche, a los 11 años de edad. Había ido a comer a lo de un amigo, y estaba sentado a una mesa de unas 15 personas. Tomé el sifón de soda y me dispuse a servirme, con la convicción de que iba a suceder lo que efectivamente sucedió. Salió el chorro de repente, rebotó en el vaso y se disparó al resto de los comensales, que se me quedaron mirando, con vergüenza ajena.

Otra vez me quise hacer el loquito, a mis 15 torpes años, y tirarme de cabeza a un río cordobés desde una piedra que estaba a unos 4 o 5 metros de altura. Lógico, había mujeres presentes. Caí de panza y se oyó como un ladrillo, y mientras aún estaba sumergido en el río y en mi dolor, deseaba no volver nunca más a la superficie donde vería, casi inevitablemente, los rostros de mis acompañantes. No los vi, porque emergí y me puse a nadar un poquito como si nada. Pero oí sus carcajadas.

La vergüenza, como la culpa, es una fuerza poderosa, y a veces es una mochila pesada que impide acciones loables y necesarias para conseguir ciertas metas. En ciertas ocasiones es bueno sentir vergüenza y es ella la que nos salva, pero otras veces no lo es.

Es feo arrepentirse de no haber hecho algo... por vergüenza. Prefiero arrepentirme de haberlo hecho mal.

17 de mayo de 2006

COLEGIALES HISTÓRICO

Nuestro barrio formaba uno con Chacarita, que viene de "chacrita". Allí había quintas donde los estudiantes iban a pasar el día o hacer algo de deporte, tal como relata Miguel Cané en "Juvenilia".

Con los estragos de la epidemia de cólera de 1867 y la de fiebre amarilla en 1871, se creó un primer cementerio en el actual Parque de los Andes, en Corrientes y Dorrego, y después se amplió hasta lo que es conocido hoy como el cementerio de la Chacarita.

Lo que es Colegiales propiamente dicho se pobló de inmigrantes italianos, especialmente en la zona más cercana a Elcano y Álvarez Thomas, la que fue bautizada "Calabria" por la procedencia de sus habitantes. Los recién llegados, albañiles en gran parte, construían sus casas con gran rapidez.

El 25 de abril de 1948 se fundó en Dorrego y Cabrera el Club Atlético, Social y Deportivo Fénix, cuya campaña supe seguir cuando mi amigo Gonzalo jugaba allí. Tengo en mi cajón el gorro y la bandera que supe defender en canchas ajenas.

Colegiales es actualmente un barrio muy tranquilo, con pocas avenidas y una vía que hace de su parte oeste un remanso cercano al centro nervioso de Belgrano. La cruzan unas pocas líneas de colectivo, pero a la vez las opciones para viajar son variadas, pues en 10 cuadras a la redonda también hay tren y subte.

En los últimos años la zona se ha cotizado, pues hay pocos edificios altos, muchos árboles y casas bajas de una o dos plantas a lo sumo. El empedrado le agrega ese gustito inconfundiblemente porteño y garantiza la necesaria prudencia en el manejo de los conductores.

Colegiales tiene una plaza bautizada "Mafalda" en Conde y Concepción Arenal. Esto se debe a que Quino ( que era vecino mío en mi edificio de soltero y me regaló un dibujo de Felipe para mi hermana) fijó en nuestro barrio la ubicación geográfica de su porteñísima creación.

En el barrio también existe el Club Social y Deportivo Colegiales, donde supiera cantar tangos varias noches nada menos que el Polaco Goyeneche. Está en Teodoro García entre Conesa y Crámer.

En Colegiales, las bicicletas, los árboles y los bebés abundan.

Prometo un par de anécdotas de Fénix para la próxima.

15 de mayo de 2006

MI BARRIO


Colegiales está rodeado por tres gigantes: Palermo, Chacarita y Belgrano. Nosotros vivimos a tres cuadras de Belgrano "R" (la "R" no significa "Residencial" como suele creerse sino "Rosario", por el tren que hacia esa ciudad se dirige a través del barrio).

La columna vertebral de Colegiales es la vía del ferrocarril Mitre, que tiene una estación con el mismo nombre en Crámer y Federico Lacroze. Desde Cabildo hacia Álvarez Thomas, entre Dorrego/Jorge Newbery y Virrey del Pino/Avenida de los Incas estamos en Colegiales.

Es curioso cómo los límites de los barrios se tornan difusos merced a las pretensiones de sus vecinos. Algunos habitantes de Chacarita dicen que viven en Colegiales porque eso eleva, en teoría, su estatus. A la vez, muchos habitantes de Colegiales sostienen que viven en Palermo o Belgrano, dependiendo de cuán cerca estén de esos barrios. Otros se animan a decir que viven en el exclusivo Belgrano "R", como lo hizo la dueña del departamento que ahora es nuestro, en el aviso clasificado por el que fui a ver el inmueble. A mí me encanta decir que vivo en Colegiales.

Hechas estas aclaraciones geográficas, continuaré en otra entrada con algunos detalles más pintorescos de mi barrio, donde las estaciones del año se desperezan en cada esquina.

10 de mayo de 2006

APODOS

Hay algo que nadie deja de tener, sea quien sea. Es el nombre.

Ya antes de nacer, casi siempre, se nos impone un apelativo que no elegimos. Y tal como tenemos un nombre, una gran porción de personas también ostentamos un sobrenombre.

En la Argentina el apodo es casi un segundo nombre. Uno conoce personas tan solo por el apodo, sin saber su verdadero santo y seña. Tal vez sea parte de la costumbre nuestra de dotar a todo de una versión extraoficial o deformada.

En mi caso, registro una robusta cantidad de motes a lo largo de mi trayectoria. Ya desde mis primeros años, en que mi padre me llamaba "el señorcito" y el resto me decía simplemente "Nacho", se han ido agregando otros sobrenombres. Dentro de la familia también teníamos algunos apodos que después no trascendieron y quedaron escondidos entre las migajas de la infancia, aunque a menudo me encargo de recordarlos a mis hermanos.

En el colegio fui alguna vez Laucha, en mi primer equipo de fútbol fui Gaitita y en el segundo fui Biafro. En mis lugares de estudio fui Freddy, Cuervo o Eddie (por Van Deusen = Van Halen). En un trabajo me decían Pichi (por ser el más novato, lógicamente), en otro Speedy (por mi celeridad en los trámites de cadete) y en un tercero me llamaban Colo o Colores. Un amigo psicólogo, Chicho, me dice Chacal. Ignoro si lo hace como amigo o como psicólogo.

Paula me dice de diferentes maneras, que me reservo. Una de ellas es la oficial y fuente de todas las derivaciones.

Si existe un apodo "oficial", es por supuesto "El Bambi". Las razones de este alias han originado algunos equívocos, que me he preocupado por aclarar. El mote surgió en un viaje en el colectivo 50 con mi amigo el Coco rumbo a la cancha de Deportivo Español, para ver ganar al Ciclón. Los años lo instalaron definitivamente, aunque no todos mis amigos me llaman así.

Curiosamente, los amigos que me conocen desde los seis años de edad me dicen sencillamente por mi nombre de pila, es decir, Ignacio. Pero todos los sobrenombres que he enumerado tienen o tuvieron una vigencia importante.

Simpática esta costumbre de poner apodos. ¿Cuáles son los tuyos, amigo lector?

8 de mayo de 2006

TERMINÓ LA FERIA, TERMINÉ EL LIBRO

Había prometido que la anterior sería mi última columna sobre libros. Apenas unas líneas para comentar que hoy termina la Feria del Libro. Quise volver el sábado porque Paula no había podido ir, pero las pequeñas, que tienen más poder hogareño del que creen, lo impidieron.

Sí pude, en cambio, leer las últimas 40 páginas de "Nuestra Señora de París". Un final digno de Victor Hugo, estremecedor y lleno de sensibilidad. Hasta la última palabra de la novela (literalmente) tiene sentido propio. Una obra maestra.

He vuelto, pues, a mis libros de interés profesional. Ahora, es el turno de "Estrategias de comunicación para gobiernos", de varios autores, entre ellos los conocidísimos (en el ambiente) Jaime Durán Barba y Felipe Noguera. De todas maneras, como leí por ahí, suelo ser infiel con los libros. Mientras recorro uno incursiono en otros de arte, historia, poesía o lo que se me cruce por mis ganas e inspiración. Por ejemplo, este fin de semana aprendí que Sicilia había estado en manos de los españoles por algo más de 600 años, hasta 10 años antes de la unificación italiana en 1871. No es poco.

Cuanto más lee uno más se entera de lo ignorante que es.

Posdata: La de la foto es Valentina, una poesía en sí misma. Hoy cumple 3 meses, y a partir de este miércoles la cuidaré todas las mañanas antes de ir a trabajar al mediodía. ¿Cómo cuidar de una poesía sin ser poeta?

5 de mayo de 2006

COLORES

En un interesante estudio sobre las preferencias de la gente en cuanto a los colores, y las asociaciones que se establecen respecto de ciertos valores, el verde figura como el preferido por el 14% de los entrevistados al igual que el violeta. Por arriba de ellos solo está el azul, elegido por un casi abrumador 42%.

Dado que no es éste el tema principal de mi columna de hoy, invito al lector a pispear en el informe en cuestión. Aclaro que mis colores preferidos son el azul y el rojo (por razones obvias para quienes han leído mis preferencias futbolísticas), aunque de los dos me quedo con el rojo.

Tuve oportunidad de visitar la Feria del Libro, como cada año. Dejé a Paula con las dos princesas por unas horas y me fui feliz a meterme en el mar de letras. Debo decir que no vi nada fuera de lo común. Vale decir, no me topé con nada que me deslumbrara más allá de lo que ya había visto en las librerías de las que soy visitante asiduo.

Compré dos libros de comunicación: el primero fue "El poder de la conversación", de Manuel Mora y Araujo, reconocido sociólogo argentino y pionero en encuestas y opinión pública. El otro fue una selección de casos exitosos de comunicación corporativa en sus distintos rubros. El título es "El poder de la comunicación institucional III". Estos casos fueron los ganadores en el concurso anual que organiza la revista Imagen (en esta ocasión, en su tercera edición).

En conclusión, adquirí un libro de teoría y otro de práctica.

Mis otras dos compras fueron los dos tomos que me faltaban de la colección completa de Sherlock Holmes y una guía de Nápoles que hallé rebajadísima de precio y obsequié a mi padre en preparación a su próximo viaje a Italia con mi mamá.

En síntesis, nada demasiado novedoso por la Feria.

Estoy por terminar "Nuestra Señora de París" y el final promete ser vertiginoso.

Creo que esta columna es la última de las dedicadas a los libros en forma consecutiva. En la próxima, si el amigo lector me lo permite, cambiaremos abruptamente de tema.

Gracias por su atención.

3 de mayo de 2006

NOTRE DAME


Parece que el frío ha vuelto por estos lares. No obstante, no hay derecho a queja. Nuestros registros térmicos invernales son casi una humorada para los habitantes de Moscú, Ottawa o Punta Arenas.

Estoy leyendo (en la medida en que mis hijas lo permiten) "Nuestra Señora de París" ("Notre Dame de Paris" en el original), del ya mencionado Victor Hugo. La acción transcurre en 1482, en la capital francesa. Al principio se me hizo un poco pesado, pero intuía que la acción se aceleraría y acerté: en la página 250 los personajes se entrecruzan y se genera una red de historias que seguramente llegarán a un final repentino y unificado, como debe ser en una buena novela.

Ya he mencionado "Cien años de soledad" como un libro que decididamente no me motivó para seguir leyendo. Otro que abandoné fue "Conversaciones en la catedral", de Vargas Llosa. No me gusta ese estilo de escritura que mezcla en una misma oración las reflexiones del protagonista con la narración de lo que está haciendo. En cambio, sí me gustaron "Los jefes" y "Pantaleón y las visitadoras", muy divertido este último.

Obras pendientes de lectura, millones. Pero hay algunas con nombre y apellido que considero obligatorias. La lista sería demasiado larga, espero ir acortándola en los años que vienen.

Por último, una pregunta: ¿Cuántos libros llegará uno a leer a lo largo de toda su vida?

28 de abril de 2006

LIBROS

Dado que estamos en plena Feria del Libro 2006, siento casi una obligación referirme al tema.

Ya he contado el papel de mi padre en la gestación de la Feria, y la forma en que ello influyó sobre mi gusto por los mejores amigos del hombre. Siempre pienso en esta última expresión, que leí en algún lado, cuando retomo la lectura de una obra abandonada sobre una mesa o en un rincón.

El libro nos espera en silencio, sin exigir. No se queja si lo dejamos, no pide gestos ni reclama respuestas porque no hace preguntas.

Hay un cuento en la "Misteriosa Buenos Aires" de Mujica Lainez, donde si no me equivoco el que habla es un libro (prometo verificarlo).

Es conocida aquella sentencia de Borges, quien dijo que él no se enorgullecía por lo que había escrito sino por lo que había leído. Al mismo tiempo, él opinó que si uno empezaba a leer un libro y se aburría lo mejor era dejarlo en lugar de leerlo por obligación. Siguiendo este consejo, eso hice con "Cien años de soledad", aunque creo que más adelante lo volveré a tener en mis manos.

Esto último me lleva a otro aspecto de la lectura, cual es el momento de nuestra vida en que nos topamos con cierto libro. En mi caso, las tres obras que ilustran esta columna han sido claves en mi formación autodidacta más allá de las aulas.

El Principito me enseñó, entre otras cosas, la importancia de no olvidar ese racimo de infancia que nos queda asomado en algún rincón del alma. Cada vez que juego con mis hijas y sobrinos, y veo cómo valoran el que un "adulto" juegue con ellos, recuerdo al Principito con su cordero dormido dentro de la caja, y su zorro domesticado. La imaginación y la alegría son armas que parecen inofensivas y abren todas las puertas. Cuando me ven con los pequeños y me dicen que parezco uno más de ellos mi alma sonríe. Paula es igual que yo.

En mi adolescencia el libro que me marcó fue "Crimen y castigo", del genial Fedor Dostoievski. La miseria y la culpa humanas se metieron de repente en el horizonte de un pequeño porteño ignorante del mundo que lo rodeaba. Mundo éste donde Raskolnikov, el protagonista, se arrodilla frente a Sonia, su amada, y le dice: "No me arrodillo ante ti sino ante todo el sufrimiento humano". Sufrimiento que redime la culpa.

(Nota al margen: Paradójicamente, este libro me fue robado con un caño en mi frente).

Las "Cartas de Nicodemo", evangelio apócrifo originado en las cartas del fariseo rico que visitó a Jesús de noche para no ser visto, me terminó de convencer de que todo lo que importa en la vida es amar a cada prójimo. Amar es buscar la verdad y descubrirla en el otro. Es un amor que llama. "Dame tus preocupaciones, las estoy esperando", le dice Jesús a Nicodemo. El autor de esta magna obra es Ian Dobraczynski, sobreviviente de un campo de concentración nazi.

Recomiendo fuertemente la lectura de estas tres obras.

En fin, ya hablaré un poco más sobre la Feria. Ahora he querido mencionar tres libros que forman parte de mi Constitución personal y he releído varias veces. Eso es todo por ahora, aunque no es poco.

Gracias por su atención, y que tengan buena lectura.

25 de abril de 2006

80 AÑOS


Hoy, 25 de abril, mi papá cumple 80 años.

Nació en Barcelona en 1926. Huyó de la España herida y desgarrada a los 10 años, junto a su familia, después de que su padre se salvara por minutos de ser fusilado.

Vivió en Marsella y Biarritz durante dos años, y en 1938 afortunadamente vino a la Argentina para quedarse.

En ella nací, gracias a él y a mi mamá norteamericana, que se vino de Madrid para casarse con él en California. Se habían conocido por un amigo, que los presentó. Dos años pasaron, y volvieron a verse. Después se casaron.

A mi padre le debo más de lo que aún soy consciente, y por eso esta columna es un mero agradecimiento y un homenaje al hombre que me ha enseñado, entre otras cosas, el valor de las letras en mi vida.

Crecí entre libros, aprendí a leer solo (o al menos eso dicen) y recorrí todas las estanterías de la editorial de mi papá. Después me llevaron a la biblioteca, porque en mi casa ya no tenía nada para leer. Mi padre me llevaba a cada Feria del Libro, de la cual es uno de los fundadores que hizo patria en silencio.

Hoy este espacio es para don Fernando, el chiquilín que perdía el pelo de miedo en la España de la guerra civil, el Tiburón que rompió las esquinas de la noche porteña en sus años mozos, el Avi para mis hijas que lo adoran.

Feliz Cumpleaños, Papá.

21 de abril de 2006

BUENOS AIRES

¿Y fue por este río de sueñera y de barro
que las proas vinieron a fundarme la patria?
Irían a los tumbos los barquitos pintados
entre los camalotes de la corriente zaina.

Pensando bien la cosa, supondremos que el río
era azulejo entonces como oriundo del cielo
con su estrellita roja para marcar el sitio
en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron.

Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron
por un mar que tenía cinco lunas de anchura
y aún estaba poblado de sirenas y endriagos
y de piedras imanes que enloquecen la brújula.

Prendieron unos ranchos trémulos en la costa,
durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo,
pero son embelecos fraguados en la Boca.
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.

Una manzana entera pero en mitá del campo
expuesta a las auroras y lluvias y suestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga.

Un almacén rosado como revés de naipe
brilló y en la trastienda conversaron un truco;
el almacén rosado floreció en un compadre,
ya patrón de la esquina, ya resentido y duro.

El primer organito salvaba el horizonte
con su achacoso porte, su habanera y su gringo.
El corralón seguro ya opinaba YRIGOYEN,
algún piano mandaba tangos de Saborido.

Una cigarrería sahumó como una rosa
el desierto. La tarde se había ahondado en ayeres,
los hombres compartieron un pasado ilusorio.
Sólo faltó una cosa: la vereda de enfrente.

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:
La juzgo tan eterna como el agua y el aire.


Jorge Luis Borges
Cuaderno San Martín, 1929

19 de abril de 2006

EL BAMBI

Cualquier parecido es absoluta coincidencia.

18 de abril de 2006

CALAMAR

No me preguntes cómo la encontré pero acá está. En esa mesa de El Cuartito que se ve ahí abajo, a la izquierda, te dije una vez: "Buen provecho", y me miraste y miraste al Nono, y yo me pregunté qué había dicho de malo. Fue tu lección, y cada vez que me lo dicen pienso: "Si él estuviera acá no lo diría".

Para mí fuiste siempre el hombre correcto y bonachón, el que vi por primera vez cuando vino a buscar a su hijo a casa, de impecable traje, de pie en la planta baja de mi edificio y saludándome con la mano. El que tardé en tutear y nos hacía ir a ponernos las zapatillas antes de sentarnos a comer.

Yo entraba al parque (porque para mí será siempre el parque) y te veía sereno y feliz entre las plantas recién regadas, o concentrado frente a la parrilla. Y me preguntabas: "¿Qué hacés, San Lorenzo?" con ese tono tranquilo, y me cargabas porque no teníamos cancha.

Ayer estaba en tu comedor diario (cuya madera marrón siempre extrañaré) y oí unos pasos lentos que entraban a la cocina y se aproximaban. Habría jurado que eras vos que venías a saludarme, pañuelo al cuello, y a preguntarme por mis padres. Pero no dije nada.

Adiós, Enrique, y gracias siempre por el hermano que me regalaste.

11 de abril de 2006

SACAMUELAS

Hoy fui por segunda vez en ocho días al dentista. Era la última caries que me quedaba por eliminar. Pensaba que esta vez sería más llevadera, que el malvado señor al que había entregado mis dientes una semana atrás habría hecho primero el trabajo más difícil. Me equivoqué.

Es curioso el proceso psicológico que sigue la propia cabeza en ese antro de tortura. Lo llaman a uno por el nombre y el profesional se acerca y le da la mano. Entonces uno lo mira con cara de "No tengo mucho tiempo para esto, hacela fácil", y se encamina al consultorio.

Uno cree que domina la situación, pero una vez que las propias asentaderas tocan el sillón maldito, se resigna una vez más a ser carne de cañón (o en este caso, de torno). "Estoy para una siesta", le digo yo, intentando negociar un poco de paz, y el señor me contesta: "No sos el único", con lo cual me preocupo un poco por los efectos que su falta de sueño podrá tener sobre mi boca. Mientras tanto, el profesional se ha colocado esos lentes amarillos estilo Bono, que parecen más apropiados para un obrero trabajando sobre las rocas en una mina de diamantes. En este caso, la mina es mi boca y la piedra es mi muela.

El dentista observa el desgraciado diente y concluye: "Una flor de caries". Entonces uno se prepara para lo peor, y él se alista para lo mejor. Porque a él le gusta lo que hace, y eso es terrible.

Primero ese aparatito que es como una manguera de aire y despeja la zona. Después es el turno de la anestesia, que la semana pasada me tuvo sin el sentido del gusto hasta las tres de la tarde. Le advierto esto al dentista, y me dice: "Tenés circulación lenta". Omito mi respuesta mental a su reflexión.

Aparece, inexorable, el torno, esa picana dental antipática ante la cual uno se siente ultrajado y desprovisto de todo poder de decisión en la circunstancia de padecimiento que se vive. En mi caso, hoy no fue un torno sino dos, el segundo aún más grande y causante de vibraciones tremendas en toda mi cabeza.

Yo pienso en este sádico que ha dedicado su vida a los dientes y en el mago que animó el cumpleaños de mi hermano y nos hizo asombrarnos y reir a la vista de sus trucos. Me pregunto cómo es posible que pudiendo haber sido mago como aquél, el hombre que tengo sobre mis fauces haya preferido ser dentista.

"Enjuagate", me dice como al pasar. Y yo hago dos buches, lo más lentamente posible para alargar el recreo de tres segundos.

El tipo disfruta con su labor artesanal, me hace comentarios a los que yo estoy imposibilitado de contestar porque ahora me ha insertado un palo metálico de unos 3 centímetros, para fijar la pasta con la cual cerrará la puerta a microbios vengadores de los que acaban de fenecer. De repente ¡se va! Algo ha ido a buscar, y yo me quedo solo con mi sufrimiento. Es quizás su oferta para escapar, como cuando en las películas le dejaban la puerta abierta cinco segundos al prisionero para dejarlo huir. Pero uno sabe que si huye inevitablemente deberá volver, porque están arreglando la herramienta con la cual come asado, pastas, helado, tostadas, ensalada Waldorf, cereales, etcétera.

Otro aparato ahora, con una luz naranja como de pistola de la Guerra de las Galaxias. Yo confío en que ese es el último paso, pero repentinamente se da cuenta de que ha dejado un cabo suelto y oigo nuevamente, con horror, el ruido del torno (por suerte, el más pequeño). "Es solo un toquecito más", se disculpa el dentista al ver la expresión de mi alma quebrantada, dibujada en mi rostro.

Finalmente, me ordena: "Mordé". Cuando te dicen esto, quiere decir que quieren comprobar si te han dejado parejo ese diente con el resto. Por supuesto, en mi caso se ha pasado de rosca con la pasta, y entonces tiene que meter no sé qué hilo mágico y manipular sobre la víctima.

Por fin, muerdo bien. "Enjuagate", me dice por última vez. Y entonces me levanto rápido, firmo presto donde hay que firmar y le doy la mano porque soy cortés.

"Venite a hacer un chequeo en 4 o 6 meses", me dice sonriente. Y yo pienso: "En 4 o 6 años me vas a ver", y él lee mi pensamiento.

Abandono el lugar despavorido y me cruzo con un mozo que lleva una bandeja de café y medialunas. Vuelvo al mundo normal.

Posdata: La imagen que acompaño pertenece a Gerrit Van Honthorst, pintor holandés de la primera mitad del siglo XVII y contemporáneo de Pieter Rubens. Ellos la pasaban peor.

6 de abril de 2006

RUBIA, MORENA O PELIRROJA

Se me disculpará la publicidad, pero esta imagen refleja mi preferencia en materia de cerveza. No es tanto la cerveza negra sino la cerveza Guinness, "The Black Queen", tal como le dicen en Irlanda.

"Guiness is healthy", dicen por allá. Y hasta no hace mucho los médicos se la recetaban a las mujeres embarazadas, necesitadas de hierro.

Cuando tuve la inmensa fortuna de vivir un mes y medio en Dublin, no dejaba pasar un atardecer invernal sin beber una o dos Guinness en alguno de los centenares de pubs que matizan esa encantadora ciudad. Mi favorito era el Lannigans, frente al río Liffey que atraviesa la capital. Desgraciadamente este lugar amigo ya ha cambiado más de una vez su nombre y su aspecto.

Sentado a una mesa de madera con mi pinta de cerveza negra, a la sola luz de una vela, escribía allí mis cartas, postales y reflexiones varias. Y cuando tenía hambre, me pedía alguna de las sopas más sabrosas que he probado (¿Por qué en los restaurantes porteños no hay especialidad en sopas?).

Siempre recuerdo a los ancianos bebedores que se hallaban en todos aquellos pubs. Uno los contemplaba inmóviles frente a su pinta, con el rostro tallado en piedra y los pensamientos perdidos vaya uno a saber dónde. De repente uno reparaba en que su vaso ya estaba vacío, sin que hubiera podido ver en qué momento el personaje la había tomado. Para ellos, beber era la gozosa actividad de la no actividad. Algo así como un pasaje por ósmosis.

Alguno que otro día cometí excesos. La primera noche en que llegué a mi casa, en hora bastante avanzada para los horarios de ellos, fui incapaz de recordar la clave de la alarma de entrada, así que abrí la puerta igual y el señor Conway tuvo que bajar en calzoncillos a desactivarla. A la mañana siguiente, en el desayuno, ni él ni su mujer me dirigían la palabra... Pero tres días después consumimos una botella de Baileys mientras yo le mostraba en un mapa cuán grande era la Argentina.

Ahora bien, retomando el tema original, debo decir que uno de los momentos que más disfruto en la semana es al paladear un buen trago de cerveza, rubia, negra o roja, en el calor del hogar. Entonces siento correr mi sangre celta por las venas.

Por suerte la cerveza no está de moda, así que no tengo que soportar que algún improvisado me venga a pedir que no le sirva la birra en un chopp extraído del freezer porque se le mezcla el agua, o que me "enseñe" que hay que servirla a cierta temperatura, o que exija beber solo en porrones de vidrio.

Rubia, morena o pelirroja, la cerveza siempre está presente en la barra de este servidor.

Salud, y gracias por mirarme a los ojos.

3 de abril de 2006

EL VINO Y LA MODA


En los últimos tiempos en los que el consumismo ha vuelto a las calles porteñas, parece que mis amigos, el colectivero, el encargado del edificio, el policía de la esquina, el carnicero amigo y muchos etcéteras, saben de vino.

En esa verborragia tan habitual en los argentinos, se distingue un repentino gusto por la bebida de la que ahora se discute si es cierto que es buena para el corazón o no.

Aclaro: El de la foto sí sabe de vino, y está de vacaciones en Cuyo.

Sea como fuere, por favor saquémonos el antifaz. Una cosa es que a uno le guste el vino, y otra es conocerlo en sus detalles más pequeños como pretenden tantos oportunistas. De repente todos son "sommeliers", "connaiseurs" y catadores que dan vuelta la copa para ver cómo suda y declaran que el vino tiene buen cuerpo.

Para saber de vino hay que haber estudiado mucho, no basta con un par de cursitos (que también han florecido por todos lados, en otra muestra de oportunismo).

Salud, y cuando brinden conmigo, por favor mírenme a los ojos.

29 de marzo de 2006

PAZ

EL REGRESO

Nuestras vacaciones transcurrieron felices y algo ruidosas, pero no debido a bocinas e insultos sino a los cólicos de la abnegada Valentina, que pugnaba por digerir la leche materna a toda hora.

Es lindo estar de vacaciones, pero coherentemente con lo sostenido en otra entrada, afirmo que las vacaciones también son esos momentos de alegría y felicidad durante el año. Incluso en el trabajo, en un recreo inesperado, puede haber un instante de vacaciones, aunque más no sea al disfrutar un matecito de cinco segundos.

La escena que aquí se exhibe transcurrió en el Mercado Viejo de Montevideo. Nos pedí una cazuela de mariscos tan cara como exquisita. Sofía la disfrutó en abundancia y sus papás también.

Ahora bien, esta escena también podría haber sido fácilmente tomada en Croxi, nuestra pizzería amiga, en Empanadas Salteñas, nuestra casa de empanadas amiga, o en Down Town Matías, uno de nuestros pubs amigos.

Es sensacional pasar 10 días como los que pasamos, pero tampoco se la pasa tan mal en Buenos Aires. Lo verdaderamente importante es tener el corazón satisfecho.

9 de marzo de 2006

VACACIONES

Si por algún motivo oscuro necesitan ubicarme en los días que transcurrirán después de este viernes, pueden meterse por el caminito de la playa, allá en el Fortín de Santa Rosa, y buscarme detrás de alguna ola o enterrado en la arena hasta el cuello junto a la Chochi.







Otra posibilidad será hallarme en el patio colonial de la posada, ante un libro amigo que me regale horas de relajo y reflexión, o en una indescriptible siesta bajo el sol uruguayo.





Una tercera alternativa será dirigirse al salón de té. Si sienten un inconfundible olor a scons, allí estaré con Paula sirviéndonos chocolate caliente y espeso en una taza bien fina y artesanal, de las que le gustan a ella.





Si ninguna de esas búsquedas tiene éxito, lo mejor será ir directamente a nuestra habitación. Allí me hallarán completamente dormido, con Valentina a mi lado, envuelto en sueños marinos de piratas y tesoros.





El 25 de marzo la Chochi cumple 2 años, pero el sol y la luna de ese día me encontrarán solitario en San Juan, a donde iré fugazmente para el casamiento de mi amigo/hermano Gonzalo, en el hotel Bahía Las Tablas. Allí podrán encontrarme en la tarde de ese sábado, chapaleando en la piscina, o en la noche, incendiando la pista y brindando por las fiestas pasadas y futuras.

Si me imaginan en alguno de estos lugares, junto a mis seres más queridos, los recibiré en ellos con un manojo de ilusiones y la alegría a flor de piel. Entonces la luz amarilla de una oficina o los pixels de una pantalla se convertirán en un baño de sol y un manojo de arena tibia.

No hay nada que hacer: las vacaciones nos salen al paso cada año, con su bohemia, con sus lujos y con la fuerza que el mar guarda en sus entrañas.

Es bello soñar despierto, pero más exquisito es despertar en un sueño aún mejor.